Un reciente artículo del profesor Isidoro Moreno en el que desarrolla sucintamente su opinión sobre las “olas” andalucistas y sus logros a lo largo de los tiempos me empuja a contribuir a este debate, no sólo por el indudable interés que el asunto tiene para los historiadores sino, sobre todo, por la utilidad que pueda tener para el futuro del andalucismo. Al igual que él tampoco soy partidario de hablar de “olas”. Somos varios los historiadores que nos referimos a los protagonistas de este movimiento que hunde sus raíces en el siglo XIX como “generaciones”, en un sentido amplio del término, que corresponden igualmente a periodos decisivos de nuestra historia contemporánea.

Como bien señala el profesor Moreno, en todas ellas tanto los elementos culturales, como los socio-económicos y los políticos habrán de conformar el corpus ideológico del andalucismo. La primera de estas generaciones se desarrolla en el marco de la crisis de la Restauración y los intentos de regeneración y democratización del sistema político español, que habrán de culminar en la generalizada esperanza que significó la II República. Junto a otros muchos protagonistas, que sería prolijo enumerar, destaca la figura de quien reconocemos como padre de la patria andaluza, Blas Infante.

La segunda generación, inicialmente desvinculada de la del andalucismo histórico, nace a mediados de la década de los sesenta (el profesor Moreno da como fecha de inicio 1974, pero el proceso es algo anterior) de la mano de un grupo clandestino fundado por Alejandro Rojas-Marcos, inicialmente denominado Compromiso Político y que evolucionará con las denominaciones de Alianza Socialista de Andalucía, PSA-Partido Andaluz y Partido Andalucista. El marco en el que habrá de desarrollarse es el del tardofranquismo y la transición democrática. Una conferencia de Rojas-Marcos celebrada en Estepa en abril de 1970 servirá para que, en nombre de esta organización, se reclame públicamente por primera vez desde la II República un Estatuto de Autonomía para Andalucía.

La integración en mayo de 1978 de la Junta Liberalista de Andalucía que fundara Blas Infante en el PSA supuso la simbólica fusión de esas dos generaciones del andalucismo. Pero no sólo los andalucistas de este partido andaluz fueron protagonistas de esta época. No debemos olvidar el papel que estos años jugaron otras organizaciones como el SOC y el PTA, este último precisamente liderado por el profesor Moreno. Su protagonismo en la evolución que esta organización de origen marxista-leninista tuvo hacia las posiciones andalucistas debe ser especialmente valorado. No en vano en los tiempos en que el PTE compartía espacio con ASA en la Junta Democrática la posición de los primeros respecto del hecho autonómico andaluz era sumamente refractaria.

Igualmente es destacable el impulso de Moreno en la apuesta por la unidad del andalucismo que culminó con la integración del PTA en el PSA-Partido Andaluz en febrero de 1982. Pero, sin duda, lo más trascendental de este periodo, es la comprobación de cómo esta segunda generación andalucista actuó como vanguardia de una impresionante movilización ciudadana. En este sentido el pueblo andaluz fue el verdadero protagonista de esta época, llenando las calles el 4 de diciembre de 1977 y las urnas el 28 de febrero de 1980.

Una dato echo en falta en el análisis que hace el profesor Moreno de las causas del final de esta segunda generación. Un dato que él conoció muy bien desde su posición de Secretario de Estudios del Comité Nacional del PSA-Partido Andaluz. Me refiero a la brutal campaña de fake news desatada por el PSOE desde hacía tiempo pero especialmente a raíz de que los andalucistas consiguieran del gobierno Suárez el desbloqueo del proceso autonómico andaluz en el otoño de 1980.

Cumplida su misión por aquella segunda generación andalucista, como también lo hizo la primera, creo que la sociedad andaluza está expectante por saber si ha sonado la hora de la tercera generación andalucista. El marco en el que nos hallamos presenta similitudes con los momentos anteriores: crisis del sistema político, en esta ocasión del configurado por la Constitución de 1978; reforzamiento de las señas de identidad y del sentimiento de orgullo andaluz; conciencia de un estado de desigualdad y maltrato hacia Andalucía. De quienes se proclaman andalucistas depende en buena medida, pero, sobre todo, como también lo fue en el pasado, del propio pueblo andaluz.