Archiconocido en el mundo de la música, desconocido en Fuentes. El fontaniego Antonio Moreno es la constación de dos fenómenos sociales inexplicables: el primero es que nadie es profeta en su tierra. El segundo es que el determinismo no existe, que la cuna influye en la vida de uno, pero no lo condena. Nacido en la calle Nueva, hijo y nieto de dos artistas de la madera con obra en los pasos de la Veracruz, Juan y Horacio Moreno Fornés. El baterista más universal y desconocido en Fuentes ha subido a la cima de la música, ha grabado más de 200 discos y le ha marcado el ritmo a celebridades como Camarón, Enrique Morente, José Mercé, Víctor Manuel, Miguel Ríos, Luis Eduardo Aute, María Jiménez, Pata Negro, Kiko Veneno, La Martirio, La Susi, Carmen Amaya, Hombres G, Radio Futura, Cantores de Híspalis...

La mera enumeración de discos y artistas con los que ha trabajado y grabado Antonio Moreno ocuparía todo este artículo. Cuando alguno de los grandes de la época quería grabar un disco no con un batería, sino con "el batería", llamaba al fontaniego Antonio Moreno, conocido en el mundo musical como "el Tacita" o "El Niño". Esta publicación iba a tener formato de entrevista pregunta-respuesta, pero ese modelo periodístico no hubiese reflejado fielmente la personalidad de Antonio Moreno. Es demasiado tímido y modesto para que sus palabras den la verdadera dimensión de su trabajo. Por eso tiene forma de reportaje de citas. Porque el periodistas tiene la obligación de escribir lo que el protagonista calla por timidez y modestia.

En plena juventud

Para empezar habría que decir que Antonio Moreno salió de Fuentes en los años sesenta, con su padre y sus hermanos, cuando tenía diez u once años, casi analfabeto, y con un sueño como único contenido de en los bolsillos: ser músico. Su madre, Pepita Romero había fallecido con apenas 35 años dejando atrás una familia compuesta por el padre, Horacio, y sus seis hijos, con los que a duras penas lograba sobrevivir económicamente y llevar la casa. Una casa muy especial que acogía a todo el que asomara por la puerta y que transmitía creatividad, imaginación. Una vez al año, Horacio padre mandaba a los niños de la calle Nueva a coger caracoles, los guisaba e invitaba a todo el vecindario. La casa de los Caseros, ése era el mote familiar, no tenía llave o, si la tenía, nunca se echaba. Para no tener que dar la vuelta por la Carrera para ir a los verdes que había a la espalda de la calle Nueva, los vecinos cruzaban por la casa y el taller de carpintería de Horacio a cualquier hora del día.

Abierta a los cuatro vientos, todo el mundo entraba y salía por ella como Pedro por su casa. Aquella casa hervía en un caos de libertad permanente. Eso hizo que los aires de la modernidad entraran por la puerta de la calle Nueva y salieran, como un ciclón, por el corral del verde trastornando la vida de los más nuevos. La modernidad en los años setenta tenía forma de disco de los Beatles y lo trajo Horacio, el hermano mayor, estudiante becado de Magisterio en Sevilla. Aquello fraguó enseguida en el grupo musical "Los Híspalis", con Horacio como cantante; Agustín, guitarrista; Isidoro, bajista y Antonio Moreno, batería. A plazos compraron en Sevilla dos guitarras eléctricas con placas de nácar. Horacio padre le había hecho a Antonio una especie de batería con los tensores recibidos de su hermano Nicasio el Chico, músico en diversas orquestas de Sevilla.

En la calle Nueva

Ninguno sabía tocar, confiesa Antonio, pero el éxito de "Los Híspalis" fue rotundo porque aquello sonaba sobre todo a modernidad, aunque ignoraban hasta cómo coger la guitarra. La primera planta del bar , en la Carrera, parecía venirse abajo de la gente que se agolpaba bailando la yenka, el twist y el rock. Los "músicos" lucían una chaqueta de brillo de segunda mano sacadas de la orquesta del tío Nicasio. Meses después de aquel éxito, el único que seguía con el sueño de la música era Antonio, que siguió en el empeño cuando la familia emigró a Sevilla, a la calle Feria, buscando mejores condiciones de vida. Tal vez si hubieran recalado en otro barrio esta historia sería muy distinta, pero en la zona de la Alameda se estaba fraguando en aquellos años, inicialmente como "Nuevos tiempos", la mayor explosión de música andaluza contemporánea de la mano de Jesús de la Rosa (posterior Triana) y Manolo Rosa y Rafael Merinelli (posterior Alameda).

Pero Antonio era todavía un niño de pantalón corto, por lo que tuvo que contentarse con crear un grupo propio junto al hermano pequeño de Rafael Marinelli, Manolito Marinelli. Se llamó "Los Skulls", los calaveras, entusiastas seguidores de "Nuevos Tiempos" y de "Los Gong". En un concurso de la SER, los niños calaveras coincidieron en 1964 con un técnico, Joaquín Salvador, recién regresado de Londres, que les dio a conocer a Jimmy Hendrix, Janis Joplin y The Doors, entonces música prohibida por el régimen porque supuestamente atentaba contra la moral pública. "Hasta ese momento, nosotros sólo conocíamos a Los Sirex, Los Brincos y poco más", recuerda Antonio Moreno. Aquel encuentro con la música extranjera fue determinante para los pequeños calaveras, que bebieron especialmente de The Doors y empezaron a dar conciertos sorprendentes en la Sevilla de la época. En la memoria guarda que por dar un concierto en un descampado de la calle Sol cobró por primera vez de la música: 75 pesetas.

Aquel niño que acababa de abandonar el uso de los pantalones cortos viajó con "Tiempos Nuevos" a Barcelona a grabar su primer disco en la discográfica "Els 4 vents".  Los otros integrantes del grupo le sacaban diez años. Desde entonces es conocido en el mundo musical como "El Niño", además de "El Tacita". El niño despuntaba tanto, que fue contratado para actuar durante un año en cruceros por medio mundo: toda la costa de Latinoamérica, Barcelona, Valencia, Vigo... De vuelta, lo fichó el grupo "Conexión", de Luis Cobos, puntero en la música soul y rock de la época. Después vino el rock sinfónico de "Tartesos", lo reclamaron los de "Triana" y de "Alameda". Haciendo la mili en la banda Soria 9 de Sevilla, Ricardo Pachón le propuso grabar con Lole y Manuel, pero no le dieron permiso para desplazarse a Madrid. Después de la mili, Antonio ya había dado por acabada la etapa de los grupos y decidido dedicarse a trabajar como músico independiente.

Músico de sesión, que es como llaman a los profesionales que se dedican a grabar para todo el mundo, aunque todavía le quedaba estar nueve años con Víctor Manuel por todo el mundo. Recuerda especialmente dos giras por toda Cuba y una gira por el Chile de Pinochet, en la que estuvieron acompañados (vigilados) por la policía día y noche hasta que salieron del país. Se sacó el bachillerato, para el que nunca había habido tiempo, y estudió primero en el Teatro de la Ópera y después en el conservatorio Reina Sofía de Madrid, en la élite de la música, hasta hacerse profesor superior de Percusión Sinfónica con el catedrático José María Martín Porras, autor de la introducción de la percusión en todos los conservatorios de España. Antonio llevaba años viviendo de la música, pero fue estudiarla lo que le cambió la vida.

Ante la que fue su casa

Otro hito en su carrera fue grabar "La leyenda del tiempo", disco que marcó un antes y un después de la música flamenca. Su interpretación de la canción del mismo nombre es usada hoy en día como la cima a la que debe aspirar todo aquel que quiera considerarse un buen batería. Los músicos dicen de Antonio que es un batería "de otro planeta". Cuando se le pregunta cómo es posible tocar así, Antonio responde "poniendo todo lo que tienes dentro". Tiende a quitarse importancia diciendo que él es "un trabajador de la música". Alguién en segundo plano sobre el escenario, pero que tiene la función de marcar el ritmo, la estructura, algo así como la columna vertebral del grupo.

Cuenta cómo fue en 1978 la grabación de "La leyenda del tiempo": "llegó al estudio toda la trupe que acompañaba siempre a Camarón y se formó un cacao considerable en el que no me sentía cómodo, así que después de varios ensayos pregunté la hora a la que volverían a grabar al día siguiente. Quedé con el técnico de sonido dos horas antes y así, los dos solos, sacamos del tirón la grabación de la batería. Cuando llegaron, escucharon mi interpretación, les gustó y la incorporaron al disco. Camarón era muy tímido y nunca le ponía pegas a nada".

No conserva casi ninguno de los más de 200 discos que ha grabado con todo tipo de artistas. No tenía tiempo para pararse a colecionarlos. "Algunas veces venían de Estados Unidos productores con cinco proyectos de discos, nos encerrábamos día y noche y se iban con el trabajo hecho". Ha grabado unas músicas que le gustaban y otra que no. Con orquestas sinfónicas y para anuncios publicitarios. Explica que "ahora se graba poco en grupo. Lo más común es que un músico grabe su parte en casa y envíe el archivo a otro músico, que incorporará su parte y lo reenviará al siguiente. El resultado es una música muy bien realizada, con más timbre, pero más impersonal que la de antes".

Al final, Antonio Moreno, "El Niño" que abandonó la calle Nueva con diez u once años se jubiló como profesor de música de Secundaria. Esta semana en Fuentes ha echado la vista atrás para concluir lo mucho que tuvo que luchar la gente de la calle Nueva para salir de la pobreza. Siente orgullo de lo alcanzado y de la voluntad de su familia por salir a flote. Recorriendo su antigua calle dice que no hay quien la conozca. En la esquina de la Carrera no están ni el veterinario y Benjamín, faltan la Pepa el Pinto, los tolitos de enfrente, Manolo de la Gertrudis, la Aguedita, la Regina, la Milagros la Cabrera. No está el caño de agua que bajaba por el centro de la calle, que entonces le parecía a Antonio mucho más ancha que ahora. Apenas conoce a nadie, como nadie lo conoce a él después de tantos años de ausencia.

La cuna influye en el destino de las personas, pero no es una condena. El talento aflora a veces contra viento y marea. Antonio es un ejemplo de ello. Exige un trabajo de titanes que bien merece un reconocimiento de su pueblo. Fuentes le debe un homenaje, aunque él se quita importancia y dice que ha hecho música, lo que más le gustaba desde que era aquel niño que correteaba con la pandilla por la calle Nueva, se metían en la tienda de Benjamín por la puerta de la Carrera y salían por la calle Cruz Verde, dejando atrás los improperios que les lanzaba el tendero. ¡Demonio de chiquillos de la calle Nueva!