En nuestro planeta de corazón metálico, alma de carbono y piel de agua, más de ocho mil millones de pequeños insectos nos agrupamos en sociedades, condenados a reiniciarnos constantemente, a empezar una y otra vez por haber olvidado el qué, el cómo y el cuándo. Repetimos los mismos errores por ignorantes, todo parece inédito. Por eso a los fenómenos sociales viejos les ponemos nombres nuevos, se nos dan muy bien los eufemismos. Cambiando el nombre del continente, cambia el contenido.

Los agentes comerciales del poder fabrican leyendas y mitos destinados a una colmena sedienta. Usan como armadura y escudo palabras y más palabras, saliéndose con la suya que nunca es la nuestra. Para que cuele el cuento exculpatorio y se trague sin masticar hay que procurar que no quede resaca. Los despertares con síndrome de abstinencia son horribles. Hay que buscar la simplicidad del mensaje y esperar a que la gente olvide o recuerde sólo la anécdota.

Establecido el relato, hay que repetirlo por todos los medios hasta que seamos incapaces de hacernos preguntas. Toda injusticia se puede camuflar con la excusa del mal menor o con la de los daños colaterales, pero se necesitan cómplices. Desde tiempos prediluvianos siempre ha habido sardinas dispuestas a ayudar al tiburón a que coma boquerones, creyéndose a salvo sin pensar que entre peces grandes y chicos no hay competencia, hay depredación.

Ha pasado más de un millón de años tras el descenso de los árboles y no ha habido un minuto de paz entre homínidos. Seis mil años de escritura, para no recordar casi nada. Ahora preferimos la leyenda a la historia, la superstición a la ciencia. Los pueblos olvidan el horror de la guerra, pero las élites no olvidan el negocio de la guerra. Los potentados reparten las miguitas sobrantes del festín, aliviando así sus conciencias, esas que rara vez despiertan y denuncian sus miserias ante el espejo. De ahí las generosas donaciones de explotadores sin entrañas, amasadores de fortunas, de ahí la beneficencia. Qué fácil es lavar con dinero, el premio humanístico más prestigioso del mundo lleva el nombre del hombre que se hizo millonario vendiendo dinamita.  

Pero no nos engañemos, para ser un miserable no hace falta dinero, está al alcance de cualquiera. Aun así, en cuanto un pobre se hace millonario aparece el nuevo rico que lleva dentro y se dispone a deslumbrarnos con su exceso, horterada tras horterada, volviéndose un tirano con los que, como él hasta ayer, son pobres. El hombre más rico del mundo gana mil millones de dólares al día. Se podrían hacer muchas cosas buenas con ese dinero, pagar más impuestos, mejorar sueldos, no despedir a tantos trabajadores, pero él ha decidido, además de promover el fascismo, hacer el gilipollas. “Ni pidas a quién pidió, ni sirvas a quien sirvió”. No sé qué diría Freud de este proverbio si viviera. Probablemente, para encontrar la estabilidad emocional habría que visitarlo cinco días a la semana a doscientos euros la hora.

A la búsqueda de la felicidad nos dedicamos todos, salvo los que sufren el mal de la “malafollá”, que viven amargados ante la felicidad ajena. Supongo que todos sufrimos esta enfermedad en mayor o menor medida. Por alguna razón, el ser humano se siente bien por contraste. Mi vida es una porquería, pero si pienso en los que están peor que yo, me siento aliviado. Necesitamos un antídoto contra la envidia. Necesitamos que haya pobres para creernos de clase medie. Necesitamos borricos para creernos inteligentes, feos para vernos guapos, guerras para sentirnos en paz. Cuanto más atrasados estén otros países, más avanzados seremos.

Desde hace tiempo, decidimos lo que es ético y lo que no, lo que ésta bien o mal según nuestro criterio, el único válido. Estamos en el centro de nuestra galaxia. Nos seguimos creyendo mejores que “el negrito del África tropical” y queremos bautizar “chinitos”, como cuando de críos nos daban una hucha para el Domund. Pobrecillos los “negritos” y los “chinitos”, no sabían que estaban en pecado. Ahora, una vieja religión con una liturgia nueva ha calado, el neoliberalismo llega a todas partes. Lo saben muy bien en las minas de diamantes y en las de coltán, lo saben muy bien los traficantes de armas, los bancos que los financian y los gobiernos que consienten y con frecuencia lo alientan.

Somos previsibles, niños con dinero. Basta con hacer que se ponga de moda la hierba sin gluten para que se agote en el supermercado. En cuanto vemos el brillo del cencerro nos apresuramos a balar. Por eso nos venden líderes enérgicos y despiadados, dietas milagro, crisis inexistentes, asesinatos de inocentes por el bien común y superhéroes en leotardos. Olvidamos que hubo un tiempo en el que tuvimos la mirada limpia, no fuimos racistas, ni clasistas, ni machistas, no nos importaba el dinero, todas y todos éramos amigos. Olvidamos que una vez fuimos niños, lo olvidamos todo.