A veces, no siempre, el principio de la primavera hace estragos en los recuerdos. No es cierto que vivíamos mejor, no es cierto que fuésemos más felices con el miedo en el cuerpo, con una ignorancia que nos hacía creer que éramos mejores, que nuestras costumbres, nuestra cultura, eran la luz del mundo. Simplemente eran lo que conocíamos, lo que nos habían hecho creer en un tiempo oscuro, mediocre y donde el hombre era el rey que tenía el poder sin tener que hacer uso a veces de él. Todo se sabía y se aceptaba en lo más enraizado, en lo más recóndito de nuestras mentes.

Nosotras, las mujeres, hijas, hermanas, novias, suegras, vecinas, amigas, éramos las encargadas de mantener esa estructura al servicio del hombre. Esos seres a los que, como dice Rebecca Solnit, nos explican cosas, mientras nosotros estamos dispuestas a aceptar sus explicaciones, su sabiduría infinita, basada en una estructura inventada desde hace milenios. Ellos saben qué hay que hacer en aquellas cuestiones que consideran importantes y nos dejan la intendencia del hogar y la crianza en nuestras manos haciéndonos creer que decidimos nosotras.

Y está el silencio, el silencio de una violencia no identificada, de un abuso sin definir, solo el malestar difuso sin saber de dónde procede. Otras veces, el silencio es producto de la vergüenza, ese mecanismo de supervivencia tan fuerte que nos protege incluso de nuestro victimismo. Es una manera muy inteligente de los verdaderos verdugos, aun ignorándolo.

Hace tiempo que los asesinatos de las mujeres a manos de sus parejas o exparejas se van perdiendo entre noticias de un mundo enloquecido, pero no podemos bajar la guardia. Estoy con Cristina Fallarás cuando dice en Público que “hay días en los que un hombre asesina a una mujer y no pasa nada. No es que no ocurra. Ocurre, pero no pasa. No abre, no ocupa, no interrumpe, no molesta. No obliga a mirar. Así que no lo ves”  

Visibilicemos cada acto de violencia extrema, pero también aquella apenas perceptible, la que va minando la autoestima, la que va apagando la alegría, la que va recortando la libertad sin apenas parecerlo. Poco a poco se va extendiendo una imagen de una mujer que se prepara para ser atractiva al hombre, para ser cuidadora, buena madre, sin saber muy bien qué significa eso, ser compañera del hombre que nos dará el prestigio social. El mundo está cambiando y nosotras debemos participar en ese cambio, no podemos permanecer inactivas ante los cambios que se avecinan sin darnos cuenta.