Un barco navega por el mar. En su interior habita un virus extraño que amenaza la vida de los que viajan en la nave. Pronto la noticia corre por las redes, noticiarios y periódicos. El mundo de la opulencia y el ocio desmedido entra en pánico. ¿Qué va a pasar con el barco? ¿A dónde irá? Nos vamos a contagiar sin remedio. Mandatarios del mundo se apresuran a hacer declaraciones diciendo que en su territorio NO. Lo primero es la salud de su pueblo, no pueden permitir que un virus extraño y agresivo ponga en peligro la vida y la bolsa. “Estamos en temporada alta y si el barco se acerca a nuestra costa ahuyentará a los turistas”,  dice un hombre de Estado, ignorando que muchos y muchas a los que pretende proteger estaríamos contentos si el turismo desapareciera de nuestras vidas y trabajos mal pagados. 

El barco navega sin rumbo, sin destino hacia el que encaminarse. Mientras tertulianos, expertos autoproclamados en virus y epidemias ocupan horas y horas en las televisiones, alargando, cual chicle de fresa, la información -así lo llaman ellos- aunque para ello tengan que echar mano de la vida y milagros de aquellos que en el siglo mil a.C. sufrieran una epidemia contagiada por roedores en los confines del imperio Megahititano. 

A la mayoría se le olvida comentar que los humanos nos movemos de uno al otro confín de la Tierra, desplazando a animales de su hábitat natural, que dejamos morir en los mares a miles de  personas que navegan en pequeñas barcas llenas de esperanza y desesperanza, que estamos envenenando los mares que, a su vez, nos envenenan con sus peces, que fabricamos productos que empleamos en nuestras propias cocinas contaminados. 

Todo es una locura, nadie quiere tener la posibilidad de enfermar en una sociedad enferma de egoísmo, que camina a ser sustituida por máquinas parlantes que aceptamos como amigas, dueñas de nuestras vidas y libertad y futuras dominadoras del mercado laboral, que nos roban el lenguaje, ese que nos hace humanos y humanas. 

No temáis, dice una voz por encima del ruido. Yo tengo la solución, clama mientras toma unas cañas acompañada de viejos conquistadores que expandieron enfermedades extrañas protegidos por la mano del Dios verdadero, mientras contagiaban a millones de seres paganos. Se lo merecerían, dice la de las cañas. He aquí la solución:  construiremos un canal desde el océano hasta la capital del reino pasando por ríos y afluentes y, una vez allí, el barco atracará en el mayor puerto construido para tal ocasión. 

Después será exhibido en museos y bares para mayor gloría de la capital del mundo, previo ingreso de los navegantes en el hospital más grande que los tiempos hayan visto. Tratar y ser tratados, pero sin pasarse, vaya a ser que sean tratamientos caros. No sabemos cuánto tiempo llevará la construcción del grandioso hospital, dependerá de las comisiones que haya que pagar a los intermediarios. Si mientras tanto se mueren los infectados por el extraño virus, qué le vamos a hacer, estaría  de Dios. Aunque parezca increíble, estas declaraciones no resultan escandalosas.