Pepe, mi padre, fue un superviviente en un país lleno de miseria moral, cultural y económica. Como millones de hombres y mujeres, tuvieron que agachar la cabeza, eran tiempos de silencio. Uno no sabía con quién estaba hablando, pero sí el peligro de decir algo que no le gustase al régimen. Mi padre, junto a millones de hormiguitas, levantó este país. Aquellos años terribles, inexistentes hoy en los libros de texto, endurecieron el carácter de aquellas mujeres y hombres, pero no doblegaron sus almas resistentes. La inmensa mayoría eran tan pobres como dignos, tan honrados como responsables, buenos trabajadores, buena gente. Ahora que somos un país rico y que el ansia de dinero lo justifica todo, la mentira, el odio y el racismo no están mal vistos.
Igual ustedes, queridos lectores, están tan abrumados como yo ante la balacera interminable que vemos pasar a diario sobre nuestras cabezas. El ruido es insoportable, aún lo es más la sensación de que la honradez ha muerto, o le falta poco ¿Cuánto pesa la dignidad? Los que deberían dar ejemplo rocían con gasolina nuestra democracia pensando que el incendio les beneficiará. Una parte de los servidores públicos, políticos, jueces y policías, que cobran del soberano pueblo y otros que también deberían servirlo, como ciertos periodistas, sirven a sus intereses partidarios. Los jueces tienen la obligación constitucional de ser imparciales y justos. La mayoría son personas honradas, preparadas e imparciales, pero ¿y si algunos no lo son? Al parecer no hay poder que les recuerde a quién se deben. Claro que las sentencias son recurribles, el sistema es garantista, pero las condenas de telediario no.
Hay otro gremio, fundamental en una democracia, compuesto mayoritariamente por personas honradas, el periodismo. Lo sé muy bien, llevo toda la vida dedicado a este oficio, pero nunca he visto tanto trilero, tanto encubridor, tanta voz de su amo. Más allá de los activistas del fascio bien abonados con dinero público, existen propagandistas que ocupan puestos relevantes en medios de comunicación “serios” que se dedican con pasión a acabar con este gobierno. Además de “periodistas” hay predicadores del caos, antiguos folcloristas, especialistas en cotilleos, expertos en fantasmas y tertulianos que saben de todo, especialmente de defender a quien les da de comer.
Una parte importante de los políticos sabe que lo que más desgasta es no mandar. Este es el tiempo de “el que pueda hacer…” La hora de todo a la vez en todas partes. El momento de la venganza, aquí todo vale. Cada uno en su puesto, prietas las filas de los “buenos españoles”. Ladrones y matones cortan calles en contra de la corrupción, insultando y amenazando a periodistas de los de verdad. Adiós policía democrática, vuelven los gorilas con uniforme, amiguetes de fachas, represores de maestros que sólo quieren una educación pública mejor y a los que denuncian el sionismo asesino.
La infantería diestro populista lleva demasiado tiempo lampando por acceder a lo que cree suyo, el poder político. De los otros poderes van sobrados. Tienen en mente la España de la que hablaba Machado, “devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta”. Sabemos de sobra que quieren gobernar, aunque no sabemos para qué porque, además de señalar las goteras de este gobierno, como es su obligación, y que las tiene, no sabemos qué proponen para reparar el tejado ¿Qué harán con la vivienda? ¿Se arrodillarán ante Trump? ¿Volveremos al carbón, que no contamina?
Amigos, España se hunde otra vez, como siempre que las derechas opositan. El suertudo Sánchez, híbrido entre Drácula y Dark Vader, desayuna cada día con un nuevo escándalo. Naturalmente aún no sabemos cuánto hay de cierto en los hechos terribles que se les atribuyen, para eso está la justicia. Pero eso a cierta leal infantería mediática le da igual, porque lo importante es el ruido. A las barras de los bares no llegan los detalles, allí sólo funciona la brocha gorda. Van a dar igual los veredictos de culpabilidad o no porque para el pueblo llano, saturado de imprecisiones, exageraciones y embustes, todos son culpables.
El peligro de que finalmente no nos creamos nada, ni a políticos, ni a jueces, ni a periodistas, es enorme y justo lo que quiere la ultraderecha. A este paso, ante el descrédito, las democracias se acabarán suicidando entre sonoros aplausos. Volverán los iluminados con sus egos desmesurados y sus cerebros podridos, salvando a la patria de sí misma. Seguro que mi padre, como todos los hombres y mujeres de su generación, se preguntaría qué pasó con España, qué fue de la dignidad, la honradez y la decencia, dónde quedó la responsabilidad y la profesionalidad. Por qué permitimos que nos venciera la estupidez.
Cuánto esfuerzo, cuánta lucha, cuánta conquista, para volver a ser un estado bananero. Se acerca el autoritarismo aupado por los más humildes y por servidores públicos que se dedican al autoservicio, ante la condescendencia general.

