Que a uno le salen goteras en la casa, allá que va a hablar con el alcalde para que les dé una solución. Que necesita ir al especialista en Écija y no tiene un autobús a esa hora, que el alcalde busque arreglo. Que la Junta no repara la carretera, que se mueva el alcalde. Que hay que coger un taxi, ¡alcalde!. Que una operación de cataratas, mire usted, señor alcalde, la lista de espera que hay. Que tiene que hacer la declaración de la renta, alcalde, eche una mano para pagarle la minuta al gestor. Que las palomas se cagan en los balcones, ¡alcalde! Que el vecino hace ruido, el ayuntamiento ha de poner sordina. Que he pensado hacer una comida de homenaje al gato pardo que vive en la esquina, una ayudita para el menú. Que se ha muerto el abuelo, mire a ver cómo hacemos el entierro. Que uno tiene almorranas, a ver qué puede hacer el ayuntamiento para acabar con ellas. Uno ha visto pedirle al ayuntamiento cosas inauditas.

A todo esto, el ayuntamiento responde encantado. Faltaría más. Por una parte, nada escapa a su decisión y, por otra, los favores, ya se sabe... tarde o temprano hay que pagarlos. La culpa no es del alcalde ni del ayuntamiento. Al fin y al cabo, actúan a demanda. Hacen lo que la gente les pide. Pero el resultado es que tenemos en Fuentes una paralizante dependencia con respecto al ayuntamiento. Nada se hace sin echar mano del alcalde o de los servicios municipales. Las asociaciones, principalmente. Pero también la ciudadanía rasa. Esta dependencia resulta paralizante porque castra la espontaneidad y la iniciativa ciudadana. Devalúa o, cuando menos, frena el empuje social. Produce una sociedad pasiva, a remolque, siempre a la espera de soluciones que vengan de arriba en vez de buscarse la vida de manera independiente.

Algo de infantil tiene esta preocupante actitud social. Infantil en tanto que dependiente. Como si la mayoría no fuese adulta para tomar sus propias decisiones y para asumir las consecuencias de sus actos. Necesita ir de la mano de alguien. Infantil también en tanto que egoista. Nadie por nada del mundo quiere rascarse el bolsillo. Que pague siempre el ayuntamiento. Todo gratis, cueste lo que cueste. Como si el ayuntamiento tuviera una máquina de hacer billetes y no dependiera de los impuestos que pagamos todos. Nada de lo que haga el ayuntamiento es gratis, incluidos los entierros, que los pagamos a escote. Sea el finado pobre o le sobre el dinero. Todo el mundo lo sabe, pero hace como si no lo supiera.

Lo chocante es que esa misma gente que continuamente reclama ayuda "de arriba" rechaza el pago de impuestos y se muestra incapaz de movilizarse en defensa de los servicios sanitarios, educativos, en pro de la mejora del transportes o del arreglo de las carreteras. Todo son derechos, ninguna obligación. La situación se retroalimenta en un círculo vicioso de difícil salida. Como el ayuntamiento lo hace todo, la gente no ve la necesidad de hacer nada. Y como la gente no hace nada, el ayuntamiento lo hace todo. Desde la cabalgata de los Reyes Magos hasta la feria del libro, desde el carnaval hasta la feria. Ni una triste exposición de pintura por iniciativa popular, con los buenos pintores que tiene Fuentes. Sólo la iglesia parece salvarse, Dios mediante.

Un caso paradigmático de todo lo anterior es lo que ocurre desde hace años con el hogar del pensionista. Como es un edificio municipal, parece lógico que el control de la gestión económica e institucional corresponda al ayuntamiento. Pero las actividades sociales deberían ser sugeridas, debatidas y decididas con la participación activa de los socios. Además de protagonizarlas, por supuesto. Sin embargo, los mayores no son capaces de dar un paso sin permiso del alcalde. Bloqueado a la espera de una decisión de arriba. Incluso quienes critican al ayuntamiento muestran una inquietante dependencia respecto de las autoridades. Como si el edificio municipal ejerciera una misteriosa fuerza centrípeta que atrapara todo cuanto intenta moverse en el pueblo. Como el sol en torno al que gira la vida local.

¿La culpa es sólo del alcalde?. ¡Claro que no! La culpa es también de la sociedad, aquejada como casi todo Fuentes de una pasividad dependiente, infantil, casi enfermiza. De una inflamación crónica que podríamos llamar ayuntamientitis.