Es común la cara de sorpresa que ponen los niños, en una inmersión o baño, cuando le recuerdas que "camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. El estuario del Guadalquivir es tan singular, que pescados entre La Puebla del Río y Coria del Río, y de venta junto a su tan afamado paso de barca, son blancos y a medida que aumenta la salinidad de sus aguas camino del Golfo de Cádiz se convierten en ese anaranjado rosado más común de ver.

Era muy vistoso y demandado el cartuchito de estos pequeños crustáceos ya cocidos en puestos de ferias, en los bares de orgullosa cerveza de barril sin pasteurizar y fría sin congelación, y por las playas con esos canastos de mimbre con el paño blanco húmedo que los protegía. Unas persona de piel sensible, muchas veces asociadas a turistas nórdicos, tras una larga exposición a nuestro sol, adquirían rápidamente ese tono rosado que también lleva al símil de estar como un camarón. Y vaya aquí un recuerdo al genio del flamenco.

Ya casi no se ven en nuestros mercados, pescaderías, calles ni orillas, y es que parece ser que las tortillitas de bacalao del norte de España, los necesitan para otorgarles sabor, ganando clientes insaciables en Europa, dejándonos a nosotros sin la soberanía alimentaria, además de una señal de nuestra cultura gastronómica. Con tomate, al ajillo, tortillitas de camarones con harina de garbanzo, una muestra de lujo terrenal.

Reclamar una IGP (Indicación Geográfica Protegida) Camaronera por historia, información de capturas mediante pesca sostenible sin afección a inmaduros de otras especies, investigación, acuicultura en marismas y destino de la comercialización, pero lo que está clarísimo es que el consumidor es quien manda. Si comes aquí tortillitas de bacalao, que al menos estén hechas en Andalucía.