Codiciamos lo que vemos, aunque sea en el espacio inalcanzable. La luna, plateada y femenina, nos acompaña levantando mareas, inspirando a poetas “con su polisón de nardos”. Soñada por Cyrano de Bergerac y Julio Verne, llena las noches de luz azul y hombres lobo. Como contaron Jesús Hermida y Neil Amstrong, la humanidad dio un gran paso, luego otro, otro más y la superficie impoluta del satélite quedó pisoteada, nunca se deja una sola huella. No falta quien afirma que aquel día la estupidez humana se expandió fuera de nuestro planeta. Las ansias imperialistas de Estados Unidos y China vuelven a exprimir los bolsillos de los contribuyentes y a llenar los de los contratistas. De momento, una tripulación con mujer y afroamericano (parece mentira que esto sea noticia) se ha dado un garbeo por la cara oculta de la Luna sin rozarla, como Pink Floyd. Pero pronto los astronautas volverán a dar saltitos por la superficie, como los gorriones. De momento nos dan la brasa con las chorradas que se pueden hacer en una nave espacial, cómo flota la Nutella y cómo se atasca un wáter espacial.
La ciencia espacial es necesaria, es una pena que sólo se invierta en ella por ansia de poder y/o negocio. Los estadounidenses y los chinos dicen que van a montar laboratorios. El futuro se presenta ideal de la muerte, con viajes rápidos e indoloros, que no dejarán tuerta a la Luna como en la película de Georges Méliès. Podemos imaginar una estación lunar internacional “súpercuqui” como la de “2001” de Kubrick, pero sin monolito, con reuniones de trabajo entre científicos de todo el mundo al servicio de la humanidad ¡Qué poco me fío de la bondad de los imperios! La Luna es tierra de nadie, así que de momento le pertenecerá al que tenga el cohete más grande.
El estilo del viejo oeste podría imperar en Selene, si algún tipo con escafandra cometiese un crimen, nadie podría juzgarlo en una tierra sin ley. Menos mal que está despoblada, que no existen los selenitas, de lo contrario serían esclavizados y usados como mineros espaciales, testadores de medicamentos o donantes de órganos. También se podrían construir cárceles que ignoren los derechos humanos, como la de Guantánamo. Allí podría ir a parar sin juicio previo cualquier activista pro derechos civiles, periodista crítico o niño que les lance piedras a los soldados, todos ellos considerados terroristas.
Como la industria armamentística necesita vender, son necesarias las guerras frías y los telones de acero que nos mantengan seguros al borde de la hecatombe nuclear. Las dos superpotencias acabarían levantando muros para dividir su tarta de arena. Aunque seguro que otros también quieren un trozo. Puede haber una carrera por levantar banderas aunque no sople el viento para tomar posesión de la nada. Nosotros ya tenemos experiencia, mandamos a Tony Leblanc al satélite, aunque acabó en el desierto de Tabernas. Teniendo en cuenta la tradición patria, en el protectorado lunar español las ciudades llevarían nombres de santos, como San Marciano o Santa Estrella, cada una con su base militar, sus legionarios espaciales y sus cabras correspondientes.
Todo cuesta mucho dinero así que, en estos tiempos neoliberales que corren, lo que se lleva es la colaboración público-privada. Elon Musk y Jeff Bezos tienen la idea de cobrarnos la leche de la vía láctea. El turismo es el futuro, Petra, Laponia y la isla de Komodo cederán su lugar como paraísos exóticos a la Luna. Ya oigo la publicidad, “la Luna resort, ciudad de vacaciones”. Será como lo que quiere hacer Trump en Gaza, allí han fabricado ya un paisaje lleno de cráteres y arena gris. Habrá hoteles de ocho estrellas y casinos sin reglas. Será como en Eurovegas, el proyecto de Sheldon Adelson que nunca se construyó en Madrid, pese al visto bueno de Esperanza Aguirre. Allí los niños podrán beber, fumar y jugar a la ruleta. Se podrá acceder a los servicios de cualquier persona, animal o cosa, con mostrar una pulsera, cómo les ponen a algunos las pulseritas. “Lo que pasa en la Luna se queda en la Luna” ¡Pasen y vean, aquí todo está en venta!
La exploración espacial es tan fascinante como necesaria para la supervivencia de la especie a largo plazo. Debemos buscar otros mundos porque este nos lo estamos cargando. Somos una plaga, somos como el rey Midas, pero al revés. Investigaremos los posibles surcos que una bacteria pudo haber dejado hace millones años en Marte, mientras dejamos que se extinga el elefante africano. En la loca carrera de las estrellas se descubrirán muchas cosas buenas y nuevas formas de hacer daño, pero no lo podemos evitar porque es nuestra naturaleza, ahora en expansión galáctica.
Desde la Luna, la Tierra se ve hermosa, azul y frágil. No se ven las explosiones, no se oyen los gritos desesperados de las víctimas gazatíes y libanesas, pero se intuyen la codicia y la mala leche.

