Tengo que escribir este artículo, pero no sé sobre qué. No será porque lo que veo, oigo y siento me guste. La regresión crece por horas, la estupidez por minutos, la infamia se justifica, los canallas se multiplican, la honradez está en retirada, la única libertad que importa es la de compra, “los inmorales nos han igualao”. Todos los odios, todos los miedos, todas las miserias, todas las fobias se mezclan en una sopa espesa, cada vez más caliente. Triunfan radio macuto y sus cuñaos, tan expertos en fútbol como en geopolítica. Un tarado ignorante y ególatra pastorea un mundo que muge, bala y relincha si es necesario. Nunca Don Dinero fue tan poderoso caballero. Abrumado por la magnitud de los problemas, no sé si empezar a escribir por el principio con el planteamiento, el nudo y el desenlace, o por el final y escribir hacia atrás.

Sufro el síndrome de la hoja en blanco, digo hoja como si escribiese en papel, ojalá. El papel es físico, tiene tinta como sangre y puede convertirse en pajarita, aeroplano o barquito y navegar por mi infancia “jugando a ser feliz de país en país”. El papel encuadernado huele a madera sabia que dormita en una estantería conteniendo conformismo y revolución, descontento y esperanza, pena y alegría. Nos sobrevivirá porque somos polvo, menos consistente que la fibra de celulosa. No escribo en papel, casi nadie lo hace, ahora todos lo hacemos virtualmente con trazo de sombra sobre el blanco azulado de un monitor.

Mis reflexiones, más o menos sesudas, brillantes o mediocres, son hijas de la transpiración que produce tanta pregunta sin respuesta. Vuelan cada semana de servidor en servidor, de pantalla en pantalla, de dedo en dedo por un espacio de mentira. Millones de textos, millones de sueños, ruegos, denuncias, odios, millones de poemas de amor colman mega ordenadores en lugares remotos. Se tragan los datos como si tuvieran que preservarlos, pero después ignorados serán destruidos; acabarán siendo forraje para alimentar a la IA. No hay poesía en la informática, por mucho que se empeñara en hablar de la belleza de los números mi profesor de matemáticas en el instituto.

En el futuro no habrá librerías de viejo, ni libros vendidos al peso, ni dedicatorias, ni marcadores para no perderse dentro de una historia. No se puede subrayar un libro electrónico, ni calzar una mesa con una tablet. Nadie recordará nada ni tendrá acceso a lo ciberdicho, ya  se encargará el dios del mercado de volver obsoleto lo que funciona para lanzar otro último grito. Lo aprendí tras acumular, grabando y comprando durante años, más de 2.000 películas en VHS, que acabaron en el contenedor amarillo porque ya no había aparatos que las reprodujesen.

Cuando ya no estemos seguiremos teniendo la sonrisa congelada en el perfil de Facebook, como mis amigos ya desaparecidos, el sistema me recuerda los años que habrían cumplido. Millones de risas esperarán hibernadas bajo el permafrost del Ártico mientras le sean rentables a alguien, en cuanto dejen de serlo se activará el botón de apagado. Desaparecerán las risas, las soflamas, las declaraciones juradas de estupidez, los cortes de manga, los memes ramplones, la propaganda intragable (por si cuela), los micro relatos de lo imposible, los artículos de opinión que no merecen la pena y los que sí, las fotos con monumento detrás, las fotos reales, las inventadas y las manipuladas. Mis fotos, mis artículos, mis ilustraciones dormirán el sueño de los olvidados, nunca habré existido, lo cual no es una tragedia sino lo normal, tal vez lo justo.

Pero eso no ocurrirá hoy, de momento me enfrento al vacío polar del rectángulo y tengo la necesidad vital de rellenarlo. Me siento obligado a estropear el silencio gritando por escrito, aunque sólo sea para comprobar si alguien está de acuerdo. Ay, cuánto necesitamos que nos den la razón. Quiero que se me entienda, me esfuerzo para que así sea, pero siempre hay alguno que no se entera de nada o peor aún hay quien se entera de lo contrario de lo que digo. Quisiera pero no sé expresar mi rabia ante el egoísmo descarnado, el cinismo hiriente que lleva a alguien físico o jurídico a dejar en la calle a una pobre anciana, porque de ella ya no se puede hacer un buen caldo.

Busco palabras que no encuentro para contar lo que a casi nadie le interesa. Soy un soldado raso del ejército de los pringaos, una célula rebelde que se niega a ser un número, un peatón mudo con ganas de cantar, un loco sin embudo en la cabeza, un Robinson sin islote. Podría dejar que hablase el silencio emulando a Malévich y pintar “blanco sobre blanco”, para dejar claro que tengo tanto que decir, que no puedo decir nada porque me entra la risa, a veces el llanto.

“No hago otra cosa que pensar en ti, pero hoy las musas han pasao de mí, andarán de vacaciones”. (Serrat)