Uno pone todo el empeño en no ser un clon, en ser diferente, en ser original aun a sabiendas de que todo está inventado y que lo que llamamos creatividad es redescubrir lo que ya existe. Quiere partir la pana, besar el santo, romper el molde, dar en la diana, acertar con la bala de plata. Mirar de otra manera, ser la voz disonante del coro, “reflexionar fuera del recipiente”. Aspira a ser grande durante todo un minuto, ejercer el derecho al pataleo aunque no tenga público. Irse a la cama esbozando una sonrisa de orgullo. Ser respetado por los que admira, querido por los que adora, odiado por los que desprecia. Maquinar cosas para demostrarse a sí mismo que aún no está muerto, aunque algunos ya lo den por muerto y otros nunca lo hayan dado por vivo.

Uno se mira en el espejo del baño sin reconocer al Dorian Grey que lleva dentro. Comienza un nuevo día sabiendo que el guión ya está escrito y él no tiene derechos de autor, repite una y otra vez el texto de su vida que se sabe de memoria. Con el aliento fresco que proporciona el colutorio, sonríe como un niño y repite en voz alta la misma estupidez de cada mañana: ¡buenos días mundo!, como si el mundo le estuviese escuchando desde la cocina.

Uno sale a la calle con hambre de planeta, sin darse cuenta de que no tiene estómago para tanta gula. Ha de ser prudente, no vaya a ser que se cumplan sus sueños y todo vuelva a ser una pesadilla. Sabe que camina por la curva sigmoide, la “S” que separa el yin del yang, entre el orgullo del fracaso y la decepción del éxito. Escucha el canto de las sirenas de Ulises como si fuesen anuncios de Navidad en los que todos sonríen de alegría, amor y ganas de gastar. La felicidad se compra a plazos en El Corte Inglés.

Uno piensa: arriba los corazones, vivir son cuatro días, pero se siente pequeño sabiendo que durará poco más que un mosquito tigre o una lombriz de tierra. Aunque también se siente liberado por insignificante, porque nada de lo que diga o haga tendrá repercusión. Nadie vivirá gracias a sus desvelos, eso sólo lo pueden hacer los sanitarios, los bomberos, las madres abnegadas y los superhéroes de Marvel. Nadie morirá por su culpa, eso sólo pueden hacerlo los militares, banqueros, especuladores inmobiliarios y los presentadores de Teletienda.

Uno sabe que nadie lo recordará más allá de los que sufrieron sus neuras y contradicciones; será olvidado, pero los cretinos que lo rodean, también. El mundo lo recicla todo, a santos y sabios, a asesinos y cobardes, a prudentes e insensatos, a sobresalientes y majaderos. Si no es todas, o alguna de esas cosas, estará en la media, será pues un mediocre.

Uno se levanta antes de caer y siente la valentía del abandonado que no grita de rabia, sino porque le da la gana, pero se acaba conformando con pasar desapercibido, no dar el cante y guardar silencio. Cuando se es pobre no se puede ser conservador, esto habría que explicárselo a más de uno y una. Les da la razón a los locos y a los tontos, consciente de que él no les importa nada, pero también sabe que a él ellos le importan aún menos. Da mucha pereza tratar de convencer a quien tiene orejas pero no oídos, ojos pero no vista. Qué placer deben sentir los indolentes, los que pasan de todo, aunque no sepan exactamente de qué están pasando ni de qué están hechos ni el todo ni la nada.

Uno se detiene a escuchar crecer la hierba, pero sólo oye galopar al caballo de Atila el huno. Debería decirse a sí mismo, “carpe diem”, reír llorando como los ganadores de la Lotería Primitiva. Conformarse, no con la vida que lleva, sino con la que pudo haber llevado de no ser por los imponderables. Debería contar con la ayuda del hada verde que vive en la absenta, a la que casi todos llaman suerte, pero es ignorado. Los que no disfrutan del favor de las hadas son más de aguardiente de Rute. No se puede esperar ayuda de una duendecilla borracha sin ser un artista maldito.

Uno se cree parte de un todo y acaba siendo una porción de la nada. Se cree acompañado, se siente comunidad, grupo, tribu, hasta que se da cuenta de que llegó solo a este mundo y solo lleva toda la vida. Comprende al fin que amar hasta el colmo es inevitable y que la mitad de las veces no sabe si sube o en realidad baja. Se solidariza con los fabricantes de tópicos sobre gallegos porque quizá tengan razón en no tener las cosas claras.  

“Uno, busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias…”  
(Roberto Goyeneche)