Provoca cansancio escuchar cada día a tertulianos y tertulianas opinando de todo, a veces como reflejo de la mano invisible que mece la tarjeta de crédito, prediciendo lo que va a ocurrir en este mundo desquiciado que vivimos en los últimos tiempos. Llegan a decir, como si fueran el oráculo del Delfos, con una superioridad ridícula cómo y cuándo tiene que actuar este gobierno o el de más allá. Ellos saben las oscuras intenciones de los poderosos del mundo, esos que a veces ni sabemos bien quiénes son. Otra veces están seguros de que no va a pasar nada porque tal partido o individuo llegue al poder.

Aún recuerdo cuando en la primera legislatura de Trump decían que no era  para tanto, que EEUU tenía mecanismos para parar los “disparates” que decía iba a llevar a cabo el del tremolante tupé; igual vengo oyendo últimamente que Vox no es una amenaza para los derechos y la igualdad, que el Estado tiene mecanismos para protegernos. Ante esto último me hago la siguiente reflexión: si consideras que en el caso de que un partido como Vox legue a gobernar, el Estado tendría que protegernos ¿me estás diciendo, que ese partido es un peligro para la igualdad y lo derechos de la ciudadanía? En ese caso por qué nos resignamos antes de tiempo a esa situación de peligro. La Historia nos enseña cómo se puede cambiar el destino de un país, incluso de una cultura, de una civilización, y el Estado se transforma en un ente amenazante.

Hemos perdido la creencia en los hechos para creer en el relato, en la narración. Cierto es que poseemos una mente que se desarrolló escuchando los relatos a la luz del fuego, pero también es cierto que nos hemos rendido a la mentira. Se ha olvidado entre la maraña de cuentos para dormir que nuestra mente es capaz de discernir, de intuir e interpreta las miradas del otro, para hacer comunidad, para ir construyendo entre todos un mundo donde nadie nos diga qué somos ni a quién tenemos que seguir.

Que no nos pase como en la película Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python, cuando Arturo dice dirigiéndose a una campesina: ¡Soy Arturo rey de los bretones! ¿Rey de los quién? Le contesta la campesina. “De los bretones, todos somos bretones y yo soy el rey” dice Arturo. “No sabíamos que teníamos un rey, creía que éramos un colectividad autónoma”. Siempre me ha parecido este diálogo y todo el que le sigue un tratado de teoría política que deberemos intentar llevar a cabo sin escuchar a tanto tertuliano que se proclama pitoniso o nos dice qué hay que creer y a quién venerar.