El siguiente reportaje fue realizado en diciembre de 1998, hace casi 30 años, para La Vanguardia y lo traemos hoy aquí por la actualidad que sigue teniendo. La "cacería" de menores de edad que en aquel momento se hacía en Ceuta para expulsarlos a Marruecos, con trasfondo político, igual que el actual, acabó en los tribunales por una denuncia de la Asociación Pro Derechos Humanos. El delegado del Gobierno, Luis Vicente Moro, y del Consejero de Presidencia de la ciudad autónoma, Antonio Francia, fueron procesados por presunta prevaricación y detención ilegal. Como autor del reportaje, en el juicio presté declaración en calidad de testigo. Las fotos son de Emilio Castro.
Aquí, el texto del reportaje:
"El reciente suicidio de una nigeriana en los calabozos de la Guardia Civil de Ceuta ha reavivado el interés por saber cuál es el trato que reciben los inmigrantes en la ciudad y ha relegado a un segundo plano las denuncias por malos tratos a menores marroquíes que cruzan la frontera. Para desmentir tales acusaciones, la policía invitó a “La Vanguardia” a acompañarla en una ronda nocturna. Como telón de fondo, los intentos de Jesús Gil de controlar políticamente la plaza y hacer de la seguridad su principal carta electoral.
De la oscuridad y del frío de la noche surgen los rostros resignados de niños sorprendidos en el sueño. El sobresalto por el foco de las potentes linternas clavado en sus ojos no logra despertarlos hasta pasados unos minutos. El agente le dice al periodista: “Verá cómo los tratamos bien”. Luego se vuelve hacia el niño y le pide con voz engolada “vamos chavalín, majete, sube por favor al coche”. En el argot policial, los menores son los “mofetas”.
Los pequeños marroquíes se esconden hasta las dos de la tarde, cuando los “ninjas”, los antidisturbios de la Policía Nacional, se retiran al cuartel. Por la tarde callejean para buscarse la vida, hurgan en las basuras, recogen chatarra y mendigan. En cada contenedor encuentran siempre algo útil. Algunos tienen apenas siete años, pero en Ceuta ya se les ve como una amenaza: cometen pequeños hurtos y afean las calles de la ciudad. Otros ven en ellos el sombrío futuro de una Ceuta de mayoría musulmana.
El consejero de la Presidencia, Antonio Francia, cree que “son el caldo de cultivo para un asentamiento definitivo, lo que puede desembocar en una población mayoritariamente musulmana”. Las autoridades ceutíes elevan a doscientos el número de niños que acuden a la ciudad a buscarse la vida. Otras fuentes reducen la cifra a media docena, siempre los mismos.
Cuando llega la noche, los niños ovillan sus cuerpos en cualquier grieta de un edificio en ruinas, donde las ratas les mordisquean los pies, o en solares llenos de basura y garrapatas. Otros buscan cobijo tras las vallas del puerto. Hay veces que los adultos utilizan a los niños para sus robos. Ellos revientan la puerta y los pequeños son obligados a penetrar en el interior y trasladar la mercancía. Si los coge la policía, por su corta edad no pueden ser acusados del delito. Luego se pelean entre ellos en el reparto de las magras recompensas. En su mirada, siempre alerta, se les nota el miedo.
Si todo lo anterior es poco, la policía local hace batidas nocturnas en “misión humanitaria”. La misión consiste en rodear un solar donde se sospecha la presencia de menores. Las luces de los coches disparan ráfagas naranja a la oscuridad del descampado. Una columna de agentes evita posibles huidas. “Cuidado con las garrapatas”, dice un agente. El destello de la linterna muestra el hueco del suelo de donde aparece un muchacho de ojos legañosos envuelto en hojas de periódicos. El chaval mete las manos en los bolsillos y camina callado hacia el furgón policial. Conoce el trámite porque lo ha vivido muchas madrugadas. Otros dieciséis son capturados a lo largo de la noche en similares circunstancias.
La noche anterior cayeron 24. En la redada llevada a cabo en el poblado marinero, un grupo de agentes armados persiguió a la carrera a varios niños. Se escondían en los edificios en obras y en su huida dejaron atrás latas de conserva, cartones y hasta una sucia y arrugada camisa. “Este volverá pronto a por ella.” A través de la emisora se oye que otra patrulla ha capturado a cuatro “mofetas” y a dos putas sin documentación. En el interior de los coches, algunos empiezan a alborotar y a cantar. “Cree que si les pegáramos irían tan alegres?”, pregunta el sargento al periodista. En pocos minutos están todas la patrullas en el cuartel de la policía local. Allí hay niños que dormitan en el suelo a la espera de los trámites de identificación previos a su expulsión.
Eso ocurre una noche cualquiera en las calles de Ceuta. Mientras, en los despachos se discute si la ley permite o no que los niños sean conducidos por agentes uniformados y en furgones para detenidos. Tres agentes locales denunciaron recientemente los malos tratos de que son objeto los niños. Ahora están expedientados, recibirán una querella del ayuntamiento y posiblemente serán expulsados del cuerpo. La ciudad entera ha cerrado filas, preocupada por la imagen que pueda proyectar al exterior.
Al menos seis niños consultados por “La Vanguardia” afirman que los malos tratos son cotidianos y señalan a unos pocos agentes: uno gordo y calvo y otro con perilla. Son de sobra conocidos por sus jefes en la ciudad. El jefe de la policía local, Ángel Gómez, afirma que esos dos agentes son víctimas de una campaña de descrédito por ejercer su labor sin prestarse a componendas. Las presiones sobre los niños son ciertas, pero en ambas direcciones. Unos les amenazan para que digan que la policía les pega; otros, para que digan lo contrario.
Lo que quizás no sepan los niños que intentan sobrevivir en Ceuta es que la persecución que sufren tiene mucho que ver con alguien tan lejano a su mundo como es Jesús Gil, el peculiar alcalde de Marbella y presidente del Atlético de Madrid. Seguro que ni han oído hablar de él. Pero el trasfondo de ese ímpetu “limpiador” de Ceuta nace del anuncio realizado por Gil de presentar una candidatura en las próximas elecciones municipales. Sus principales bazas políticas son la seguridad ciudadana y la limpieza.
El problema de los chavales es que son muchas las posibilidades de éxito de esa candidatura, según todos los observadores. De ahí que las actuales autoridades locales del PP se apresuren a manejar la “escoba” con un brío inusitado. Para limpios, nosotros, vienen a decir. El futuro candidato de Gil, Antonio Sampietro, asegura que “si nuestra llegada sirve para que los políticos tomen decisiones en favor de la ciudad, bienvenida sea”.
Camino de la frontera a bordo del furgón de la policía, la chiquillería echa mano de la cena que dos agentes dejaron guardada en una bolsa. Allí son transbordados a un viejo coche de la Policía Nacional que debe hacer varios viajes hasta el lado marroquí. “En media hora los tenemos otra vez aquí”, afirma un policía con gesto de aburrimiento".
La historia de Ahmed

Ahmed tiene doce años. En Tetuán le esperan dos hermanos menores y una madre, Aixa, repudiada por su marido. Aparenta menos años de los que tiene. La vez que más dinero llevó a la chabola que habitan fueron tres mil pesetas. Su madre le dijo “muchas gracias, hijo mío”. Dice el chaval que la madre no lo envía a Ceuta a pedir. Pero no hace falta que se lo diga. Çon un gesto seco, impropio de su edad, responde que “en esta vida cada uno tiene sus problemas”. Ahmed huye de las pandillas y se oculta incluso de otros como él. Su pequeña estatura es una invitación a que los mayores le ataquen para quitarle todo lo que lleva.
La falta de fuerza le agranda la astucia, pero a veces cae. “Esta mañana me han robado dos talegos”, protesta. Se los dio Tafa, un conocido traficante de drogas de Ceuta que actúa a veces como benefactor delos necesitados. Muchas noches duerme en un solar del centro, en los soportales de los juzgados. Pero el día que obtiene algún dinero se refugia de las hienas en la casa de una mujer que vive en el barrio del Príncipe, a la que paga doscientas pesetas por un camastro.
Cuenta Ahmed que alguna vez, de tanta hambre, le ha dado fiebre. O algo parecido porque tenía tiritones de frío. El muslo de la pierna derecha de Ahmed tiene la postilla grande de una herida casi seca. Dice que “los polis me dieron golpes por todo el cuerpo. Ahmed regresa al barrio del Príncipe Alfonso para evitar ser devuelto a Marruecos. ¿Policía Nacional?, ¿Guardia Civil? “No, policía local. Los otros, buenos.” Ahmed tardó menos de cico segundos en desaparecer de la carretera en las cercanías del barrio del Príncipe, adonde lo acompañamos para que esa noche pudiera dormir tranquilo.
La suya es la historia de muchos otros, como Bziuz, que tiene quince años, seis hermanos y se esconde para que no lo encuentren sus padres, también en Tetuán. Sólo volverá a casa cuando haga dinero en la emigración. En uno de sus viajes logró llegar hasta Burdeos, pero lo cogieron y vuelve a estar en Ceuta. Mohamed es de Larache y tiene 13 años. Su padre se fue con otra mujer y su madre con otro hombre. El se quedó con una tía. Tiene un hermano en Madrid, en la cárcel.


