Llegó septiembre, el mes de los poetas y los pintores que hablan del fin y del principio, de puertas que se cierran y ventanas que se abren. “Pun catapúm chimpún, cómo nos gusta el verano”, pero tiende a ocupar el máximo espacio posible, pensable, soportable. Llegó septiembre, pero el incendio sigue vivo, llegó pero sólo en el calendario. Pronto entrará el otoño, vendrá montado en un tren de tormentas de odio, intolerancia y miedo, esto no lo dice el “hombre del tiempo”.

Hace muchos septiembres, cuando era un niño, siempre me suspendían en matemáticas. Este era un mes negro y rogaba porque no llegase. También era mi cumpleaños, pero nunca cumplía mis expectativas. Hoy mi aniversario es como un metrónomo, un tic, tac, que me recuerda que a mi reloj cada vez le queda menos arena. Siempre hemos necesitado minuteros que nos marquen el ritmo de la vida para poder encapsular el tiempo, archivarlo y recordarlo cuando aprieta la melancolía. Pero el mes nono también era un tiempo de novedad, de sentirse mayor yendo a un curso superior en un aula recién pintada, aún sin olor a tiza y madera de cedro, un piso más arriba. Mes de libros nuevos recién impresos que había que forrar de plástico, plumier de madera de dos alturas, escuadra, cartabón, compás y goma Milán con “sabor” a nata. La época de “estrenar” la ropa heredada de mi hermano mayor.

Años más tarde, tras una noche noventera que acabó siendo perfecta, de esas de memorables risas, confidencias y descubrimientos, en las que se conoce a alguien fascinante que aún no ha tenido tiempo de decepcionarte. La luz plateada de la Luna iluminaba su pelo dorado y me pareció la mujer más guapa, la más inteligente, la más divertida, un sueño de formas femeninas y decididas caricias. Antes que la ciudad se pusiese en marcha con cara de día de diario, justo en el momento en el que comenzaba a amanecer, el cielo se volvió eléctrico y estalló.

Podría hablar de un flechazo de amor o una sacudida de hormonas propia de la primavera. Pero el clima tiene o al menos tenía sus reglas. Un rayo retumbó y atravesó nuestros cuerpos, así lo sentimos. Iluminó toda la calle dando la bienvenida a un joven otoño que acababa de asesinar al verano. Parecía el fin del mundo, tal vez el principio o al menos un principio. Acabamos empapados de agua y deseo.

Hay que tener cuidado con lo que se desea. Estrenando la nueva estación ya con luz, me di cuenta de que aquella mujer no era la más guapa, ni la más inteligente, ni la más divertida, ni era un sueño de formas femeninas y decididas caricias. También me di cuenta de que yo no era un poeta. La realidad se escribe en prosa, pero seamos poetas o no, podemos recordarla como nos dé la gana. Y la noche anterior, la última de aquel verano, había sido perfecta. Hay que tener cuidado con lo que se recuerda.

Los otoños, como cantaban Sabina y Chavela Vargas, nos doran la piel, pero no vienen precedidos de rayos y truenos ni explosiones climáticas ni de ningún tipo, tampoco llegan con un billete de la Primitiva premiado, simplemente se van colando año tras año por las arrugas del tiempo. Los que hace poco escudriñaban con la mirada el horizonte marino entornando los ojos a la sombra de una sombrilla agitada por el viento de levante, los que imaginaban futuros haciendo hora para beberse una cerveza en el chiringuito, ahora se rompen la crisma contra la prosa de la realidad de lunes a viernes. El paraíso no les pertenecía ni siquiera en régimen de multipropiedad. Al paraíso se accede con un contrato de alquiler que, además de caro, es irrenovable y tremendamente efímero. Los antiguos pueblecitos pesqueros convertidos ahora en Disneylandias ofrecen paraísos de aguas azules y palmeras, primeras líneas de playa y espetos de sardinas, pero no tienen memoria. Tanto le da Manolo el mecánico que Ingrid la sueca. La playa también recoge las vidas naufragas de la emigración. El ocio de unos se convierte en el cementerio de otros mientras la marea hace subir la espuma de la mala leche.

Las hamacas no nos extrañarán y los camareros serán otros distintos el próximo verano. Nadie nos recordará en bañador (qué suerte). Tampoco nosotros. Dentro de un mes acabaremos confundiendo el sabor de la paella con el olor a protector solar. Los veranos vienen y van como las olas del mar, a veces tienen aristas cortantes, otras nos invitan a café con hielo. Si miramos al horizonte es porque queremos llegar al infinito con el deseo de encontrarnos antes de perdernos del todo, “dejadme llorar orillas del mar”.

Septiembre es propicio para el amor pasajero, es principio y fin, prosa y verso, pasado y anhelo de futuro, infancia y madurez. Algunos le llaman setiembre y en el hemisferio sur marzo.