Era un día de invierno. Atardecía, las sombras de la noche iban extendiendo su manto oscureciendo el ambiente. Todo se volvía negruzco. Los pajarillos buscaban refugio en los árboles cercanos. Eran unos naranjos que se levantaban a ambos lados de la calle. Entre sus hojas verdes y sus frutos amarillos se producía una algarabía de sonidos que salían de las gargantas de cientos de gorriones, miles de gorriones que buscaban cobijo para pasar la noche. Me quedé mirando y, ensimismado, recordé mis años de niñez cuando se acercaba el final de las navidades y llegaba el día de la ilusión.
Hay marcadas diferencias de ilusiones entre los niños de ahora y los de mi infancia. Los niños de hoy en día tienen varios días al año de ilusión: el día de los Reyes Magos, su cumpleaños, su onomástica, la fiesta final de curso, el día de la llegada del Santa Claus o Papa Noel. Días que reciben multitud de regalos y parabienes. Días que van marcando su crecimiento basado principalmente en el consumismo que nuestra sociedad ha ido señalando con los tiempos. Por ello los niños de hoy se van volviendo en parte egoístas por sus exigencias de regalos. Es una obligación de los padres educar a sus hijos en la orientación de un consumo equilibrado con sus necesidades.
Sin embargo, hay que protegerlos de las informaciones que le van a dar a conocer los verdaderos pilares donde se asienta la inocencia y su ilusión para que ellas se alarguen en el tiempo, puesto que actualmente con la gran cantidad de estímulos que les llegan desde todas partes. La infancia va siendo cada día más corta. Tiempo habrá para ser adulto, periodo de la vida cada vez más largo. La niñez y la juventud se pasan en la vida del hombre en un abrir y cerrar de ojos. Alarguemos la infancia, alarguemos la inocencia, alarguemos las ilusiones de los niños. Es tarea de toda la sociedad. Mantengamos oculta la realidad para permitir que aflore la inocencia y la ilusión y con ellas multipliquemos la creatividad y la imaginación.

La imaginación infantil es la aptitud reproductiva de imágenes en los individuos que, sin llegar a ser ciertas, las hace suyas propias, confundiendo a veces la realidad con la fantasía. Pero esa aptitud es muy positiva ya que les permite vivir en un mundo de ensueño y fabulación, caracterizado por un cambio continuo de imágenes debido a las fluctuaciones de la atención infantil y a la evolución de sus intereses. Muchos niños tienen amigos imaginarios, pero para ellos son tan reales como sus hermanos, primos o abuelos.
Qué diferentes fueron aquellos días de mi ilusión, marcados por la escasez de casi todo. Donde los niños sólo tenían los juguetes que ellos mismos creaban. Los Reyes Magos, ahora tan espléndidos, sólo aparecían en los escasos belenes que se montaban navidad tras navidad, pero sin vida, sin actividad. Figuras inertes, figuras muertas porque los padres, porque las madres no se podían parar a fijarse cómo sería la sorpresa que darían a sus hijos el día de la Epifanía. No salían a la calle porque se carecía de cabalgatas. No había motivo de envolver con lenguaje oculto la realidad de los Reyes Magos que traen ilusión a los niños. No era necesario porque no había motivo de ilusión.
Los niños jugaban por aquel entonces entre ellos. Se necesitaban más de uno para poder jugar. Los juegos eran sociales porque la calle era el hogar vespertino de los niños. Al salir del colegio, en aquellos días, en aquellos tiempos, había clase por la tarde. Como no había actividades extraescolares, los niños, tras la merienda -pan con chocolate, el que podía comer chocolate, o en su lugar pan con aceite- se reunían en las plazas o en las intersecciones de las calles para desarrollar sus juegos, en multitud de ocasiones carentes de juguetes. Los protagonistas eran los propios niños que corrían para coger al compañero de juego antes de llegar al lugar designado como lugar de salvamento.
A mi mente, mientras contemplo el ir y venir a esa ingente multitud de gorriones en busca de su refugio nocturno, viene el recuerdo de cómo eran nuestros juguetes. Siempre hechos con productos de deshechos. Todo se reciclaba. Cuando se rompía un cubo, rápidamente se guardaba el asa metálica y había que esperar a reunir tres asas como mínimo para poder ir a la fragua, donde el herrero nos hacía un aro y la horquilla para poder sujetarlo y así poder correr con él ante el asombro de los otros niños. Con los trapos inservibles en la casa se iba haciendo un ovillo y al llegar a cierto tamaño se ataba con una cuerda inservible y de pronto se había obtenido un balón para jugar al balón pie. Recuerdo que los traperos -hombres con un carro recorriendo las calles del pueblo comprando los trapos viejos- traían las canicas hechas con barro. Qué niño no fue feliz con sus canicas. Había unas botellas de gaseosa que llevaban en la boca una bola de cristal. Qué ilusión tan grande se producía en el niño cuando se rompía por casualidad la botella de gaseosa. Inmediatamente la bola pasaba a su poder y se convertía en una canica de renombre.

Dos listones, uno grande y otro pequeño, unidos en la parte superior del grande se convertían en una espada. Con ella nos convertíamos con nuestra creativa imaginación en un espadachín de renombre, el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno. Nuestra imaginación convertía una hoja de papel en un barco que en los días de lluvia lo fletábamos en los arroyuelos que se formaban en las calles sin asfaltar y lo veíamos navegar libremente en busca de mundos mejores, de tierras más copiosas de árboles, de bosques más profundos y amplios. A mi memoria llegan los recuerdos de mi infancia sin tener tapujos ni tener que admitir dudas, ni pequeñas ni grandes. Todo era tan normal como nuestra propia existencia. No teníamos pretensiones de grandezas porque todo era limitado. No teníamos ni esperanza de ver un mundo ajeno a nuestro entorno. Todo estaba limitado por razones económicas y por razones geográficas. Todo era compartido.
Recuerdo que mi abuelo compró a mi hermano una bicicleta el año que aprobó el primer curso de bachiller. La bicicleta era de la familia. Todos teníamos derecho a ella. Yo también lo hacía y mi padre también. Todos participamos de aquel regalo de mi abuelo. Mis amigos también lo hacían cuando a mi me tocaba el día de usarla. En la pandilla recuerdo que sólo existían dos bicicletas, que por supuesto no eran de ninguno de mis amigos sino de sus hermanos.
Volviendo a los tiempos actuales, hay que regalar a los niños juguetes que estimulen la imaginación y la creatividad, porque la imaginación es muy importante para el desarrollo intelectual del niño. Le proveerá de materiales para su intelecto, le ayudará a comprender y grabar sus ideas y le auxiliará a discurrir de su entendimiento. Si le faltara la imaginación, el caudal de sus conocimientos quedaría reducido a sus percepciones presentes. Así mismo, será un poderoso excitante de sus sentimientos que a su vez reforzará los impulsos de su voluntad y en ella estará el origen de numerosos actos, ya que toda imagen de movimiento desemboca en su realización.
Por ello, dentro de unos días llegarán los Reyes Magos a todos los hogares de la villa y con ellos la ilusión de los niños será satisfecha. Mantengamos por muchos años su inocencia, su creatividad y su imaginación. Os deseo felicidad en el año 2026


