Como argumenta Pablo Melchor en Altruismo racional: Por qué podemos ayudar más y cómo hacerlo mejor (Arpa Editores), ayudar es una actividad práctica: implica dedicar parte de nuestros recursos —tiempo o dinero— a mejorar las condiciones de vida de otras personas. Sin embargo, nuestra intuición suele fallar. Al vivir en sociedades donde las calles están asfaltadas, los servicios básicos funcionan y el acceso a suministros es constante, olvidamos que nuestra posición en el mundo es una anomalía que distorsiona nuestra percepción y condiciona cómo juzgamos el impacto de nuestra generosidad según nuestro entorno cercano. Si donamos 50 € a una causa en España percibimos que apenas altera la realidad de nadie.

Pero esa misma cifra, destinada con criterio, tiene un efecto transformador en otras latitudes. Para entenderlo basta considerar un dato revelador: la mediana mundial de ingresos es de apenas 208 € mensuales, ajustada al coste de vida real. Mientras en nuestro entorno el «mileurismo» se debate como una precariedad que urge eliminar, la realidad es que la mitad de la humanidad sobrevive con menos de 208 € al mes. Es más, uno de cada diez humanos subsiste con menos de 67 € mensuales. Estamos hablando de personas que carecen de lo más elemental.

Esta toma de conciencia nos obliga a replantear el alcance de nuestra generosidad. Nuestro dinero, que a veces nos sabe a poco, es en realidad un superpoder. Dado que poseemos muchos más recursos que el humano promedio, una cantidad insignificante para nosotros —que no altera nuestra calidad de vida— puede ejercer un impacto radical en la vida de otros y algo que quizá sorprenda: este impacto es medible. Ayudar mejor exige, ante todo, ser conscientes de nuestro potencial transformador y de la posibilidad de cuantificar con rigor sus efectos, asegurándonos de que nuestra ayuda llegue a quienes realmente más la necesitan.

El dilema, entonces, es a quién ayudar y mediante qué cauces. ¿Dejamos esta decisión en manos del azar, de un impulso emocional momentáneo o de la culpa que nos genera la primera organización que se cruza en nuestro camino? ¿Nos limitamos a elegir la causa que mejor sabe conmovernos, dejando que sea nuestra sensibilidad —a menudo sesgada— la que dicte dónde se destina el dinero? Si el objetivo es que nuestro superpoder tenga el mayor impacto posible, la respuesta no puede ser la improvisación. La ayuda efectiva requiere sustituir el impulso por el criterio racional, entendiendo que no todas las intervenciones son iguales y que, en un mundo con necesidades tan vastas, elegir bien no es solo una opción, sino una responsabilidad. Quizás deberíamos equilibrar la emoción con la razón, para elegir racionalmente y con criterios de efectividad para tener el máximo impacto posible.

Desde el punto de vista psicológico y quizás evolutivo, puede resultar más satisfactorio ayudar a una persona conocida y cercana que a quien se encuentra a miles de kilómetros. Asistir directamente al rostro que recibe un acto de generosidad puede ser personalmente gratificante; sin embargo, desde una perspectiva racional y exigente, tomar conciencia de que podríamos salvar la vida de un niño que iba a morir de una enfermedad prevenible nos permite entender hasta dónde puede alcanzar nuestra ayuda. El impacto de nuestra contribución varía enormemente: no es lo mismo usar nuestro dinero para un pequeño alivio puntual que para salvar una vida o para atender a cientos de personas. Ayudar mejor implica comprender que existen personas desatendidas a quienes, precisamente por la abismal disparidad de ingresos entre ellos y nosotros, resulta extraordinariamente eficiente asistir, sin que ello comprometa en absoluto nuestra calidad de vida. El beneficio obtenido de un mismo esfuerzo puede ser radicalmente distinto según el destino que elijamos.

Si, en lugar de dejarnos llevar por la satisfacción inmediata de sentir que «hacemos algo», aceptamos que, bajo la perspectiva racional, el impacto real se encuentra en otro lugar, la tendencia a privilegiar lo cercano deja de ser un obstáculo para identificar dónde resulta verdaderamente transformadora nuestra ayuda. Partiendo de una regla de oro —querer para los hijos de los demás lo mismo que para los nuestros— si queremos un mundo en el que nuestros hijos vivan bien, lo lógico es que también lo queramos para los hijos de los demás. A partir de esta imparcialidad surge la pregunta del coste-efectividad comparativo. Pero claro, ¿cómo personas ocupadas pueden dar solución a este problema? ¿Cómo encontrar que nuestra ayuda alcance la máxima efectividad?

Ayuda Efectiva es una fundación que recibe donaciones y las destina a financiar los programas benéficos que consiguen más impacto con la misma cantidad de dinero y hace realidad esa promesa de ayudar más y mejor. ¿Cómo? Parten de la investigación de evaluadores independientes, como GiveWell, que dedica 70.000 horas de investigación al año a averiguar cuáles son las formas más efectivas de ayudar a la gente que vive en pobreza extrema. Esos 800 millones de humanos que apenas sobreviven con 67€ al mes necesitan soluciones tangibles. Ellos analizan la investigación académica, las organizaciones que trabajan sobre el terreno, hacen los cálculos complicados y los juicios de valor. Analizan dónde se han equivocado y dónde no, con un rigor y una transparencia excepcional, proporciona la herramienta para saber dónde rinde de verdad nuestra ayuda. Ayuda Efectiva firma convenios para financiar esos programas que más vidas salvan por euro donado.

Sobre las alternativas, convendría separar las opciones complementarias de las verdaderamente sustitutivas. Los impuestos son incuestionables y nos benefician a los que vivimos en una línea imaginaria llamada país, pero no atacan el problema de la pobreza extrema, que es la mayor desigualdad: la de la lotería del nacimiento. Pensar que los impuestos o la ayuda oficial al desarrollo atacan el mismo problema es ingenuo. En causas locales podemos favorecer instituciones que nos importen, pero debemos ser consciente de que la necesidad local no es igual a la global. En España no mueren siete de cada 1.000 niños antes de los 5 años; mueren 0,3. En algunos países africanos, el porcentaje de madres que han visto morir a uno de sus hijos menores de 5 años llega al 50%. Esa es una tragedia que no olvidaremos, pero la escala de la necesidad es distinta.

En cuanto a las ONGs, el problema es el «acto de fe». Nos cuentan una historia, nos conmueve, nos sentimos obligados a donar, pero no sabemos si es lo mejor que podemos hacer con nuestro dinero. No es desconfianza hacia las ONGs, es reconocer que, como donante, no tenemos el tiempo ni la capacidad analítica para distinguir entre numerosas opciones.

Pablo Melchor, en Altruismo racional, remite a GiveWel cuyos criterios para identificar las intervenciones más efectivas se basan en un análisis riguroso que prioriza los ensayos controlados aleatorios (RCTs) —el método más fiable para aislar el efecto real de una intervención— junto a una evaluación exhaustiva de la transparencia y, fundamentalmente, de la ratio de coste-efectividad: el cálculo preciso de cuántas vidas se salvan o cuánto sufrimiento se evita por cada euro donado. Bajo este estricto escrutinio, las cuatro intervenciones que GiveWell considera más efectivas hoy son:

Against Malaria Foundation: Esta organización distribuye mosquiteras tratadas con insecticida de larga duración para prevenir la picadura del mosquito transmisor de la malaria. Aunque el nombre de la enfermedad es universalmente conocido, pocos son conscientes de lo que realmente implica: un parásito se aloja en el cuerpo humano, se instala en el hígado y, tras un proceso de metamorfosis, invade los glóbulos rojos para alimentarse de la hemoglobina hasta romperlos. Las consecuencias son devastadoras: anemia grave, coma cerebral en niños y, en el caso de las mujeres embarazadas, muerte prematura o complicaciones letales durante el parto. Es un horror constante que arrebata la vida de un niño menor de cinco años cada 70 segundos; no hablamos de una tragedia remota, sino de un problema brutal. La solución, sin embargo, es altamente eficaz: el uso de estas mosquiteras, cuyo coste de 6 €, cubre no solo su adquisición, sino también la distribución, la realización de censos poblacionales, la formación de las familias en su uso correcto y el seguimiento posterior para verificar su mantenimiento. Su rigor es ejemplar

Malaria Consortium: Esta organización implementa la administración de medicación preventiva contra la malaria. En regiones donde la enfermedad es estacional debido a los ciclos de reproducción del mosquito —que requiere el agua de la temporada húmeda para proliferar—, la intervención consiste en suministrar tratamiento preventivo a todos los niños, independientemente de que presenten síntomas o no. Este método elimina la necesidad de realizar pruebas diagnósticas previas, agilizando drásticamente la cobertura. El coste de esta intervención es de apenas 7€ por niño al año; una cifra que, ante el valor de una vida humana, resulta irrisoria.

Helen Keller International: Su labor se centra en la suplementación con vitamina A. «Para nosotros —dice Pablo Melchor— esta vitamina suena vagamente a zanahorias y bronceado; sin embargo, su deficiencia es un problema de salud pública en la mitad de los países del mundo y la principal causa de ceguera en la infancia». Es una realidad inconcebible: imaginemos a nuestra hija jugando con una pelota en el patio y, de repente, vemos que empieza a no verla; intenta chutar y le da mal. No la ve y no sabemos qué pasa, pensamos que está bromeando y cuando la llevamos al médico resulta que el ojo se ha ido secando y está perdiendo la vista. Primero aparece la nictalopía —o ceguera nocturna— y, de no tratarse, el proceso deriva en una ceguera irreversible a causa de una dieta extremadamente pobre, basada casi exclusivamente en cereales y legumbres. Es una tragedia costosa de reparar, pero sencilla de prevenir: la administración de suplementos de vitamina A mediante gotas en la boca dos veces al año, con un coste de 2 € por niño, evita que cada año entre 250.000 y 500.000 menores pierdan la vista. Al igual que el resto de las organizaciones que hemos analizado, Helen Keller International no pretende resolverlo todo —algo que tienen todas en común— sino que concentra sus esfuerzos en una única labor ejecutada a gran escala: atacar un problema específico.

New Incentives: Esta es una intervención contraintuitiva: incentivos a la vacunación para madres en el norte de Nigeria. Se trata de dar dinero a las madres para que lleven a vacunar a sus hijos. Quizá nos preguntemos por qué es necesario pagar a una madre para que vacune a su hijo cuando parece una medida lógica; sin embargo, en el norte de Nigeria las vacunas son gratuitas y forman parte del calendario infantil por tratarse de enfermedades de letalidad altísima, pero el 43% de los niños no lo completa. Las vacunas son gratis, pero para una madre que vive en pobreza extrema —que ha dado a luz en una choza y a la que le piden que vuelva a las 4 semanas, a los 2 meses, a los 6 y a los 9— no es sencillo. Esta mujer tiene que salir cada día al mercado a vender el aceite de cacahuete que fabrica para poder cenar esa noche; no existe el salario mensual, se ingresa al día. Tiene que recordar las vacunas y priorizarlo sobre los ingresos de la jornada, incluso cuando su hijo está sano.

Conseguir que esa mujer lleve a su hijo a vacunar exige trabajo, concienciación en las comunidades locales y compensarla porque ese día no va a generar ingresos. Un incentivo de 1.000 nairas, menos de 1 € al cambio, es suficiente para que la madre priorice la salud de su hijo. Cuando completan el calendario, el incentivo son 5.000 nairas, menos de 5 €. La efectividad es muy alta, pues de cada 33 niños que completan el calendario gracias a este programa, uno se salva de una muerte segura. Inicialmente, la organización operó bajo la hipótesis de que este modelo sería útil para la prevención del sida; al comprobar que no era así, lejos de buscar excusas, siguieron su intuición: disponían de una herramienta útil y decidieron probarla en otro terreno. El resultado fue una efectividad altísima en este problema concreto.