Hay días que no encuentras temas, argumentos, de los que hablar, de los que escribir. Sin embargo, sobran los motivos, las razones. Cómo no puedo hablar, escribir, sobre lo que está ocurriendo, nos podemos preguntar. Quizá la respuesta esté en este desasosiego, en esta ansiedad, en esta melancolía, producto de un mundo desquiciado que no creíamos poder vivir, sufrir, contemplar. Qué es sino este querer no oír, no ver las noticias, la realidad de un mundo del que nos mandan el mensaje: No hay nada que hacer, la vida es así, las cosas en las que creías eran pura ilusión, por nada que te quite el sueño merece la pena preocuparse, ya se preocupan otros por ti.
Me comentaba ayer una persona que no entendía cómo gente a la que le han subido el alquiler, que tenía que dedicar más de la mitad de su sueldo a pagarlo, que ese mismo sueldo no le daba para pedir una hipoteca, no habían acudido a la manifestación por la vivienda el viernes en Sevilla. Yo le dije que igual ocurría con la sanidad y que algunas de las que siempre habían estado en la lucha por la sanidad pública ahora se sentían cansadas y desilusionadas. Así fuimos desgranando las causas por las que en algún momento habíamos trabajado, luchado, llegando a la conclusión de que nos estaban ganando la partida, aunque eso no signifique que haya que dejar de intentarlo. No podemos quedarnos en lo políticamente correcto, en no pasarse en las acciones porque vayamos a ofender al poder, sea este el que sea, porque seamos molestos y haya quienes nos eviten por no ”señalarse”. Esto último suele ocurrir en los pueblos, como en el que vivo.
Sí, hay motivos, razones por las que escribir, por las que trabajar y luchar. Los tenemos delante de nuestros ojos: Palestina, Sahara, Sudán, sanidad, vivienda, educación, igualdad de género, igualdad económica y así podamos seguir y seguir. En un mundo cambiante, nosotras no podemos quedarnos sentadas a esperar que nos arrase ese cambio. Cierto que esa melancolía, esa ansiedad, ese desasosiego hay días que nos vence, nos invita a cerrar nuestros sentidos y encerrarnos en nuestro jardín interior que nos protege de todo lo que nos amenaza, nos daña. No nos engañemos, puede que ocultas en ese jardín no veamos cómo la realidad que conocíamos va desapareciendo y su lugar la va siendo ocupado por un mundo gris, feo, con unos dueños aún más grises y feos.

