Los mayetes estaban sentados a la puerta del casino artesano de la Carrera con más mala cara que Pepe Córdoba. Habían sembrado el trigo, pero el cielo se mostraba insensible a los ruegos de los mayetes. Ni una gota por misericordia para el trigo en diciembre, ni una gota en enero y andaban por los mismos derroteros los augurios de febrero. Enero se mantuvo gracias a las rociás. Aquel febrero, los mayetes parecían estar asistiendo a un velatorio sentados en fila en la puerta el casino viendo pasar las máscaras y las murgas. Drácula desde la pantalla del cine Avenida hubiese presentado mejor cara a los transeúntes.
Corría el año 1981 y los mayetes hablaban en la puerta del casino de arar los barbechos para sembrar pipas, pero aquello era imposible en las tierras sin jugo. Hablaban de asurcar los barbechos a lo corto de la haza para que cuando cayera, si es que algún día caía, el agua no se perdiera surcos abajo. Hablaban de cambiar los viejos Ebro por nuevos Massey Ferguson… Hablaban y hablaban mientras veían desfilar tristes murgas y fantasmales máscaras. Domingo serio de Carnaval para los mayetes desprovistos de la sal de la tierra, que no es sal, sino agua. Tierra sin jugo es igual que arena del desierto y aquel invierno del 81 el Sáhara se había instalado en la Carrera por la que las máscaras, como almas en pena, pasaban de largo por la puerta del apesadumbrado casino artesano.
Reinaba un luminoso cielo azul sobre la Carrera aquel Carnaval de 1981. El mismo maldito cielo azul que había reinado en enero, en diciembre, en noviembre, en octubre… Así un día y otro día, una semana y otra semana. Igual que este febrero reinan las nubes un día y otro día, una semana y otra semana, también para desesperación de los mayetes. Esta vez es porque no para de llover y los campos, cubiertos por el agua, no pueden ser sembrados. La maldición del mayete es que o no llueve y los campos parecen el Sáhara -la maldición del anticiclón de las Azores- o no para de llover hasta que los campos parecen las marismas de Doñana. El vecino de las Azores nos ha dado la espalda ahora. El alivio de las máscaras este invierno lluvioso de 2026 es que los mayetes ya no se sientan en fila a la puerta del casino artesano a ver el carnaval y que todos tienen la garantía de las subvenciones de la UE y la tranquilidad de los seguros agrarios.

El caso es que aquel invierno del 81, el Condito, repostero en aquellas fechas del casino artesano, contemplaba de brazos cruzados la fila de mayetes sentados en la puerta sin pedir un mal café. Cuando los mayetes, que eran la mitad de Fuentes, entraban en campaña de ahorro arruinaban a la otra mitad, que eran los taberneros y los albañiles. Pocas consignas sigue el mayete tan a rajatabla como la de apretarse en cinturón. Había que guardar el dinero porque el año 1981 no iba a tener 12, sino 24 meses, para colmo sin subvención ni seguro agrario.
Al caer la tarde y arreciar el frío, empezaron a levantar las sillas, cabizbajo cada uno para su casa y el Condito se dijo “ojú, ojú, ni una peseta de caja”. El único sitio animado de aquel carnaval era el bar del centro cultural bajo la batuta certera de Cristóbal la Mare, hijo del mayete Ángel la Mare, fiel al casino y dueño de un duro e incómodo tractor Ebro pintado del mismo color azul de aquel cielo inclemente. Cristóbal la Mare, tabernero y optimista empedernido, era el polo opuesto a su padre. Por eso tenía el bar del centro cultural siempre lleno, tronase en la Carrera o luciera el sol de aquel invierno. Decían que Cristóbal estaba “mundeado” porque un tiempo trabajó en el Valle de Arán, en Lérida, y eso atraía a la clientela de emigrantes, empleados bien pagados por la industria catalana, de paso por Fuentes.

Otro negocio lleno de gente aquel carnaval de 1981 fue el mesón de la calle mayor dirigido por Juan Corzo, con un servicio esmerado y diligente. El mesón, que por cierto acaban de derribar para hacer una vivienda, era frecuentado por los hijos de los tristes agricultores del casino de la Carrera. Eran jóvenes con otra mentalidad, la mayoría estudiantes que miraban de lejos la vida del campo. Laureano Peñaranda era un asiduo del mesón, al que le daba animación con su carácter extravertido.
Mayetes a la funerala e hijos desinhibidos aparte, aquel día de domingo los niños dedicaban el tiempo, como cada domingo de Carnaval, a recorrer los bares de más afluencia para ver las murgas y las máscaras: el catalino, donde más que a ver murgas y máscaras iban a que Sebastián les diera las chapas de las botellas para jugar a la arrimaíta. Sebastián los ponía en fila india y hacia el reparto. De allí, al centro cultural, al bar Benito, al Herradura… Aquel año hubo desfile de carrozas, pero fue más triste que un duelo. La única máscara animada era la de Diego Cochoba y una murga que salió fue la de los Cherokis. Murgas como las de Juanillo el Gato, Marcelino y Zajones estaban anticuadas.
Como cabía esperar, aquel año terminó Carnaval sin caer una gota y aunque los mayetes no cogieron nada del campo, la vida siguió adelante, igual que siguen “todas las cosas que no tienen mucho sentido”, que diría el maestro Sabina. La vida siguió, volvieron las lluvias, hubo buenas cosechas, el carnaval recobró la alegría y el desenfado y los mayetes, aunque no han vuelto a la puerta del casino Artesano, disfrutan de las murgas y hasta el posible que alguno salga de máscara, que de todo tiene que haber en la viña del Señor.

