No es la primera vez que dedico unas líneas al fenómeno del ruido; en mi novela El hijo de la alemana ya esbocé una semblanza costumbrista, a caballo entre la nostalgia y la crítica, con estas palabras:

La moda de rendirse en las fiestas al ruido atronador había aterrizado también en Guadalbarqués; de fondo, se percibía cierto extravío sonoro en el que se amazacotaban las bocinas y las sirenas de las atracciones, el chirrido del látigo y el griterío entusiasta de los voceros de rifas y tenderetes. Aquella amalgama de ruidos parecía capitaneada por la verborrea metálica de un charlatán de tómbola inconfundible —el de todos los años—. No faltaban, por descontado, las campanillas del tren de la bruja ni la mezcolanza de músicas ensordecedoras que despedían los altavoces repartidos por el recinto; sin embargo, por encima de todo aquello se imponía la insoportable matraca de éxitos musicales que esparcían en el ambiente las enormes columnas que jalonaban el pasillo metálico que rodeaba la pista de los coches de choque. Y, en medio del infernal estruendo, la muchedumbre —endomingada para la ocasión—, para hacerse oír, tendía a levantar la voz hasta el desgañite. Para más inri, a mi lado, un inoportuno mocoso, con las mejillas hinchadas como dos odres, dedicaba sus mejores energías a perforar el aire con el chillido agudo de una trompetita de plástico dorado. Acaso, para que esta política del ruido hubiera coronado una cumbre todavía más disparatada, solo habría faltado que una pareja hubiese contraído matrimonio aquel mismo día y tener repartido por las calles el irritante manicomio que solían organizar los invitados más pirotécnicos de las bodas, castigando el claxon sin parar como chicharras saturadas de anfetamina, mientras la Iglesia también se apuntaba a la atosigante celebración repicando las campanas con cierto compás festivo. ¿Para lograr una velada agradable era necesario tanto ruido alrededor? En medio de toda aquella algarabía sonora, mientras mis ojos asistían al desbordante derroche lumínico-festivo que incendiaba la noche, se me ocurría pensar que lo que verdaderamente habría permitido consumar la erótica tentación que a todos arrebataba, hubiera sido que, de pronto, el azar nos hubiese bendecido con un prolijo corte de electricidad que pusiese punto final a semejante pandemónium.

Vivimos bajo el asedio constante del estrépito. Así lo manifiesta el protagonista de otra de mis novelas, La siesta del carnero:

Mi abuelo solía afirmar que «el ruido se ha convertido en una cláusula firme en el contrato urbano».

Hay ruidos que, mientras la tecnología no nos ofrezca una alternativa, se antojan inevitables, como el percutir obsesivo y ensordecedor del martillo neumático sobre el asfalto, o el fragor de la maquinaria pesada. En otros ámbitos, sin embargo, ya se vislumbran soluciones, como ocurre con el runrún constante de los motores que genera la riada de automóviles. Incluso la desaparición del berrido bronco de las motocicletas adueñándose de las calles parece hoy una meta alcanzable. Pero hay una fuente de ruido que no precisa de avance tecnológico alguno para ser atajada: aquella que nace de la inconsciencia. Enseñar a los hijos que el silencio ajeno merece el mismo respeto que el propio es una asignatura que todavía suspenden demasiados padres y madres.

Con todo, siempre surge un diablo caprichoso dispuesto a dar relevo a los males de los que la técnica nos libera. Es el caso del centro histórico de Sevilla, víctima de una avalancha de turistas que arrastran el traqueteo desquiciante de las impertinentes ruedecillas de sus maletas. Son incontables los sevillanos que elevan sus plegarias al cielo aguardando un remedio tecnológico que ponga fin a este estruendoso goteo. Pero la cuestión no acaba ahí: en cuanto el nombre de una ciudad se consolida como destino preferente en un folleto turístico, sus calles más emblemáticas se degradan a gallinero.

Espero que no se cumpla eso que escuché decir a alguien con retranca sobre los problemas que puede acarrear el destete sonoro. «Por ahí se dice que si cambiasen los ruidos de fondo por sonidos naturales nos sentiríamos inseguros; he leído en algún periódico que una buena parte de la ciudadanía no sabe vivir en un lugar donde no se le dé un desmesurado protagonismo a la motorización ruidosa».

Hace varios veranos, desencantado por la deriva del turismo de masas, decidí no viajar, convencido de que no habría mejor refugio que la quietud de mi casa en Fuentes, entregado al placer de la lectura. Sin embargo, el ruido llegó para arruinar mis mañanas. Con una puntualidad germánica, cada día a las seis de la madrugada, el estrépito de un motor irrumpía en el silencio para regar lo que se antojaba un proyecto megalómano: transformar el terreno que rodea el silo en un césped frondoso, propio de un campus del norte de Europa.

Ante la imposibilidad de conciliar el sueño o de alcanzar la concentración necesaria, y tras ser testigo del atropello al descanso vulnerable de mi nieta, decidí agotar los cauces oficiales y tramité telemáticamente el siguiente escrito:

“El descanso es un derecho reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, concretamente en el artículo 24. La Constitución española de 1978, en el Título I (De los derechos y deberes fundamentales), en el punto 2 del artículo 10 proclama que “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”. Nuestra Constitución convierte así en ley positiva los principios proclamados en la DUDH, de tal modo que en nuestro pueblo los derechos humanos no son tan solo una referencia ética sino normas legales que comprometen a los poderes públicos y a la ciudadanía. Por tanto, el Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, en cuanto órgano de gobierno y administración del municipio ha de velar para que este mandato constitucional se cumpla.

Desde el pasado mes de julio, los vecinos que vivimos en las zonas cercanas a las calles San Pedro y Nuestra Señora del Rosario venimos padeciendo, desde las 6:30 de la mañana un ruido insoportable que a muchos nos despierta y nos impide disfrutar del descanso; un derecho humano que nadie, ni el más poderoso de los gobiernos, tiene autoridad para negarnos. La situación se agrava porque esta alteración al descanso —con los consabidos efectos perniciosos— es padecida por niños/as de muy corta edad. Este ruido es provocado por el motor empleado para el riego del césped que cubre el terreno que rodea el edificio. Por tanto, es la propia Administración pública la responsable de esta conculcación a la norma.

Por todo ello, solicito que la Administración local no siga haciendo oídos sordos a esta queja y adopte las medidas oportunas a fin de acabar con esta situación lesiva para la salud de los vecinos de las zonas aledañas al silo, de modo que puedan disfrutar del derecho constitucional al descanso, tal y como lo hacen los demás vecinos, incluidas las propias autoridades locales y sus familiares.”

Para mi asombro, las autoridades competentes no se dignaron siquiera a responder a mis quejas formales, evidenciando una preocupante carencia de sensibilidad ante esta forma de agresión ambiental. Con el tiempo, tuve conocimiento de que no fui el único vecino damnificado por este desprecio al silencio, lo que confirma que el episodio del pasado domingo —que más adelante relato— no es un hecho aislado, sino la consecuencia de una gestión que ignora sistemáticamente el bienestar acústico de su población.

Y es que, dentro del catálogo de agresiones ambientales que venimos analizando, el ruido lúdico-festivo goza de una preocupante patente de corso. Se le concede una suerte de invisibilidad social que permite subestimarlo sistemáticamente hasta que la salud pública y el derecho al descanso colapsan, entrando en una contradicción insalvable con la lógica de cualquier sociedad civilizada. El ruido, en general, no es un simple inconveniente; es, en palabras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la segunda causa ambiental de problemas de salud en Europa, solo por detrás de la contaminación del aire. Sin embargo, cuando este se reviste de un carácter «festivo», la tolerancia social parece dilatarse peligrosamente, olvidando que la música, al alcanzar volúmenes improcedentes, pierde su esencia artística para transmutar en pura violencia acústica. Y no olvidemos cómo nos envalentonamos cuando nos acercamos un megáfono a los labios; el ánimo se desboca sin remedio.

Quizás convenga detenerse en la doctrina del bienestar frente a la barbarie sonora. La Unión Europea, a través de la Directiva 2002/49/CE, ha intentado unificar criterios para evaluar y gestionar el ruido ambiental, instando a los Estados miembros a proteger las denominadas "zonas tranquilas". En España, la Ley 37/2003 del Ruido establece un marco claro: el derecho a un medio ambiente adecuado y a la intimidad personal y familiar. Más cerca de nuestra geografía, la Junta de Andalucía, mediante el Decreto 6/2012, regula la protección contra la contaminación acústica, definiendo límites estrictos que, con frecuencia, son ignorados en favor de un ocio malentendido.

Asociaciones como la Asociación Jurídica Contra el Ruido subrayan que el control de las emisiones sonoras no es un capricho censor, sino una cuestión de salud pública. Sufrir niveles de decibelios por encima de lo permitido provoca desde trastornos del sueño hasta cuadros de estrés agudo. Precisamente, sofocar el ruido y garantizar la convivencia es hoy uno de los signos más inequívocos de modernidad y civilización. Una sociedad avanzada no es aquella que grita más alto, sino aquella que sabe respetar el espacio sonoro ajeno.

Este pasado domingo, 26 de abril de 2026, el ruido enmudeció los libros en Fuentes de Andalucía, pues vivió un episodio que ilustra esta carencia de sensibilidad colectiva. Lo que se anunció como un picnic en la explanada del silo derivó en una jornada de música invasiva que se prolongó durante toda la tarde, asfixiando el entorno con un volumen que desbordó cualquier lógica de convivencia. Las consecuencias fueron inmediatas: el ruido alteró el estudio, el descanso y la vida cotidiana de los vecinos. El evento coincidió con un momento crítico para la juventud fontaniega. Según testimonios recogidos, varios estudiantes universitarios se vieron obligados a adelantar su traslado a Sevilla ante la imposibilidad de concentrarse en sus hogares. Sin embargo, la peor parte la sufrieron los alumnos de Secundaria y, de forma especialmente sangrante, los de 2.º de Bachillerato.

Con el curso a punto de expirar y la PEvAU asomando en el calendario, estos jóvenes se enfrentan a un nivel de estrés que requiere condiciones de estudio óptimas. El domingo, ese derecho les fue arrebatado. El ruido invasivo del silo no solo contaminó el aire; vulneró el esfuerzo de quienes se juegan su futuro en estas semanas. Convertir un espacio público en una fuente de agresión sonora para los vecinos es un retroceso que nos aleja de ese ideal de pueblo moderno y habitable que todos aspiramos a construir.

Mientras soportaba aquella contaminación acústica me vino a la memoria la determinación de aquellos vecinos de Écija, hace ya más de unos treinta años: ante la desidia de una administración que ignoraba sus ruegos frente al fenómeno del “botellón”, no se limitaron a una protesta convencional, sino que replicaron a las puertas de la casa del alcalde un botellón con toda su cruda liturgia: el fragor de los gritos, los cánticos etílicos y el estruendo desatado, convencidos de que solo el padecimiento en carne propia otorga la lucidez necesaria para comprender el calvario ajeno.