En mi novela 'La siesta del carnero', ambientada en 1986, Federico explica cómo se compraba a un juez con finura diplomática. Era otro tiempo: el Imperio aún se tomaba la molestia de disimular. Eso se acabó. Con Trump el disfraz sobra: hay un régimen neofascista en marcha, cada vez más radicalizado, sostenido por votantes que eligieron ver el mundo arder, y el mundo está ardiendo.

Se oían voces en el patio. Me acerqué. Federico, sin terminar de aparcar el carrito de la compra y con los pies orientados hacia la escalera, escuchaba al portero, que palpaba la tierra de las macetas.

—Las cruzadas están de moda —decía, resignado—. Últimamente, contra la grasa. Ahora todo tiene que ser light. Quitan la grasa de los alimentos y la reemplazan por harinas y azúcares, como si eso no engordara. Pero, claro, en vez de “azúcar”, que suena a pecado, en las etiquetas ponen “carbohidratos”, que queda más sofisticado. Esto los ganaderos lo saben desde siempre. Mi abuela Setefilla me contaba que su padre le decía: si quieres que una vaca engorde, le das grano y no la dejas moverse demasiado.

Federico, más comedido y ya en retirada, empujó al fin el carrito hacia la escalera y añadió:

—Pues parece que con las personas funciona algo parecido. Si vas a la tienda de Lucía y examinas las galletas dietéticas, resulta que apenas difieren de las normales en calorías, aunque eso sí, son más ricas en carbohidratos. Así que ya te puedes explicar de dónde salen esos policías gordinflones de los telefilmes yanquis.

Al cabo de un rato, con el ánimo casi renovado, me dirigí a la casa de mi vecino. Me recibió acompañado de su perra. Terminaba de colocar la compra; dio un suspiro breve, plegó el carrito y lo arrimó a la pared. Al cerrar la puerta, esbozó una sonrisa serena y sentenció con su imponente vozarrón:

—Antolín, esa voz hay que aclararla. Conozco remedios venerados durante siglos: sé de uno muy efectivo a base de claras de huevo, jengibre, zumo de limón y miel; puedo prepararte un jarabe de cebolla y azúcar negro o, si quieres, hacemos la cura del tomillo o la de la zanahoria.

Miré a Brava como si buscase amparo. Su expresión era toda afabilidad, pero sus ojos, penetrantes, revelaban la experiencia de una vieja dama curtida.

—Antes de venir, me tomé un caldo de verduras y un comprimido de Alka-Seltzer —le dije, estirando con audacia la versatilidad semántica de la lengua—. No necesito nada más.

—¿Alka-Seltzer? — preguntó, arrugando la nariz y entornando los párpados. Tras examinarme, sentenció—: ¡Tú lo que arrastras es una resaca morrocotuda! No entiendo la fe ciega que muchos le guardan a ese antiácido; si, más que aliviar las náuseas, acaba irritando el estómago.

—No me entra nada más —repetí, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto de clausura.

—Bueno, te prepararé una infusión —insistió impertérrito—. Algo tendré que hacer para sentirme útil, ¿no?

Lo seguí a la cocina. Allí, con la devoción de un sacerdote oficiando un ritual, vertió agua de un cántaro en un cazo.

—Últimamente el agua del grifo sabe demasiado a cloro.

Mientras el agua hervía, Federico sacó el tema de las dos multinacionales que presionaban al ayuntamiento para obtener una autorización extraordinaria y explotar los yacimientos de la costa de Ofrán. Jeremías había documentado que esas empresas estaban implicadas en la represión y matanza de indígenas guatemaltecos, con la connivencia del gobierno de los Estados Unidos.

—Hay algo que no me cuadra: ¿por qué no intervienen los jueces de estos países? —pregunté, perplejo.

—¿Los jueces? Para empezar, necesito aclararte dos aspectos: primero, los dirigentes políticos estadounidenses respetan los sistemas jurídicos ajenos; no les importa demasiado el modelo que adopten en su patio trasero. Y segundo, el papel de estos niños mimados de la democracia es cada vez más determinante —y, tras una pausa enfática, subrayó—: en todo el mundo. Esta es la tendencia. Conscientes de que sus decisiones tienen un impacto decisivo en la política y en la sociedad, muchos magistrados no dudan en intervenir en los debates de calado. En esa pugna entre poder judicial y poder político, el primero lleva ventaja. Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿para qué seguir la doctrina Kissinger?

—¿La doctrina Kissinger?

—Sí: ¿para qué complicarse con un golpe de Estado, con toda la artillería de patrañas que hay que desplegar para justificarlo? Resulta mucho más rentable infiltrar la judicatura y tejer amistades en la cúpula.

Parecía que el encantador vecino se había retirado discretamente, cediendo el escenario al Federico docente, carismático azote de hipocresías. De manera didáctica, desplegaba un ejemplo de las maniobras ocultas del poder, asumiendo el control de la conversación. Su tono seguía siendo académico, pero ahora con un matiz envolvente y evocador, propio de un narrador que atrapa a su auditorio.

—Imagina que formamos parte del equipo de George P. Shultz, a la sazón Secretario de Estado, y se nos encomienda ganarnos la confianza de un juez eminente en algún país del entorno geopolítico estadounidense. ¿Por qué no invitarlo a Washington? En abril, con los cerezos en flor adornando los alrededores, podría visitar la Corte Suprema, participar en debates y asistir a audiencias. Tras una intensa sesión, ¿qué mejor que una tarde de relajación en The Spa at Four Seasons Hotel, aprovechando el clima suave? Y al caer la noche, cena en The Lafayette con políticos y lobistas, en una velada de discusiones animadas y acuerdos bajo la mesa.

Cuando el agua empezó a burbujear, apartó el recipiente:

—Vamos a esperar un poco antes de verterla en la tetera, ¿te parece? —Y, con voz pausadamente profesoral, añadió—: Así evitamos quemar las hojas; lo que buscamos es que los aromas se difuminen y el té conserve toda su esencia.

»Bien, sigamos intentando persuadir a nuestro juez. —Se detuvo un instante, mirando cómo el vapor se deshacía en el aire, como si en esa danza ajustase los engranajes de su relato—. Llega junio, ¿qué podríamos proponerle? Quizás una visita relámpago a Washington sería la oportunidad perfecta para un encuentro con colegas en la Biblioteca del Congreso. Allí, entre el aroma a caoba y el perfume añejo de los libros, nuestro hombre podría dedicar la mañana a explorar los vastos recursos de aquella majestuosa institución mientras, afuera, el calor húmedo de la ciudad queda relegado a un segundo plano. Si el clima acompaña, podríamos reservarle la tribuna de un lujoso salón de conferencias, repleto de figurantes trajeados, proclives al aplauso.

Siguiendo la misma liturgia, colocó la tetera sobre la encimera, sacó un frasco de latón y, con meticulosa solemnidad, dejó caer un puñado de té.

La alta docencia exige dominar el oficio del histrión; consciente de que para seducirme necesitaba apoderarse del escenario, Federico revistió su voz de una gravedad irónica y prosiguió:

—¿Y en invierno? Washington sigue siendo el corazón del sistema judicial federal, pero la Cámara de Comercio es el epicentro de la actividad empresarial y económica. Imagina a nuestro magistrado en una reunión rodeado de empresarios influyentes. Afuera, el aire gélido; dentro, la calidez de las conversaciones estratégicas. Y, al caer la noche, una mesa reservada en Le Diplomate brindará el escenario perfecto para ultimar los flecos de un negocio en una atmósfera sofisticada y acogedora.

Federico sacó de un aparador dos tazas de porcelana y las depositó sobre la mesa con precisión. Sirvió el té con un gesto pausado. Luego, evocando a Maquiavelo, sentenció:

—La justicia es un fino equilibrio entre la verdad y el poder. Para entonces, nuestro juez se sentirá perfectamente instalado y respetado en las altas esferas. Sumido en ese clima de privilegios y conexiones estratégicas, estará en la disposición ideal para dictar sentencias alineadas con los intereses de sus benefactores; inventando pruebas o haciéndolas desaparecer. Si la lógica así lo exige, puede inflar un equívoco burocrático y fabricar un delito contra alguien molesto. —El vapor ascendía en ondulaciones pausadas, envolviendo el aire con su aroma. Federico inclinó la cabeza y aspiró con deleite antes de concluir—: La creatividad jurídica es un abanico generoso. Ancha es Castilla. ¿Por qué no ensayar también con una investigación prospectiva? Como quien lanza una red a ver qué pesca.

—¿Qué me está usted contando? ¿Así, a las bravas? ¿Sin indicios claros?

—Más aún: incluso con la certeza de que no lo hay, y pasando por alto la doctrina que advierte, negro sobre blanco, que esto vulnera los principios del Estado democrático de derecho. La investigación prospectiva es la caja de Pandora perfecta para dilatar procesos hasta la exasperación y saturar informativos y tertulias con especulaciones gratuitas. Es el lenitivo ideal para saciar la sed de venganza y machacar con saña al enemigo. Al principio puede resultar estresante, pero la incertidumbre tiene su encanto: trae consigo una dosis de adrenalina capaz de convertir la tediosa rutina burocrática de un juez en una trepidante aventura.

Me quedé tan mudo como una estatua de mármol, asombrado tanto por el fondo como por la destreza con que Federico había transformado aquella explicación en una lección magistral. Pero aún quedaba más —lo delató un destello en su mirada—:

—Y para los jueces tímidos —añadió con media sonrisa—, siempre hay periodistas de pluma suelta dispuestos a animar los mentideros con eso que llaman, eufemísticamente, «peso informativo»; una etiqueta que de informativo tiene lo que yo de monje. El combustible bastardo que empuja a ciertos togados fanatizados a perder la compostura —como la pierde el ludópata, el yonqui o la ninfómana— y, con el sistema dopaminérgico por las nubes, lanzarse al combate político.

Federico respiró profundamente, como si hubiera reparado en mi aire pensativo. Antes de continuar, tomó su taza y sopló con delicadeza sobre la superficie humeante. Yo acerqué la mía e imité el gesto antes de dar un pequeño sorbo. Le faltaba azúcar. Alargué la mano hacia el azucarero, pero mi vecino alzó una ceja con discreta desaprobación.

—Prueba con estevia —sugirió, señalando un pequeño frasco con hojas secas—. No sé por qué mantengo la insensata costumbre de sacar azúcar.

Encogí los hombros y, casi titubeante, tomé una pizca para dejarla disolverse en el líquido ámbar. Federico, en cambio, lo hizo con un gesto desenvuelto. Luego retomó el tema de las multinacionales. Contó que, cuando los lugareños descubrieron sus verdaderas intenciones, se organizaron para defender un territorio habitado desde tiempos inmemoriales. El difunto Jeremías había reunido pruebas que demostraban la responsabilidad —directa e indirecta— de estas corporaciones y del gobierno de los Estados Unidos en la devastación ambiental de Colombia y Ecuador, siempre en favor de los intereses económicos de las empresas norteamericanas. Habló de contaminación de ríos, deforestación, degradación del suelo. También mencionó los estragos del desplazamiento de animales y aves en las cadenas alimenticias de la fauna y de los pueblos indígenas.

Tanto dato, así de golpe, era demasiado para mi dolor de cabeza. Ayudándose de un suspiro, cambió el rumbo de sus palabras:

—Bueno, sigamos. A los padres de estos desalmados, si supieran…, se les vendría el mundo abajo. No es que nos sintamos los iluminados de un cuento maniqueo con la misión de enfrentarnos a las tinieblas, pero la lista de afrentas que hay que sumar a lo relatado repugnaría a cualquier espíritu sensible.

La conversación fluía entre sorbos y pausas, con el tintineo discreto de la porcelana acompañando las revelaciones de mi vecino:

—Pon atención. —Cogió un documento de la mesa, se colocó las gafas sobre la punta de la nariz y, frunciendo el ceño, comenzó a salmodiar—: violación de normas legales, alteración de leyes para ponerlas al servicio de la compañía, expropiación ilegal, compra de voluntades, extorsión, represión social, desprecio cultural, manipulación de medios, profanación de espacios sagrados. —Mirándome por encima de la montura, agregó con un retintín parsimonioso—: etcétera, etcétera, etcétera. Los hijos de puta llaman demagogos a quienes sacan a la luz un plan de atrocidades tan infame como este. —En respuesta a mi repullo de sorpresa, añadió—: No me voy a disculpar por el exabrupto; la gente de esta calaña no merece miramientos.