Es difícil estos días poder opinar sobre el mundo sin apenas conocer las verdaderas intenciones de los poderosos, aquellos que crean estados de opinión para facilitar sus acciones criminales. Aunque últimamente apenas se molestan en disimular, ni la hipocresía les hace falta ya. Trump empieza un día bombardeando embarcaciones venezolanas, que según él transportan drogas, erigiéndose en juez y verdugo, salvando a su pueblo amado del peligro que esas mercancías suponen. Desde ese momento, el presidente de Venezuela está condenado, ¿el motivo? el petróleo de ese país, no las mentadas drogas -los cárteles de México ya para otro día, cuando nos convenga- que por un tiempo nos sirven de excusa, mientras los Estados hacen como si lo que está pasando fuese algo grave, pero no tanto, que qué le vamos a hacer, que si son tiempos difíciles, cambiantes. ¿La ONU? Ese edificio donde políticos de un lado y otro hacen discursos según les convengan, según sople el viento, que a veces causan impacto y luego se olvidan.
El mundo es cada vez más peligroso. Me podéis decir que siempre lo ha sido para según quien, para según donde has nacido o donde te han obligado a sobrevivir o esconderte. Solo que ahora el mundo occidental, ese que durante un tiempo se creyó mejor, más libre, más justo y democrático, se tambalea. Vivimos como en Matrix, solo que en vez de máquinas nos esclavizan y engañan seres de nuestra misma especie que nos ven como cosas que les proporcionan dinero y poder. Nos utilizan mientras les somos útiles.
Crean mundos ficticios donde nos hacen vivir creyéndonos dueños y dueñas del mismo. Incluso a veces nos permiten creer en razones morales para sus acciones de saqueo y muerte: ¡Vamos a salvar al pueblo iraquí, afgano, venezolano, palestino -ay, este último no, no interesa igual que el somalí-!. Luego se cansan de tanta sensiblería y van a lo suyo, al saqueo, al abandono después de obtener lo que iban buscando. Mientras, nosotros vivimos en Matrix, tan contentos, hasta que un día vendrá en el que al despertar nos encontremos la realidad en la puerta de nuestra propia casa. La realidad nos dirá que ya no somos necesarios, que los cuentos con los que nos dormían se han vueltos pesadillas, que traen el horror. En esos momentos no habrá nadie para escuchar nuestro grito de auxilio.

