El fenómeno del Big Data hace tiempo que dejó de ser una herramienta técnica para convertirse en la digitalización absoluta de nuestra existencia. Al estar permanentemente conectados, alimentamos un registro incesante que permite a peligrosas corporaciones como Google, Amazon y Facebook -auténticos acaparadores de la vida ajena- procesar, sin escrúpulos, nuestros patrones más íntimos: a qué hora despertamos, dónde trabajamos o qué compramos. Este control permite identificar los estímulos exactos para dirigir reacciones humanas en un mercado de comportamientos futuros.
La perversión llega a su punto máximo cuando esta tecnología se usa de forma quirúrgica, por ejemplo, para localizar a personas con niveles de depresión, no a fin de ayudarlas, sino para inducirlas a comprar cursos de ínfima calidad que prometen salvación, obligándolas incluso a solicitar créditos que las encadenan financieramente. Me produce pavor constatar cómo gigantes como Amazon y Apple inyectan miles de millones en sanidad y educación; no actúan movidos por la filantropía ni el servicio público, sino por la ambición de colonizar los últimos reductos de nuestra intimidad que aún restaban por explotar.
La misma ingeniería social se aplica para orientar la perspectiva de la realidad de cada individuo, fragmentando la verdad en burbujas personalizadas. Si el algoritmo detecta, a través de nuestras interacciones, un sesgo de miedo o inseguridad, la plataforma dejará de mostrarnos el mundo tal como es para bombardearnos exclusivamente con noticias de catástrofes, crímenes o amenazas externas. Se nos encierra en una cámara de eco donde la realidad se deforma para confirmar nuestros temores, anulando cualquier capacidad de pensamiento crítico.

Es desde este control total de la percepción desde donde también se logra inducir el voto de manera casi imperceptible. Al conocer nuestras debilidades, los jerarcas tecnológicos no necesitan convencernos con argumentos; les basta con activar nuestros resortes emocionales más primarios. Se utiliza la información para el micro-targeting del odio -en román paladino, esto es tener el mando a distancia de tus vísceras-. Saben exactamente qué tecla accionar para incentivar tu odio -ya sea contra Sánchez, el Papa, los ancianos, los negros o el colectivo LGTBI-; solo tienen que disparar contra quien haga falta con tal de mantener una crispación rentable.
Si saben que nos preocupa nuestra estabilidad económica, nos mostrarán vídeos de candidatos rivales presentados como los responsables directos de nuestra ruina, construyéndoles un traje de diablo, corrupto y rastrero mediante bulos diseñados específicamente para nuestro perfil psicológico. No se busca un voto consciente, sino una reacción visceral. El resultado es una inducción al voto basada en el pánico o el rechazo al "monstruo" que ellos mismos han diseñado en nuestra pantalla, logrando que la ciudadanía, incluso la más vulnerable, acabe defendiendo en las urnas a los verdugos que perpetúan su precariedad y bloquean la redistribución de la riqueza.
Podemos definir el desarrollo científico-técnico actual, siguiendo al Herbert Marcuse de El hombre unidimensional, como el brazo ejecutor de una clase dominante que ha desvinculado la ciencia de los fines humanos universales, donde los avances tecnológicos no son herramientas neutrales, sino que se han convertido en un sistema de dominación. Esta particularización, que estrecha la racionalidad investigadora a la estricta lógica del beneficio privado, es la culminación de una tendencia liberal que consiste en concentrar la riqueza en manos de una élite de forma exponencial. Se refleja nítidamente en el ascenso meteórico de las fortunas de los jerarcas tecnológicos en los últimos años, quienes han acumulado un patrimonio que supera al de naciones enteras, otorgándoles un poder total para dictar el rumbo de la innovación y la política global.
La prueba material de este fenómeno es la progresión geométrica de la desigualdad: mientras en EE.UU. el 1% de la población dispone ya del 50% de la riqueza -con un 1% que acapara por sí solo el 35%- las tesis de Thomas Piketty confirman que esta divergencia es estructural. En este sistema, el rendimiento del capital siempre corre más que la economía real, asfixiando cualquier posibilidad de reparto y consolidando una hegemonía que parece no tener techo.

Lo más paradójico es que, a pesar de que existe riqueza de sobra para que la humanidad viva bien holgada -sin carencias sanitarias, educativas o alimentarias y permitiendo incluso que los ricos sigan siendo megáricos podridos de dinero- estos oligarcas bloquean activamente cualquier redistribución. Su «punto ciego» es la lucha despiadada por el poder de la inteligencia artificial: están convencidos de que necesitan acumular hasta el último céntimo para ganar esa batalla por la hegemonía tecnológica. Es precisamente esta dinámica perversa la que impide que la riqueza llegue a la mayoría, sacrificando el bienestar universal en el altar de una carrera armamentista digital por el control absoluto.
Con esta obsesión por el liderazgo, entierran definitivamente la tesis de Marcuse, quien vaticinó que el desarrollo científico-técnico nos permitiría, por fin, disponer de tiempo de ocio para cultivarnos y ser verdaderamente humanos. Esa promesa de liberación la frustran hoy aquellos a quienes, paradójicamente, alimentamos cada día. Somos nosotros mismos quienes, al comprar sus productos y cederles nuestra vida, financiamos el muro que nos separa de ese tiempo libre, convirtiendo la tecnología en una herramienta de esclavitud productiva en lugar del motor de libertad que Marcuse soñó.
A fin de blindar legal y políticamente la concentración extrema de la riqueza, estos oligarcas utilizan sus plataformas para adoctrinar a la población, logrando que defienda opciones políticas y controles que van directamente contra sus intereses. Así evitan que se apliquen leyes, impuestos o reformas que obliguen a redistribuir ese capital acumulado. Y para que la ganancia generada por la mayoría siga fluyendo exclusivamente hacia la propiedad privada de los oligarcas, estos ponen toda su munición al servicio de la degradación de las democracias. En este sentido, los parlamentos, gracias a la polarización promovida en las redes, han dejado de ser espacios de debate loable y auténtico -entendido como el intercambio honesto de ideas y la búsqueda del bien común- para transformarse en el plató donde los Tellado de turno graban sus vídeos despellejando al adversario político.

El objetivo no es legislar, sino deshumanizar: se le construye al oponente un traje de rastrero, corrupto y diablo a base de falsedades y bulos con el único fin de obtener la materia prima para ese «vídeo cortito» -ya sea en formato de reel, short o un mordaz soundbite- que alimente la rabia en las redes. Con idéntica mecánica se asfixia al Senado, una cámara concebida para la reflexión y representación territorial que ha degenerado en un engranaje más de la orfebrería algorítmica, lista para servir un espectáculo de fango, donde el insulto editado y el desatino viral son las únicas leyes que imperan. Entretanto, la ciudadanía, «instruida» por la brevedad inmisericorde de estos clips, parece haber perdido el apetito por el desgranado de los programas políticos; para qué profundizar en propuestas si el algoritmo ya le ha entregado al culpable, masticado y listo para el odio, en apenas quince segundos.
El resultado final es una población adormecida en las redes sociales que, sumida en la desidia, asume con naturalidad la pérdida paulatina de sus derechos. Es increíble, pero el adoctrinamiento es tan profundo que la ciudadanía llega a proclamar que los impuestos -que son un avance civilizatorio y el único medio real de redistribución de riqueza- son una «lacra». Se empieza por aceptar este relato y, desnortado, se acaba promoviendo candidaturas de quienes, en lugar de señalar la acumulación de riqueza o el control tecnológico, dirigen la rabia hacia la «Agenda 2030», el ecologismo, el feminismo o la inmigración; y se apuesta por aquellos que prometen desmantelar lo público bajo el pretexto de que el Estado es un estorbo, sin entender que esos derechos que se pierden -sanidad, educación, pensiones- son los únicos que le hacían libre frente al poder del dinero.
Ante este escenario, es prioritario exigir una formación crítica en los centros educativos para dotar a los estudiantes de herramientas que les ayuden a recuperar la soberanía sobre su propia vida y sus decisiones y a enfrentarse a este adoctrinamiento mundial. Necesitamos defensores que rescaten los derechos que se están evaporando en las redes y que devuelvan a la mayoría la capacidad de entender que la tecnología debe servir a la vida y no a la ambición de una minoría que succiona los recursos, el esfuerzo y los datos de la mayoría para llevárselos a su terreno, sin dejar nada a cambio que beneficie al conjunto de la sociedad. Por esto y mucho más, no podemos poner en manos de nuestros adolescentes un dispositivo de vigilancia y lobotomía digital que les drena la voluntad con dopamina mientras les reprograma las neuronas, como tampoco le permitimos conducir una moto CBR 1000.

