El camión viajero renqueaba camino de Écija el 8 de enero como si temiera que lo llevaran al desguace. Hay quienes aseguran que las máquinas tienen conciencia, lo mismo que la tenían los borricos de arrieros, a los que les daban rienda suelta y sabían qué vereda tomar. Como si el camión viajero intuyera que los pasajeros del 8 de enero de aquel 1980 no querían llegar a Écija porque allí les esperaban otra vez las obligaciones del instituto. Acababan las vacaciones de Navidad, que no son las más largas, pero sí las más agradecidas porque son como un oasis en mitad del desierto. O mejor, como un cálido refugio en mitad de una tempestad en las cumbres de Sierra Nevada.
Para colmo, los asientos de eskay de aquel camión viajero eran especialmente fríos. Como si quisieran resaltar el contraste con el perdido calor del hogar. Hay quienes llevan su relación con las máquinas hasta el extremo de hablarles. No es extraño. Casi todo el mundo les habla a animales que no entienden ni papa de nuestro lenguaje o conversa con sus antepasados. Los estudiantes fontaniegos rumbo a Écija después de agotar las vacaciones también le hablaban al camión viajero, pero para mentarle a sus muertos, que debían de estar en los desguaces del infierno. Vacaciones tenían los escolares y los emigrantes que venían de trabajar en la industria para disfrutar de la Navidad. A los agricultores y ganaderos eso de las vacaciones les sonaba a chino.
Para los estudiantes, la caída en aquel vacío existencial que era la vuelta después de Reyes empezaba con los cero grados que marcaba el termómetro en la puerta del bar Benito. El cuerpo se destemplaba de sopetón. Les seguían el escalofrío de eskay del camión viajero, la visión de la estepa cubierta de niebla, la bajada en picado hacia el arroyo La Madre y no acababa hasta que el recuerdo de aquel tiempo feliz -apenas duraba 15 días, pero sabía a gloria- quedaba sepultado bajo un alud de apuntes, deberes, exámenes suspendidos y sus consiguientes broncas familiares. Una de las mayores injusticias de la vida es que la rutina es monopolio del trabajo, nunca del ocio. Cuando uno empieza a disfrutar siempre aparece alguien ordenando estudiar, aprobar o trabajar.

Para no abundar más en la desgracia de aquellos desdichados momentos del 8 de enero, volvamos al principio de las vacaciones, cuando todo es felicidad y buenos deseos. La euforia tenía -y tiene- fecha de arranque, el 22 de diciembre, día de los millones en las voces de los niños del colegio de San Ildefonso y en los bolsillos de los afortunados, que siempre son los otros. Por la música de sus voces, los niños de San Ildefonso debían de estar disfrutando de unas magníficas vacaciones navideñas. Al amor de la lumbre y con el soniquete de los millones cayendo del bombo. Feliz Navidad, feliz año nuevo, felices Reyes, deliciosos mantecados, sabrosos turrones y para Reyes, los malditos calcetines de todos los años.
El trabajo no lo quieren ni los mulos, que por la mañana temprano cuando iban camino del tajo caminaban despacito despacito. En cambio, de vuelta del tajo andaban que se las pelaban camino de Fuentes, donde les esperaba la cuadra tibia. La cara de Luis Conde, que estudiaba Medicina en Sevilla, el más navideño y discotequero de Fuentes, era la imagen viva de un poema trágico el lunes 8 de enero de 1980. Decía Luis Atienza en la puerta del bar Herradura que no quería irse a Sevilla y que en las vacaciones incluso había olvidado cómo era aquello de escribir. Alguno que conozco tenía tan pocas ganas de retomar el trabajo, que se pasó cien kilómetros de Castellón a la vuelta de unas vacaciones. Poco más y lo tienen que echar del tren a empujones. Cristóbal el Jardinero le decía "¡venga, cojones gordos a trabajar!
El trabajo, como el estudio, es un invento perverso del ser humano. Antes, mucho antes, el ser humano salía a cazar y a rebuscar en la naturaleza frutos y raíces. Sólo lo suficiente para pasar el día y después, a holgar, el verbo más antiguo e inteligente creado por el homo sapiens. Primero fueron la ganadería y la agricultura las que nos hicieron esclavos. Ahora son la hipoteca de la casa, las letras del coche y los carritos del centro comercial los que nos calientan la cabeza y nos dejan los pies helados. Cierto es que otros seres con apariencia de humanos disfrutan trabajando o estudiando, pero debemos mantener serias reservas sobre su origen terrícola. De Fuentes no son, eso seguro.

