La Guardia Civil tiene en Fuentes, como casi todo en este sufrido país en el que vivimos, un antes y un después de la muerte de Franco. Un antes marcado por la obediencia ciega al régimen y por el ejercicio de la represión política y un después marcado -primero de forma tímida- por la democratización y la vocación del servicio público. Antes de los años ochenta, los guardias civiles de Fuentes iban a caballo -todo un síntoma- el cuartel lo componían un cabo y cuatro o cinco guardias de formación muy básica y el principal sentimiento que presidía las relaciones de los agentes con el pueblo era el miedo. Era así excepto con los ricos y poderosos. Si no, que se lo pregunten a los que en aquellos años luchaban por lograr la vuelta de la democracia y el imperio de los derechos humanos.
Todo fue cambiando con el paso del tiempo y la profesionalización. El cuerpo transitó desde el miedo a la carcanía, desde la soberbia al servicio del pueblo. Es cuoierto que antes y después, la mayoría se apuntaba a la Guardia Civil buscando la seguridad de un salario mensual que en otros trabajos era una entelequia. El carácter militar ha marcado el ejercicio del cargo, aunque ha habido siempre quienes vestían el uniforme con mayor o menor cercanía, con mayor o menor soberbia. Tampoco hay que olvidar que hubo un tiempo de extrema fragilidad en la línea que separaba el respeto del miedo. En los hogares, en los trabajos y en las calles. El miedo era la máscara que encubría la frecuente vulneración de las reglas del respeto y la confianza entre padres e hijos, entre maridos y mujeres, entre hermanos y entre estados y súbditos. La obediencia sustituía al argumento y la fuerza a la razón. Como en estos momentos las armas suplantan al diálogo en la esfera global.
Volvamos a Fuentes. En aquellos años, el cabo del cuartel de la calle San Sebastián era el encargado de hacer los cuadrantes de servicios de limpieza de las cuadras y de echar paja a los caballos. De fijar los servicios de calle y de campo, siempre contando con escasos medios personales y materiales para atender las crecientes necesidades de vigilancia. Hacían más horas que el reloj de la parroquia. Guardias a tutiplén, a sus órdenes mi sargento, arrestos por quítame allá esas pajas, expulsiones del cuerpo y hasta consejos de guerra en tiempo de paz. Los interminables ejercicios de instrucción militar y un simple certificado de estudios primarios catapultaban al más pintado a guardia civil. Salario fijo y obediencia a la jerarquía garantizados de por vida.

A la petición de “obediencia y no sacrificio quiero” (Samuel 15:22) el cuerpo añadía obediencia y sacrificio al mismo tiempo. La vida de los civiles en Fuentes no era vida, que aquellos hombres vivían para patrullar y hacer guardias. Los Isidros les llamaban en Fuentes porque todos procedían del campo, hijos, nietos y biznietos de labradores. Fugitivos del arado acogidos a sagrado después de haber atravesado el muro que proclamaba “todo por la patria” en pos de mayor seguridad laboral. Hombres de rostros asurcados por el sol abrasador del verano y los helados vientos del invierno. Terratenientes y mayetes les pedían seguridad total para sus fincas y los obreros querían de los Isidros les garantizaran que sus bicicletas y motos -cuando en los años ochenta empezaron a poder comprarlas- estarían en el sitio donde las habían dejado para acudir al tajo. Ese fue el caso Pepe Ricardo, que en sus principios fue jornalero con José María Conde. Había dejado la moto a un lado de la haza y cuando volvió a almorzar había volado. Denunció y la Guardia Civil movió Roma Con Santiago hasta que dio con ella en Marchena. El mulo de Pedro el Granaíno lo rescataron de manos de un ladrón en Osuna. Los civiles tenían que emplearse a fondo cada vez que venía a Fuentes el equipo fútbol de La Luisiana, cuyos seguidores querían ganar a cualquier precio.
Probablemente por culpa de la política de represión ejercida por el régimen desde los tiempos de la postguerra, los guardias civiles de los setenta y ochenta todavía tenían pocas cosas en común con los jornaleros, los mayetes y los terratenientes. En general, los intereses diferían enormemente. Los unos querían soluciones a sus problemas laborales y sociales (cumplimiento del convenio, vivienda, sanidad, educación…), los otros seguridad para sus cultivos y los de más allá perpetuidad para sus privilegios. En cambio, los Isidros aspiraban, lógicamente, a trabajar lo menos posible y a cobrar un poquito más de lo probable. Tal vez por eso y por el recuerdo del pasado que tanto temor infundía, ciudadanos y guardias vivían en compartimentos casi estancos. Los unos en sus tajos o, cuando podían, en la taberna; los otros siempre en el cuartel. Ni siquiera de paisano fuera de servicio aparecía por asomo un guardia a tomar café y tertuliar en un bar de Fuentes. “Venga, mi cabo que le invito a tomar café”, aventuraban algunos. A lo que el cabo respondía “el café lo tomo yo en mi casa”.

Sin embargo, aunque no lo sabían, a jornaleros los comunistas, a los señoritos del régimen y a los mayetes mediopensionistas les unía una aspiración común: todos soñaban con vivir en una ciudad que ofreciera a sus hijos un futuro mejor. El guardia es clase obrera, lo quiera ver o no. Si los jornaleros -y los guardias- piensan en Cataluña y los terratenientes en Madrid, ¿quién piensa en Andalucía?, se decía entonces. Nadie. Casi como ahora. Los guardias que no lograban otro destino mandaban a sus hijos a estudiar el bachillerato a Carmona o a Écija. Cuando se aceraba la hora de procurarles estudios universitarios, anhelaban conseguir plaza en Sevilla o en Palma de Mallorca para darles por lo menos la opción de encontrar trabajo en la hostelería o enviarlos a la academia de guardias de Valdemoro. Todo menos el campo.
Correrías les llamaban en Fuentes a los servicios de calle y campo que llevaba a cabo la Guardia Civil a pie o a caballo. Dice el diccionario que “correrías son las incursiones que hace gente armada en un territorio para ejercer la destrucción y el saqueo”. Claro que una segunda definición añade que son “viajes, por lo común cortos, a varios puntos, volviendo a aquél en que se tiene la residencia”. Obviamente, a esta segunda definición se referían en Fuentes cuando decían que los Isidros andaban por los campos. (Por cierto, algún día habrá que recordar aquí aquellas batallas de campo, que no campales, entre mayetes y cabreros). Los guardias echaban en las alforjas comida para varios días recorriendo los campos a caballo o en bicicleta, años después en moto y mucho más tarde, en coche. España ya había entrado en el selecto club de los países desarrollados y con él, los agentes de la Guardia Civil. Ahora España está no en club de los países desarrollados, sino de los privilegiados, pero esta historia parece que nadie la cree o la quiere tener en cuenta.

