Volviendo a leer a Hannah Arendt encuentro, o así lo interpreto, su postura en favor de una ciudadanía, del ciudadano y ciudadana, que se siente responsable de los asuntos de la colectividad, de la sociedad en sí. Por eso la intervención pública de la  ciudadanía no puede ceñirse a lo político, entendido como actividad partidista, sino al bien común,  ese bien común como política en el sentido clásico de la misma, esa que nos hace corresponsables de lo injusto, de la desigualdad del bien común de la polis. Qué voy a hacer, podría pensar, ignorante maestra jubilada de pueblo: ¿complicarme la vida que solo traería malestar para no solucionar nada?

Esa es la trampa, el individualismo capitalista que ahora nos manda ser físicamente perfectos, como comenta Bejarano en su artículo del domingo. Mejor ir al gimnasio, gym lo llaman ahora que todos sabemos inglés, que ponerme a leer o dedicar tiempo a una asociación que trabaje desinteresadamente por el bien común. Sí entiendo que hay que cuidarse y cuidar a los demás, así procuro estar sana, pero los años arrugan mi piel y mi cuerpo envejece como la naturaleza manda, no como me exige una sociedad que en muchos aspectos ha perdido el rumbo. Necesitamos escucharnos, exponer ideas con espíritu crítico y no las impuestas por modas, redes, la tv o gente que delante de una cámara y un ordenador nos dicen que podemos hacernos ricos dejando atrás a los demás.

Necesitamos debatir, tener espacios públicos donde encontramos libremente, sin tener que pertenecer a una u otra de las tendencias, de los partidos políticos, de género ni creencias religiosas, para no sentirnos solas, crecer y poder acceder a la cultura. Estamos necesitados, especialmente en los pueblos, de disponer de nuestro tiempo sin dirigismo interesados, de escuchar y encontramos con el otro, tener ocio y, por qué no, divertirnos explorando aspectos nuevos, unos olvidados, otros revividos.

Si nos dejamos arrastrar por las pertenencias vistas como irreconciliables nos convertiremos en enemigos unos de otros hasta deshumanizarnos y caer en el horror de dejar morir en el mar a nuestros semejantes, mirar solo con lástima ¡ay, esa lástima,! el  genocidio de un pueblo como el palestino o el abandono en el desierto durante décadas a un pueblo como el saharaui. Una tragedia perpetrada por el hombre oculta otra, siempre ha sido así. Las cosas se olvidan, como decían en la película La vida secreta de las palabras, dirigida por Isabel Coixet en 2005, los verdugos saben que quedarán impunes, jamás sufrirán un castigo que se acerque al sufrimiento que han infringido.

Las ciudadanas, los ciudadanos, tenemos el deber de no dar la espalda, de estar presentes en nuestro grupo, en nuestros pueblos y ciudades y poner nuestro tiempo y nuestro esfuerzo para construir una sociedad mejor.