Llegaba el carnaval y las madres y vecinas se transformaban, la seria se volvía divertida, la señora de bien adquiría un lenguaje atrevido sexualmente, todo se volvía “del revés” sin necesidad de series americanas. Las máscaras iban y venían por calles alejadas visitando amigas que no podían adivinar quienes eran las que le alegraban la tarde, para terminar en la Carrera como mandaba la tradición.

Más tarde, cuando el dictador ya no estaba, hubo un tiempo de disfraces y de beber la noche, donde la máscara apenas tenía cabida, para más tarde volver a conquistar la calle, hablarte pausadamente y permanecer a tu lado sentada en la esquina o en la mesa de un bar, contándote cómo esa noche iba a tener la llave del Limonero, por si la necesitabas tú. O cómo, bajo la lluvia, una máscara solitaria caminaba calle arriba visitando viejas falsas amistades, que en realidad eran de su abuela, para más tarde gritar por la Carrera y bailar como poseída por un dios antiguo al son de la libertad.

Sé que no estoy siendo objetiva, que la memoria me puede distorsionar la visión de la realidad. Seguramente sea así porque me apoyo en los recuerdos de la juventud, incluso de la infancia. Puede que mi deseo no corresponda con la realidad, una realidad que nunca existió. Sé que el tiempo cambia y con él las costumbres, las fiestas y la manera de vivirlas. Puede que haya pasado el tiempo de crear comunidad alrededor de una manera de vivir las tradiciones. Puede que nunca existiera el carnaval que ahora sueño como esa realidad a la que hacía mención,.

No estoy hablando del viejo carnaval prohibido donde el pueblo buscaba su libertad corriendo delante de los municipales, ni aquel carnaval de carrozas como intento de robar esa misma libertad de máscaras y mascarones que eran la preocupación de algunas familias. Personas más autorizadas, catedráticos y antropólogos venidos de lejos han estudiado. Permitidme que escriba de un carnaval que se fue. Lo hago desde el punto de vista de quien lo ama, los disfruta preparando la ropa de máscara, inventando motivos absurdos a veces, reivindicativos, divertidos otras. Donde la máscara tenía, al menos eso me enseñaron mis mayores, licencia para molestar, donde un mascarón podía ser obsceno, estrafalario e incluso dar miedo.

Solo había que buscar unos trapos que ya no servían, un lienzo para la cara y a gritar. Sí, me dieréis que igual que ahora. Sin embargo, ahora la Carrera se llena de vasos largos, donde una máscara que se cuela entre el gentío es mirada con desagrado, aunque no siempre, porque interrumpe la conversación o puede manchar o dejar caer el contenido del vaso. Pienso que este carnaval es signo de los tiempos y, como dije más arriba, eso es imparable. Bienvenido el nuevo carnaval si con él seguimos construyendo comunidad, siendo un pueblo que sabe vivir la alegría en tiempos sombríos, pero dejadme soñar a ratos con mi viejo carnaval.