En la segunda población de Guinea Bissau, Bafatá, las luces escasean y no por falta de talento. Las noches son intensamente oscuras. La luz de algunos comercios en el centro, la de los faros de las motocicletas y la de las bombillas de escasa potencia de algunas casas, es la única disponible. Hay que caminar con cuidado, las linternas son imprescindibles. Casi se camina a tientas. A esas horas ya han desaparecido los cabritillos y los cerdos sueltos, solo algunos perros de nadie deambulan en penumbra. La fauna avícola autóctona descansa, no se oyen los trinos, graznidos y cantos varios que son la banda sonora del día. A cambio. el croar de los sapos “cancioneros” se mezcla con el ruido de los generadores eléctricos.
Llegó la hora de los zumbidos de los mosquitos y sus vampíricos picotazos entre tinieblas. La intensa humedad, propia de la estación lluviosa, hace que el aire sea denso a la par que pesado. Tras una tormenta, que suele durar poco, baja la temperatura y se puede conciliar el sueño. El olor a hierba fresca y el petricor aromatizan la ciudad, aunque el tufo a gasóleo mal quemado de los viejísimos vehículos persiste durante las veinticuatro horas. De no ser por la oscuridad podemos trasladarnos mentalmente a Nueva Orleans. Cierro los ojos y escucho la voz felina de Billie Holiday maullando por el amor perdido. Todas las noches tropicales se parecen, todos echamos de menos a alguien.
Florentino Ariza, protagonista de “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez, observaba cómo las golondrinas se posaban en los cables de la luz recién instalados, infiriendo que el progreso había llegado a Cartagena de Indias. Tras muchos años de decadencia colonial, Bafatá saldrá de las tinieblas entrados ya en el segundo cuarto del siglo XXI.
Esta semana, en un acto solemne, el primer ministro de transición, Ilídio Vieira Té, ha inaugurado la nueva red eléctrica, advirtiendo que “cualquier acto de vandalismo o intervención no autorizada en la red eléctrica será castigado”. Estas palabras resultan intrigantes. El flamante transformador hará de Bafatá la ciudad de las luces. Se acabarán los continuos cortes de suministro eléctrico ¡Hágase la luz! dijo el político. Dicho y hecho, pocas horas después, se produjo un apagón eléctrico que duró veinticuatro horas.
No es que antes no hubiera luz, había, pero estaba sólo al alcance de unos pocos. Es de suponer que la ciudad nunca volverá a ser la misma, la gente podrá tener frigorífico, no habrá que hacer la compra a diario y los ventiladores harán la vida más agradable. Es el necesario progreso que a África llega con un siglo de retraso. Ya no habrá generadores renqueantes, ni se venderán tantas pilas para las linternas. No se verán caminantes entre sombras.
Puestos a soñar, podríamos imaginar un polígono industrial lleno de naves con trabajadores fabricando mercancías de todo tipo. Obreras saliendo de la fábrica camino de casa y hombres con mono azul de trabajo. Salvo lo que viene del campo, transportado sobre las cabezas de las mujeres que luego venden sobre una tela en el suelo, todo se trae de fuera del continente. De momento esta ciudad no fabrica más que ganas de comer.
Pero el progreso tiene un precio, cuando se instale un alumbrado público que merezca llamarse así, nunca volverá a verse el impresionante cielo estrellado. Ya no habrá Osas, ni la Mayor ni la Menor y la hebilla del Cinturón de Orión, quedará opacada ante una deslumbrante luz. Bafatá iniciará el camino sin retorno que transforma los pueblos en ciudades. La nostalgia de los tiempos coloniales quedará diluida bajo las farolas. De momento nada ha cambiado, aquí los cambios se producen a un ritmo tan pausado que no parece que nada se mueva, pero en el fondo sí lo hace, aunque a su ritmo.
Las noches aquí seguirán siendo tranquilas, apacibles y húmedas. Es el habitat perfecto para los sueños imposibles y los deseos inconfesables al amparo de la oscuridad, que sólo creyendo en la utopía pueden alcanzarse. Basta con apostar por los sueños y no perder la esperanza en que un mundo mejor es posible. A veces teniendo fe lo improbable se convierte en certeza, pero sólo a veces. Hace falta también un poco de colaboración que el iluminado mundo, cada vez más cicatero, está reduciendo a la mínima expresión. Aun así, seguro que esta noche muchas mujeres y hombres de Bafatá le piden deseos a las estrellas, por si dentro de un tiempo ya no se ven.
Las oscuras noches tropicales de hoy vivirán en el recuerdo y las nuevas generaciones no sospecharán nunca cómo era la vida cuando no había iluminación en las calles y tener luz en casa era un privilegio de unos pocos. Les pasará más o menos como nos pasa a nosotros, que olvidamos que la oscuridad envolvió a generaciones enteras, aunque ahora creamos vivir en el siglo de las luces.

