Al sur de los sures, más allá de Ceuta, de Melilla y de la gigantesca nube de polvo del gran Sahara, existe otro planeta en el que el tiempo se detuvo o al menos esa es la sensación que tenemos, acostumbrados a contar los minutos. Ryszard Kapuściński decía que los occidentales poseemos los relojes, pero los africanos son los dueños del tiempo. En un pequeño país como Guinea-Bissau, que casi nadie ha olvidado porque pocos han sabido de su existencia, el tiempo se detuvo hace mucho, como en la mayoría del continente del que emigraron nuestros ancestros.
Antes de que llegaran los europeos a esta esquina del mundo imponiendo banderas, violencia y corrupción, no había guineanos, ni senegaleses, ni gambianos; había fulas, balantas, mandingas, manjacos, pepeles… Había y sigue habiendo muchos pueblos, cada cual con su cultura. La tierra no les pertenecía pero ellos sí pertenecían a la tierra. No había líneas dibujadas con escuadra y cartabón sobre el mapa. El hombre blanco dividió el territorio en porciones dividiendo así pueblos y formas de vida.
No ha habido nunca interés por estas tierras ni por sus gentes, salvo para saquear sus recursos. Los guineanos no tienen petróleo ni piedras preciosas ni tierras raras que justifiquen ninguna inversión. El norte nunca confunde el interés con el capital y lo único que produce este país es carne humana, carne de cañón para ser explotada. Los que manejan el cotarro en el obeso norte necesitan mano de obra barata para ganar más y amenazar a los que no manejan nada diciendo “los negros trabajan por menos”.
Siglos de abuso acabaron abruptamente en guerras de independencia. Cuando los pueblos africanos se pusieron en pie dispuestos a decidir su futuro, el dinero blanco se encargó de enfrentarlos en guerras interminables y venderles armas. Los nuevos estados heredaron la ponzoña colonial. Del sueño de libertad nacieron estados que no son tales, que no existen más allá de un himno, una bandera y un ejército que se come gran parte del exiguo presupuesto.
Las mujeres, sin embargo, sí existen, sostienen sobre sus cabezas el peso y el destino de sus familias, de sus tabancas (aldeas) de todo el país y el continente. No saben nada de macroeconomía ni geopolítica, su dilema vital consiste en conseguir proteínas para que no se les mueran los niños. Femeninamente serias, consiguen que sus familias sobrevivan.
En esta parte del mundo los hombres se esfuerzan en charlar sin prisa, las mujeres en hacer todo lo demás. Como si fuesen eternamente menores de edad sumidos en la indolencia, la pesadumbre y la resignación, los hombres se han acostumbrado a que sus problemas los arreglen otros. No tienen claro que haya un porvenir por el que luchar, solo existe el presente. Vivir es sinónimo de durar.
Perder tanto durante tanto tiempo les ha llevado a creer que no hay nada que puedan hacer para cambiar su situación de pobreza, nada que no puedan perder antes de conseguirlo. La desidia ha provocado que se hayan olvidado del poder del ser humano para cambiar las cosas. Se lamentan como si la miseria fuera un mandato divino. Sólo las mujeres piensan, pero sobre todo actúan calladas pero no aquiescentes. Las mujeres resisten sin palabras pero con hechos.
Los más inconformistas, hombres y mujeres, decidieron huir de África buscando, reclamando, la vida que les corresponde. El rico y cínico norte se beneficia de su sangre, de su sudor y de sus lágrimas mientras los trata como a delincuentes. Dicen que son una plaga que “¡nos están invadiendo!”, como si los occidentales no hubiéramos sido una plaga alienígena invasora de mundos ajenos, como si no lo siguiéramos siendo. Es el norte el que manda, es el norte el que le pone precio a las materias y a las personas. Culpables de todos los males, los migrantes, fugitivos huidos de una tierra sin pan, se juegan la vida hasta perderla.
Los supervivientes hacen el trabajo sucio. Serán tolerados siempre que sean invisibles, siempre que no tengan derecho a tener derechos. A los pobres del mundo rico, demasiado anestesiados para identificar quiénes son los culpables de su situación, se les vende pureza de sangre, orgullo patrio y prioridad nacional. Todos seremos felices a la sombra de la bandera.
En África, el tiempo sigue detenido entre la estación seca y la estación de las lluvias. La madre de la humanidad agoniza hace tanto, que nadie recuerda cuándo les robaron su dignidad, pero eso al resto del mundo no le importa. Este continente es indestructible. De haber podido hacerlo, habrían acabado con él hace siglos. Ha sobrevivido al secuestro masivo de sus hombres más fuertes, esclavizandolos para construir un nuevo mundo. No fue el ingenioso emprendimiento de los blancos, sino el látigo, lo que hizo de América un imperio y de Europa un poderoso continente. “Aquí abajo, abajo, el hambre disponible recurre al fruto amargo de lo que otros deciden” (M. Benedetti).

