La Carrera es una galería de arte. Un río de risas. Una lección viva de historia, como esos belenes animados que hacen en algunos pueblos por Navidad. La Carrera es un resumen de las mejores películas de Hollywood. La isla del tesoro, Torquemada, Pancho Villa, Tutankamón, El mago de Oz, Napoleón, El planeta de los simios, Piratas del Caribe, Robinson Crusoe y ET. Una inacabable manifestación de protesta. Acá una tractorada, allá una defensa de la rana de San Antonio. La Carrera es una colección de oficios. Pintores, poetas, inquisidores, dictadores, brujas en monopatín, bomberos toreros, políticos, periodistas, pistoleros a sueldo, tahúres de casino, bebés probeta, embaucadores y rubias platino. Gente hay pa to. Pa to, menos para hacer una obra, un mueble, una instalación eléctrica, un arreglo de coche, una cosecha de aceitunas. Ni en carnaval en la Carrera ni en Fuentes to l´año.
La Carrera, cada año más pequeña, se ha vestido de domingo de Carnaval. Por eso tropiezas aquí con un esquimal -en consonancia con el tiempo-, un marciano, un troglodita, un pingüino, un jeque, un conejo, un patito feo, un minions, un power rángers, una bruja, un mago, una abeja, un oso y un dinosaurio. Muchas veces no vienen solos, sino en comandita. Como una bandada de cigüeñas transportando bebés que no vienen de París, sino de ninguna parte porque ahora apenas vienen bebés. Hay espantapájaros de mal agüero y un dinosaurio anunciando que votará al meteorito que extinguió a su especie. Está Trump, por supuesto, junto a un agente anti inmigración del ICE, obviamente.
En la Carrera está Félix Rodríguez de la Fuente con un pato en la mano. ¡Como hay tanta agua por los alrededores de Fuentes!, dice. Están los viejos que, sin hogar del pensionista, han sacado la mesa camilla, la copa de cisco, el televisor con su cabeza de toro encima y contemplan el panorama desde el mejor punto de observación posible, la mismísima Carrera. No les falta de nada, como corresponde a unos jubilados de este tiempo. Platos de entornaos, con bizcochitos, con la botellita de aguardiente, con el cafelito calentito y el takataka aparcado junto a la mesa por si hay que salir corriendo... Y la toquilla sobre los hombros, que un resfriado en febrero puede tener malas consecuencias y la sanidad no está para muchas bromas.
También tropiezas -trompiezas- con algún que otro malhumorado pese a ser carnaval. La hoguera de las vanidades. Y multitud de bienhumorados, como corresponde al momento y al lugar. Cada cual se disfraza de lo que más sueña o de lo que más teme, que diría el psicoanalista. El sueño de algunos puede ser la pesadilla de otros. La máscara es otra cosa. La máscara sirve más para mirar que para ser mirado. Para disfrutar más que para ser disfrutado. La máscara va de adentro afuera, esconde para poder ser libre, para proclamar lo que sale del alma, para disparatar, no para disparar. Máscara para ser uno mismo, antídoto contra el qué dirán, contra el poder, contra todo. La máscara es la esencia libre y burlona del ser humano. Esencia hecha de andrajos, por eso no admite figurar en el escaparate.
El ser humano es el único animal de la creación que tropieza dos veces con la misma piedra porque es incapaz de admitir errores. El hombre es el único que cree en cosas que no existen en la naturaleza, como las fronteras, el dinero, el código penal, dios, la ONU y las máscaras. Bueno, en la ONU cada vez cree menos y en las máscaras cada vez más. Por tropezar, en la Carrera tropiezas hasta con Wally, que en otras partes tienes que andar buscándolo con lupa. Los hay que han venido de otro planeta a llevarse el premio del carnaval por la jeta. Si ganaran, que no sería por la jeta, entregarían el premio a una asociación cívica. Lo dicho, de otro planeta. Y tropiezas con fontaniegos, muchos fontaniegos, como es natural.
Uno de los grandes misterios locales es qué hay en el primer tramo de la Carrera para que la gente no lo quiera. La cosa es que el carnaval de la Carrera va del Laure al Chacón, con una cierta prolongación hasta la caseta de la feria. Del Laure al paseíto la Plancha no hay ni un alma. ¿Será que los atrapa el Laure con esa simpatía natural que lo adorna? ¿O será que Vicente va donde va la gente? ¿O será que hace frío y hay que arrimarse al calor humano? Sea por lo que sea, lo cierto es que la Carrera se acorta, si no a la mitad, casi. La galería de arte va así del Laure al Chacón y del Chacón al Laure.
El Chacón político se ha metido a músico este carnaval y acompaña al piano a su esposa Magdalena, estirpe de Alcaldes, en incursiones sorpresa al extremo centro de la Carrera, territorio Comanche. En la reserva india de la oposición, en el extremo periférico de la galería de arte, actúa de camarero en el bar de su hermano. Los bares de Fuentes cotizan en la bolsa de votos de Wall Sources of Andalusian, como han descrito los Mawakeños.
Por la Carrera de los fontaniegos pasa medio el mundo, igual que por medio mundo andan los fontaniegos. Sin ir más lejos, los ilustres residentes del Vaticano han podido ver por allí a un Escalera montado en un caballo, según informan los integrantes de la murga del Margarito. En Coníl dicen haberse encontrado con Talavera y en Barcelona, cosa extraña, con Paco Garaña. Cosas más raras se han visto incluso en la Carrera. Cuatro hombres han sido vistos apatrullando la ciudad disfrazados de municipales. O puede que fueran municipales auténticos. ¡Quién sabe! Son cosas de la Carrera. Cuentan las crónicas que también fueron vistos el viernes por la noche en el certamen de las agrupaciones del salón de la Huerta junto a dos que iban vestidos de guardias civiles. O puede que fuesen guardias civiles auténticos. ¡Cosas del carnaval!
Bendita inocencia, las niñas de Fuentes se disfrazan de conejitas del Nesquik, no del Play Boy. Bendita nostalgia, los emigrantes jubilados retornan a Fuentes en búsqueda del elixir vigorizante del carnaval. Un Cantizano afincado en Albacete dice que ha venido a Juente a pescar en la Madre, donde le han dicho que hay peces hasta en lo alto de los olivos. De momento, en la Fuente la Reina ha capturado abundantes sardinas y próximamente piensa acudir a la Madre equipado con un arte de arrastre en busca de boquerones. De sobra es sabida la arraigada tradición pesquera de Fuentes al borde del lago Ligustinus.

