Mi padre tenía un bar, creo recodar que lo escribí alguna vez en este mismo medio. En él aprendí de la vida. Que los hombres hablan, critican y llevan la vida de los demás igual que las mujeres, que dicen que en su casa manda la mujer, pero cuando se trata de “cosas importantes” ahí aparece el amo y señor, que las mujeres no saben, no están capacitadas y necesitan la sabiduría que ellos nos enseñan.
Lo que me hacía reflexionar, aun sin tener las cosas claras en los tiempos cuando permanecía en el bar escuchando a la clientela, era cómo se mantenían sumisos, no todos, ante la injusticia social y represión que vivían. Cierto que el miedo había calado muy dentro y no había posibilidad apenas de hacer nada. Cuando existe una dictadura, un poder absoluto, la rebeldía y la violencia desaparecen. No hacen falta porque basta con crear el miedo para que todo perezca en aparente paz y armonía. Pensaba que mientras ellos tomaban su vino o su café, lejos aparentemente del miedo, estaban obedeciendo a los que mandaban, a los que vivían por encima de sus posibilidades por el hecho de estar del lado del orden, la religión y el dictador. Sentía una especie de ternura e incomprensión ante estas cosas.
Ayer, viendo los bueyes tirar de la carreta de la virgen de la romería de mi pueblo no pude dejar de sentir un malestar en el estómago, a la vez que una ternura por esos nobles y robustos, poderosos, animales, representados muchas veces como seres sumisos y derrotados. Eran en su andar cansino bajo el yugo la imagen de los perdedores, de los que se resignan porque no hay nadie que escuche sus gritos de miedo, de ansias de libertad, de una vida con esperanzas.
En los ojos de los bueyes no cabía nada más que resignación, mientras observaban cómo a su alrededor la gente se divertía y olvidaba, simplemente querían ignorar que entre la multitud también había desesperanza, miedo ocultado con la ilusión de vivir la vida que otros viven realmente.
Sí, tenemos que vivir la alegría del encuentro con los demás, de vivir la fiesta, pero no olvidemos la mirada de los bueyes no vaya a ser que los próximos dueños de esa mirada seamos nosotros. Solo cabe no dejarse engañar por aquellos que quieren que trabajamos para ellos.

