Mi abuela Remedios, una señora que había parido nueve veces y sobrevivido a una terrible guerra y a una no menos terrible postguerra, tras sufrir un ictus, se convirtió en itinerante. Cada dos meses se mudaba de casa, cambiando también de hijos, cambiando de nietos. Un año y pico tardaba en volver a vivir con nosotros. Sus comentarios sobre la vida moderna me resultaban surrealistas, aunque yo no tenía ni idea del significado de esa palabra. Ambos teníamos una cosa en común, no nos gustaba el fútbol, que por aquel entonces se veía en una pantalla cuadrada con las esquinas redondeadas, no muy grande y en blanco y negro. Mi abuela decía con frecuencia “que les den una pelota a cá uno”.

¡Qué aburrido nos parecía aquel juego! El deporte rey, en el que el ¡uy! es una sorpresa y el gol un milagro, ocupaba las conversaciones y el imaginario colectivo de mis compañeros de clase. Soñaban con que los reyes magos les trajeran de oriente un balón de reglamento. Anhelaban ser futbolistas en cuanto les fuese posible y conseguir así, fama, fortuna y gloria. En aquella época, sobre el césped gris de la tele, unos hombres muy mayores a mi modo de ver, reinaban cada domingo.

Pirri, Cruyff, Amancio, Rexach, Stielike, Iribar; las caras de los futbolistas corrían de mano en mano, impresas en “estampicas” (cromos), que todo crío normal coleccionaba e intercambiaba durante el recreo: tardé mucho tiempo en considerarme “normal”. En el tráfico de caretos futbolísticos, como en todo lo demás, las niñas estaban excluidas. Los niños teníamos un mundo y las niñas otro. Hasta donde yo recuerdo, el único deporte que se consideraba apropiado para las chicas era el volleyball al que entonces llamaban balonvolea. No había chavales que jugasen a ese deporte; entre risas le llamaban “maricabol”.

A medida que pasaban los años, el país se iba haciendo más rico y España ya se clasificaba para jugar el mundial y el campeonato del consumo. Aquel evento servía para comprar la primera tele en color, el vídeo betamax y cualquier cosa que se les ocurriera colgar de la percha del juego de pelota. El fútbol se convirtió en una religión con millones de adeptos. Los futboleros crecían en número e intensidad. A los presidentes de los clubes, como ahora, se les consentía todo. Entre los fichajes multimillonarios se escondían los trapicheos de promotores del ladrillo, que desinteresadamente se hacían ricos, gracias al éxito del fútbol entre el pueblo llano.

La vida podía ser gris, pero si ganaba tu equipo, el mundo se coloreaba. El balompié se convirtió en el opio del pueblo. Cada vez había más competiciones, la copa, la recopa, la requetecopa y otros copines y copones. Hoy ya no juegan los domingos por la tarde, juegan todos los días a todas horas y no pasan los partidos gratis por la tele, ahora hay que pagar por mirar. Todo ha cambiado mucho en los últimos años, todo menos los chanchullos de los tipos que manejan este deporte. Ahora  juegan once millonarios, gladiadores con forma sobrehumana muy subidos de ego, contra otros once. Pese a todo, el pueblo siempre ha estado encantado de gastarse el pan en ir al circo.  

Pero como el dinero clama por más dinero y como además nunca hay suficiente, los prebostes de la religión del cuero esférico quieren que la gallina ponga huevos de oro cada diez minutos. Ahora pretenden hacer elitista lo que siempre fue popular. Para ver un partido del mundial in situ, un devoto futbolero, sin afición a nada que no ruede por la hierba, tendrá que hipotecar su alma para pagar entradas a precio de salario mensual. La sarna con gusto no mata.

Se ve que quieren hacer el fútbol exclusivo,“saes, o seaa”, como mola ver a unos tíos en pantalón corto, luciendo peinados imposibles, son “ideales de la muerte”. El fútbol ya no huele a hierba recién cortada, sudor y réflex. Los estadios van a dejar de ser “rugideros” donde insultar al que se ponga por delante, arropado por el anonimato y soltar la mala leche acumulada contra su jefe, la hipoteca y mil esclavitudes más. El dinero siempre se quiere apropiar de todo, de la frustración también. El problema es que sin maza no hay cantera y sin masa no hay nada, de nada, ni siquiera fútbol.

Siempre he fantaseado con qué pasaría si toda la energía, el tiempo y el dinero dedicados al fútbol se emplease en otra cosa, en algo menos frívolo. Pero luego pienso en que el ser humano necesita trivialidad y sentimiento de pertenencia al rebaño. Para muchos, el fútbol “es lo más importante de las cosas sin importancia”. Al parecer les va la vida en ello, de ahí la exaltación patriótica que acompaña a la selección. Procuraré no ver ningún partido, pero soy contradictorio y no quiero parecer extraterrestre o apátrida, así que aunque sea sólo por malsana curiosidad…