El punto de vista de las personas cambia según la altura desde la que se mira. Ser alto o bajito proporciona una perspectiva diferente. La genética y los miles de “pulevines” de chocolate que me bebí durante la infancia, hicieron de mí un mirón de altura. Pretendo tener altura de miras, pero a veces me ciego o  me vuelvo estrábico viendo dos cosas al mismo tiempo, demasiado panorama para un solo fotógrafo. Los peces controlan un gran campo de visión, es muy útil para huir de un depredador porque el pez grande se come al chico, pero nadie está a salvo, siempre hay un pez más grande.

Harto de comer, occidente se ha acostumbrado a mirar al resto de peces por encima de la aleta. Al mirar desde arriba se tiene la falsa sensación de verlo todo, pero sólo vemos un plano cenital carente de volumen. Para entender la realidad hay que ponerse a la altura de los diferentes. El norte mira con desdén al sur, los ricos a los pobres, los altos a los bajos, los guapos a los feos, los listos a los tontos. Amparados en el “ande yo caliente”, el menosprecio ignorante muta en desprecio, a veces en odio.

Exceptuando a los espectadores, entusiastas pero pobres, que ven la vida desde el gallinero con catalejo, el homo occidentalis disfruta del espectáculo desde la barrera, cerca, pero a salvo. El parapeto desde el que oteamos el horizonte está hecho de cristal líquido, cabe en una mano u ocupa medio salón comedor, según el caso. Desde allí vemos virtualmente el mundo y su belleza, también el horror, protegidos por la distancia herciana. Todo parece un espectáculo, la temporada mil de nuestra serie favorita, en la que muchos capítulos se repiten.  

Desde el sillón de casa vemos la nueva forma de bailar que será tendencia durante los próximos días, la actuación injusta del árbitro que le tiene manía a España, la bronca babeante de ciertos políticos, a charlatanes de feria defendiendo a su amo, “la verdad que no quieren que sepamos”… También vemos las tragedias humanas como si fuese un reality show. Con paternalismo miramos desde arriba compadeciéndonos de su desgracia.

Miro, veo y se me hace un nudo en la garganta. Un niño habla en árabe desde el ahora desierto de Gaza, no entiendo lo que dice, coge un puñado de arena y se lo mete en la boca, no necesito saber árabe. Otro niño gazatí, quiere saber cómo caen las bombas en occidente. Creen que la vida es un genocidio, no conocen otra cosa. Oigo la voz serena de otro crío relatando con resignación y una madurez impresionante. Cuenta con detalle a qué hora dejó de respirar su madre y que él es el único de su familia que ha sobrevivido a los terremotos de Venezuela.

Veo caras “masculinamente serias” de niños mineros, de niños que empuñan un AK-47, de niños que sostienen a sus familias, de niños en las calles de Tánger que huelen pegamento para espantar el hambre. Niños que sirven como reservorio de órganos para niños ricos del norte. Rueda el balón por la tele, sin que nadie piense quién cosió el cuero en lugar de ir a la escuela.

Cientos de miles de niñas son violadas desde pequeñas y/o vendidas como esclavas en matrimonio a “señores” mayores. Otras son encarceladas tras una reja textil, condenadas a no recibir educación con la que salir de su cárcel. Siempre son las más desvalidas entre los pobres. Son condenadas a ser adultas a la fuerza y a parir más hijos sin haber podido ser niñas. Todos están sentenciados a no reírse, a no ser traviesos, a no vivir despreocupados.

Oigo la voz de adultos que odian su infancia repleta de abusos de hijos de puta con sotana, perdonados por la justicia divina, que escaparon de la justicia humana. De existir Dios, tengo claro que no defiende al inocente.  S.i fuese así no les mandaría pederastas, terremotos, inundaciones, guerras y enfermedades a los más indefensos, no pagarían todos y cada uno de los patos. Los que deberían ser “locos bajitos” son carne de yugo.

Oigo, veo y me espanto con lo que dicen señoronas bien, bien enjoyadas y tipos que se persignan cuando pasan ante una iglesia, preocupados por gametos, mientras hablan de “menas” como si fuesen de una mafia, de una secta peligrosa o como si no fuesen niños desvalidos. Son pequeños granos de arena de ojos brillantes formando enormes dunas, culpables de inocencia, vivos a pesar de que este mundo no los quiere a no ser que les produzca manteca.

Muchos vienen al mundo sólo un ratito, para sufrir hasta la muerte. El dinero y la guerra que lo parió, o la cruel naturaleza, asesinan la esperanza. Mujeres y hombres supervivientes, con la piel curtida y alma de niño, saben que la tragedia es inevitable para la carne de cañón. Nosotros los miramos desde arriba.