Las banderas del orgullo patrio ondean con las victorias deportivas. Yo soy español, español, español, les gritan a los desahuciados inmigrantes que saben que las banderas no se comen. “Somos superiores a los sudacas, a los moros, a los negros… nuestra cultura es superior”, repiten como si la inteligencia, el talento y el conocimiento fuesen hereditarios. Tiemblan los cimientos de “nuestra cultura superior” al comprobar que, según el informe PISA, los chavales son cada vez más borricos. Este año estamos que nos salimos, además de ganar la copa del mundo de fútbol, hemos conseguido ser los últimos de la fila, dos cursos por debajo del Reino Unido. Al parecer no hay comprensión lectora, tampoco capacidad para leer cuatrocientas palabras del tirón sin sufrir convulsiones.
La generación educada por la alta tecnología no madura, tiene el síndrome del “teletabbi”. Infantiles, cada vez menos comunicativos y desprovistos de vocabulario, se expresan en dos líneas usando palabros en spanglish trufados de emoticonos. Copian, cortan y pegan mini discursos más simples que el mecanismo de un sonajero. En todos los países baja la nota, ya se sabe mal de muchos… epidemia. Parece haberse normalizado la idea de que es absurdo aprender nada porque el genio de la lámpara de la IA lo sabe todo.
Seguir la música del cencerro es cómodo, por eso surgen tantos banderizos aprovechándose de la orfandad intelectual de la población. Ser gregario es tan humano y confortable como cobarde. Ir a contracorriente también es humano, pero muy arriesgado. Gracias a la ignorancia galopante otra vez se ha puesto de moda el fascismo. Las mujeres y hombres del futuro, educados por algoritmos, creerán ser libres desplazando el dedo sobre la pantalla del móvil en un scroll infinito, asimilando falsedades, frivolidades, fantasmadas, vanidades y propaganda para descerebrados. Esa será, como lo es hoy para muchos, su única forma de estar “informados”.
Este mundo nos obliga a ganar, a salirnos con la nuestra aunque sea haciendo trampa, aunque sea tomando atajos. Lo importante no es saber, sino cubrir el expediente y tener un documento que lo acredite. Un editor se queja de que todos los días le llegan manuscritos para ser publicados hechos con inteligencia artificial. La empresa busca una solución; próximamente el editor será sustituido por la IA.
Se nos seca la sesera, la materia gris está siendo sustituida por una oquedad en la que lo único que se oye es el eco. Los argumentos están desapareciendo para dar paso al discurso (como dirían “Les Luthiers”) “ambibalante” de la defensa de una cosa y la contraria. Las ovejas balan, aunque tengan voces distintas. No hay memoria democrática, ni de esa ni de ningún otro tipo. Preguntemos a los jóvenes por Franco, Alcalá Zamora, Manuel Azaña o Blas Infante, o por Lope de Vega, Quevedo, Calderón, Galdós, Miguel Hernández, Cela o Carmen Laforet. Preguntemos por Chaplin, Buster Keaton, Bette Davis, Walter Brennan, o John Waine, o por los Beatles, Supertramp, Dire Street, Leonard Cohen, Concha Piquer o Nino Bravo. No se trata de que no los hayan leído, visto u oído, es que esos nombres no les suenan de nada (bueno el de Quevedo sí, pero se refieren a un “cantante”).
El cerebro es un órgano dúctil que necesita experiencia, conocimientos, análisis, tesis y antítesis, confrontación de ideas. Pero para eso necesitamos palabras, sin ellas no puede haber razones. La gente de todas las edades está tan ocupada con chorradas que no tiene tiempo, costumbre ni ganas de pensar porque produce dolores, insomnios y tristezas. No hemos nacido para sufrir sino para comprar lo que nos vendan mientras sonreímos con los dientes muy blancos. Otra Edad Media parece acercarse con sus señores, sus pecados, su ignorancia, sus derechos de pernada y sus pestes.
Somos humanos, el órgano que nos hace superiores es el cerebro, ese que cada vez está más vacío de neuronas y más lleno de humo, consignas, miedo e intolerancia. Si no lo ejercitamos caeremos en las garras de los criadores de conejos para chisteras. Los curritos, los normales, sólo podremos defendernos con cabeza, pero sin educación el ascensor social estará más averiado que el del número 13 de la Rue del Percebe. La respuesta a todos los retos no está en el viento, sino en el conocimiento, ese que no ocupa lugar y a veces es gratis pero no se regala, cuesta esfuerzo ¡Acabemos con la educación pública!
A este paso seremos especialistas en la nada, homo inhabilis, cáscaras de coco, máquinas expendedoras de consignas, patanes expertos en minuto y resultado. Seremos Pichote, Abundio y el que asó la manteca. Seremos Vicente el que va donde va la gente. Para qué aprender inglés si hay máquinas que traducen, para que escribir, para qué leer. Para qué tener conciencia, para qué tener consciencia. Para qué vivir si ya lo hicieron otros.

