Si yo le preguntase, estimado lector o lectora, ¿cuál es la mercancía más preciada en el mundo actual, dejado a un lado el plano simbólico o filosófico, para que no cuenten ni el tiempo ni el conocimiento ni, en un sentido humano, la salud o la libertad? Si me contestase que el oro, el diamante, el platino o, en un alarde de erudición, dijese que las tierras raras, tendría que recriminarle que anda despistado —o despistada—. Los datos personales son considerados por muchos "el nuevo petróleo"; la mercancía más valiosa del siglo XXI. Pero si hilamos más fino se podría decir que lo verdaderamente valioso no son los datos en sí, sino el tiempo y la atención que las personas prestan a una pantalla. Google, Meta, TikTok no venden datos directamente: comercializan el acceso a nuestra atención. Los datos son la materia prima bruta pero la atención es el producto refinado y la conducta resultante —el clic, la compra, el voto, el odio— es lo que realmente genera beneficio. Shoshana Zuboff, en El capitalismo de la vigilancia, lo resume con nitidez: “Ni siquiera somos los clientes ni los usuarios: somos la fuente de extracción”.
Las grandes plataformas tecnológicas han descubierto que maximizar la atención tiene un doble beneficio: mantener al usuario absorto en banalidades lo aparta de cualquier mirada crítica sobre la realidad y, al mismo tiempo, lo expone a un flujo constante de información sesgada o directamente falsa. No es casualidad: los estudios demuestran que el contenido indignante, morboso o escandaloso genera más reacciones, más clics y más tiempo de permanencia que cualquier información rigurosa.
El mecanismo, sin embargo, no nació de una intención maliciosa. Los algoritmos de recomendación —los de YouTube, Facebook o TikTok— fueron diseñados con un objetivo aparentemente neutro: maximizar la permanencia del usuario en la plataforma con el fin, supuestamente loable, de incrementar los ingresos publicitarios. Nadie programó explícitamente la difusión de desinformación o de teorías conspirativas. Pero el algoritmo, al aprender qué contenido retenía mejor al usuario, descubrió autónomamente que el morbo, la indignación y el bulo resultaban irresistibles. La radicalización y la desinformación no fueron, por tanto, un error del sistema, sino su consecuencia lógica, dada la naturaleza humana.

Una vez que las cúpulas directivas constataron que el bulo, la patraña, la incitación al odio y la erosión de la salud mental de los menores resultaban activos altamente lucrativos, decidieron que tener escrúpulos no era rentable —para qué andar con remilgos—. Y en un alarde de pragmatismo cínico, sacrificaron la convivencia social y la protección de los más vulnerables para reajustar el mecanismo, garantizando así que la maquinaria de monetización no perdiera el compás. Ahora bien, lo que convierte esto en algo más grave que una simple negligencia es lo que reveló Frances Haugen, exingeniera de Facebook, ante el Senado estadounidense en 2021: Meta conocía estos efectos, los tenía documentados internamente, y eligió no corregirlos porque hacerlo reducía el tiempo de uso, es decir, beneficios económicos. La coartada de la falta de intención quedó entonces invalidada.
Este mismo enramado contribuyó decisivamente a que Donald Trump llegara a la presidencia de Estados Unidos y, con él, a la irrupción del trumpismo. Lo más desolador no es Trump en sí, sino la cantidad de personas capaces de defender con fervor, o incluso con afecto, a quien muchos consideran la figura más infame del siglo XXI por el volumen de sus atrocidades. Valga como ejemplo María Corina Machado —aliada política del franquista Abascal y entusiasta del genocida Netanyahu— quien, con la sangrienta ironía que depara a veces la historia, no tardó en regalarle al verdugo su medalla del Nobel de la Paz. El inventario de sus vilezas es tan extenso que lo que sigue no es más que una muestra. Abarca desde la complicidad activa en el genocidio —proyectando resorts sobre las fosas comunes— hasta el alarde de haber dinamitado el orden legal.
Su política exterior, regida por la extorsión, incluye el intento de anexión de Groenlandia, la amenaza de invasión de naciones soberanas y el asesinato impune de tripulantes en el Pacífico bajo la excusa del narcotráfico. A esto se añade la desarticulación de los contrapesos judiciales y económicos, el abandono de los acuerdos climáticos y las amenazas directas a los jueces de la Corte Penal Internacional. La crueldad alcanza otro nivel con la separación traumática de miles de niños de sus padres, y se tiñe de sangre con el uso de misiles Tomahawk para asesinar a más de ciento setenta menores. A todo ello hay que sumar la guerra contra la verdad: una destrucción sistemática del relato factual diseñada para normalizar el odio y ahondar en la fractura social, con especial ensañamiento hacia los colectivos más vulnerables. Y, como decíamos, queda mucho en el tintero; incluso los "patriotas españoles " que han puesto su conciencia al servicio de este oprobio.

Al someter los actos del magnate inmobiliario al prisma de la psiquiatría, emergen los tres ejes de lo que Erich Fromm definió como narcisismo maligno: grandiosidad megalómana, ausencia absoluta de empatía y desprecio patológico por la verdad. Este perfil encuentra un reflejo inquietante en el discurso de Charles Manson —cuya analogía verbal con Trump es patente (enlace a los minutos 1:35 y 2:07)—, y reactiva la advertencia de Fromm: el narcisista maligno no solo está enfermo, sino que tiene la capacidad de infectar a la sociedad y convertir sus delirios en política de Estado. A su sadismo se suma una impulsividad de gatillo fácil; y en su caso, el gatillo es el Maletín de Emergencia del Presidente, listo para disparar misiles contra cualquiera que ose insinuar que el otro tiene un botón rojo más grande que el suyo. Nada de este riesgo extremo existiría si no se hubiese puesto un poder tan devastador en manos de alguien marcado por semejante patología.
Es aquí donde la ciudadanía cobra protagonismo. Resulta imperativo analizar qué pulsiones la empujaron a decantarse por un perfil tan nefasto. Basta contemplar el desajuste global —la deflagración bélica en Oriente Medio que amenaza con colapsar el suministro energético, la contracción del comercio mundial bajo el peso de los aranceles punitivos y la inflación galopante que hoy erosiona el bolsillo de las familias— para constatar el error histórico del electorado estadounidense. Al contrastar este caos sistémico con el arrepentimiento que ya expresa más de un tercio de sus propios votantes, queda patente que lo que naufraga no es solo una administración, sino el juicio de una sociedad que sucumbió a la "infección" de su líder.
Esta deriva se condensa en el subtítulo del esclarecedor artículo publicado por Francisco de Zárate en El País: “La riqueza se concentra cada vez en menos manos. Los mayores patrimonios del planeta transforman su dinero en influencia política para moldear a su gusto la sociedad y el sistema democrático”. El título es igualmente revelador: “El enorme poder de la nueva plutocracia: así condicionan nuestra vida y la democracia milmillonarios como Musk, Bezos o Zuckerberg”.

