Dos fontaniegos se encuentran en un lugar de la Mancha de cuyo nombre me quiero acordar y uno le dice al otro “¿te imaginas estar ahora en la Carrera vestido de máscara y escuchando la murga del Margarito?”. Es febrero, como ahora, pero de hace casi 40 años. El otro fontaniego le responde “de allí vengo y no puedes imaginar lo que me pesa dejar atrás Fuentes para volver a Barcelona”. Los dos se sientan ante la lumbre de una chimenea encendida en un restaurante de la Graja de Iniesta, provincia de Cuenca y punto intermedio entre el infierno y el paraíso para quienes tuvieron que emigrar y desde entonces peregrinan cada año impelidos por la nostalgia.

Uno de los dos fontaniegos, el que escribe, con 38 años a la espalda lejos del paraíso, iba a Fuentes y el otro, Antonio Baeza “Pescaero”, volvía de pasar el carnaval. ¡Qué envidia, quiyo! Uno deseando cargar las pilas y el otro con las pilas a tope. El de las pilas cargadas, Pescaero, añade más leña al fuego de la envidia y dice que ha aprovechado el viaje para hacer una escapada a Cádiz, donde se le saltaron las lágrimas escuchando la letra de los Cantores de Hispalis que dice “Quiero cruzar la bahía, cuando ya los pescadores, cansados de sus labores, regresan a Punta Umbría”. La canción habla de Huelva, pero la bahía de todas las bahías es Cádiz en carnaval.

La lumbre de la chimenea de aquel bar de carretera llamado Tío Pepe que olía leña y morcilla avivaba por momentos el calor de la nostalgia y ensanchaba el brocal del pozo de los recuerdos. Para colmo, el Pescaero tenía en la palabra el don de la evocación cuando, años atrás, pregonaba en la plaza de Fuentes “¡niñas, tengo calamares; niñas, la gamba; niñas, el mero…!”. Hasta que emigró a Barcelona, no hubo en Fuentes marchenero más fontaniego. Y si carnavalero era Baeza, más carnavalero era el que escribe. Mano a mano, aquella fría madrugada en tierras de Cuenca revivimos el pasado.

Era Antonio Baeza más carnavalero que Juanillo el Gato, que ya es decir, y el pescaero más carismático que ha dado Fuentes, dicho por todo el mundo. Por eso, en el bar manchego -el de la Mancha- decía que echaba de menos a la gente de Fuentes, como la gente de Fuentes echaba de menos a Baeza. Ningún pescaero fue nunca tan repeinado como él, con su raya impecable partiendo en dos su pelo negro que relucía al sol, siempre con sus botas de agua negras, pantalón negro, delantal blanco, camisa negra… Experto en manejar la balanza, servía el mejor pescado que se vendía en Fuentes.

Baeza, con las lágrimas saltadas, recordaba la habilidad que tenía para enganchar a todas las mujeres de Fuentes que le comprarán el pescado, Baeza vendía y se vendía mejor que todos los vendedores de la plaza. De madrugada iba a Sevilla por el pescado y, cuando llegaba a Fuentes, el Coco grande lo esperaba en la puerta de la plaza para trasladar la mercancía hasta el puesto. Jose, el Coco grande, estaba cojo por una bala que le dieron en Rusia cuando luchó en la División Azul. A cambio de la descarga del pescado, el Baeza compasivo le ayudaba con algún dinerillo.

El Coco grande murió un lunes 8 de marzo, después del domingo piñata, y desde entonces su hermano Justo, el Coco chico, se ocupó del traslado del pescado. Como si no hubiese pasado nada, Taca, el perro del Coco grande, seguía de cerca al Coco chico en la descarga. El Coco chico contó a Baeza que una vez tuvo en Sevilla una novia rica, pero que la familia de ella no lo quiso por ser pobre. Por eso vino a Fuentes a ocuparse de bajador de carga, como se decía entonces. Gente pobre que se arrimaba a quien, como Baeza, podía echarle una mano en la complicada tarea de salir cada día adelante.

Antonio y Remedios, los pescaeros, no tenían hijos y podían permitirse el ser  solidarios con sus vecinos del Cerro, que era su calle. Cuando marchó a Barcelona y dejó el puesto de pescao, la plaza perdió la joya de la corona, eso decía la gente de Fuentes. Su casa del Cerro la compró el Cepo, que era herrero en el castillo. Entonces, en la plaza se instaló un aire de decadencia y nostalgia por el tiempo pasado del que nunca logró recuperarse. Lo atestiguan María Martín Lora, Aurelia la mujer de Trapito, Mercedes Rodríguez y su marido Manolo Pérez, Diego Romero Trapito…

Para los emigrantes, el carnaval de Fuentes no es sólo una fiesta -la fiesta- sino un camino que recorre un sembrado de sentimientos, recuerdos, personajes. La vida entera de Fuentes expuesta en una galería de arte llamada la Carrera, como se escribía ayer en este mismo periódico. La Carrera es el Louvre sin tener que ir a París, el Hermitage sin viajar a San Petersburgo, el MOMA sin Nueva York. Basta recorrer la Carrera para llenarse de arte, de emociones, de recuerdos, de personajes que hicieron época en nuestro pequeño y a la vez enorme pueblo.