Al otro lado del océano, donde de la nada surge América, hay una isla que agoniza. Cuba se muere a oscuras mientras una gigantesca bota proyecta su sombra desde Miami. Esta vez sí parece que van a terminar con el intento de los cubanos de ser soberanos. Estados Unidos quiso invadir “cochinamente” el país que cree que le pertenece por derecho de talonario, como el resto del continente, pero fracasó. Cuba no ha sido ocupada aún porque es una isla, aunque muchos cubanos tuvieron que huir al norte. Esta no es una historia de buenos y malos, la realidad es más compleja.
Vivir en una isla tiene sus inconvenientes, también sus ventajas. Pienso en el náufrago de las viñetas, cansado de esperar lo que nunca llega, viendo cómo le crece la barba, en un minúsculo territorio a la sombra de una palmera. Conversa “con el hombre que siempre va con él”, sufriendo y disfrutando de la soledad. El náufrago es la metáfora perfecta para describir al ser humano. Pese a ser sociables por naturaleza, nos aislamos en nuestra república independiente alejada de todo lo que nos es ajeno. “Amo a mi patria y quiero a mis zapatillas” decía Jack Benny en “Ser o no ser”. Nuestras zapatillas y nuestro sillón orejero conforman nuestro hogar, la minúscula patria que gobernamos bajo la atenta mirada de los hombres de negro del banco o, peor aún, de un fondo buitre, somos vasallos.
Muchos vivimos en colmenas, cada cual en su celdilla, sin contacto con los vecinos, salvo para mentar a sus antepasados ante los ruidos provenientes del otro lado del tabique. Vivimos en una isla, un cajón en un archivador, yo aparezco por la “C” de Castro, está escrito en el portal donde están los buzones, soy un código, un epígrafe. En nuestro afán por sentirnos libres nos aferramos a nuestra “Ínsula de Barataria”, igual de imaginaria que la de Sancho Panza.
Creamos nuestra burbuja en la que sentirnos seguros, como si el espacio de aire que nos rodea nos perteneciera. Nos sentimos agredidos cuando alguien la atraviesa aunque sea con la mirada. Toda injerencia ha de ser autorizada por nosotros, dueños de nuestro metro cuadrado virtual, “no me pises que llevo chanclas”. Aunque esa distancia de seguridad desaparece en el transporte público. Por eso mucha gente prefiere desplazarse en su islote rodante, en su hogar externo, el coche que también es una patria, aunque tenga que pasar la ITV cada año.
Visto así, todos reinamos en nuestros mundos, nuestro micro estado tiene lugares oscuros, egos latentes y patentes, amenazas y más fantasmas que un castillo escocés. A fin de cuentas está hecho a nuestra imagen y semejanza. En él hay trono pero no súbditos. Nadie quiere derrocarnos. Hasta el más gregario tiene un reino, aunque cada vez sea más difícil de pagar, a veces imposible. Para algunos es una fortaleza, para otros una playa. Para la mayoría es un caparazón en el que esconderse.
Los asediadores de espacios, no me refiero a los que empujan en el metro, sino a los que se quieren adueñar de todos y de todo, justifican el derecho mercantil de acabar con nuestro derecho a no ser invadidos, nuestro derecho a existir, a pensar, a tener una islita a nuestro nombre con butaca y zapatillas. Pero, bajo el lema de “ande yo caliente”, nos hicieron creer que somos células aisladas, que no hay más islas en el archipiélago. Si no hay conciencia de rebaño, si no existe lo colectivo, es más fácil para el lobo comerse a la ovejas una a una.
Los depredadores siempre se enrollan en banderas victoriosas al tiempo que inventan peligros. Siempre nos están defendiendo de agresiones enemigas, excusa para forrarse preventivamente. Desgraciadamente en estos tristes días abundan los “patriotas”, todos quieren lo mismo, más. Nunca dicen que quieren hacer mejor a Rusia, a Estados Unidos o a Israel, sino más grande. En nombre del pueblo, justifican la rapiña con argumentos históricos y de seguridad, mientras cínicamente hablan de democracia. Utilizan todas las armas, legales e ilegales, destrozando las reputaciones de los reputados, las vidas de los vitales y el descanso de los finados. No quieren testigos porque si la gente estuviese bien informada, si tomase conciencia, si se les pasara la anestesia, probablemente querrían lincharlos. Por eso es tan importante para ellos sustituir el periodismo por la propaganda y la mentira.
Hay mañanas en las que no encuentro razones para abandonar mi crisálida, salir de mi isla para enfrentarme a un mundo cada vez más cruel y despiadado con todo lo que no les rente a los que manejan el mango y la sartén. Nada, nada, nada importa si la élite no saca tajada. El débil intento de defenderse de la ley de la selva, al que los griegos llamaron gobierno del pueblo, está mal herido. Las democracias se hunden por la ambición de los mediocres y el silencio cómplice de todos los demás.

