Al “sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo” le llamamos democracia. Ha costado sangre, sudor y lucha, que disfrutemos de derechos civiles, culturales y económicos. España sabe mucho de esto, sólo para poder acariciar esta idea sufrimos reinados absolutistas, una invasión extranjera, una guerra de la independencia, ocho pronunciamientos militares, cuatro guerras civiles, el asesinato de cinco presidentes del gobierno, se derrocaron tres monarcas, se proclamaron dos repúblicas, se aprobaron siete constituciones, hubo cinco revoluciones y dos dictaduras, en poco más de cien años. Nadie, ningún rey, militar o iluminado nos ha regalado nada.

Ahora una oligarquía de tecno-millonarios ha levantado una enorme ola. Se acerca a gran velocidad, la vemos venir desde lejos, como veían acercarse “la flota del tesoro” en Cádiz en el siglo XVIII. Pero ahora no es la flota de indias, sino una invasión más peligrosa que la del pirata Drake, Barbanegra, Henry Morgan y Anne Bonny juntos. Vemos pelar las barbas de otros pueblos sin poner las nuestras a remojar. En el horizonte se ven brillar las velas, pero hay políticos que se quieren unir a la invasión, creyendo que se repartirán el botín con ellos.

Algunos creen que llegado el momento los podrán controlar, a fin de cuentas son sus hermanos pequeños, adolescentes díscolos que pronto volverán al redil. El líder de la “leal oposición” sigue los pasos del partido republicano estadounidense, la derecha gaullista, los tories y el resto de derechas democráticas, convertidos hoy en irrelevantes. En todo el “mundo libre” el aire se está volviendo irrespirable, tanto que nos recuerda mucho a los años veinte del pasado siglo.

La izquierda busca la unidad siempre que sean los otros, “los disidentes”, los que cedan y pasen por el tubo. Tienen un par de chorradas insalvables que los dividen y millones de cosas importantes en común que les resultan irrelevantes. Todos sus grupúsculos y facciones son los depositarios de la verdad revelada que, por un “quítame allá esas pajas” se convierten en el enemigo a batir. Brian trataba de explicarles a los integrantes del Frente Judaico Popular y a los del Frente Popular de Judea, que los enemigos eran los romanos, no el Frente del Pueblo Judío, pero a algunos no les gusta el cine. Pepe Mujíca hablaba del vicio de la división, del dogmatismo y la falta de pragmatismo, del izquierdismo infantil.

A muchos el éxito les sienta fatal, prefieren ser Pepito Grillo en la oposición y decir ¡No!, pero “no es lo mismo predicar que dar trigo”. Es increíble que políticos de izquierdas no apoyen el gobierno más a la izquierda de la historia ¿Qué esperan que pase? ¿Que la derecha se desintegre en todos sus formatos, para que así puedan gobernar en solitario? Hablan de todas y todos en femenino, se tiñen el pelo de colores vivos para demostrar públicamente su ideología, se ponen pegatinas y pañuelos palestinos, todo simbólico y solidario, está muy bien, pero cambiar la estética no es cambiar la realidad. Lo que ahora se denomina neoliberalismo y antes se llamaba capitalismo salvaje, nos tiene cercados y no se mitiga con símbolos, sino gobernando.

Se habla mucho de lo que desperdiciamos, la comida, el agua, el tiempo…  Pero no de la cantidad de votos que van al contenedor azul. En la jornada electoral los “diestros” van a misa, rezan y después votan, la familia unida vota unida… Los “zurdos” mientras se la cogen con papel de arroz y a la mínima se quedan en casa ¡Así aprenderán las derechas! O se pierden en un mar de papeletas casi iguales. Pronto habrá elecciones en Andalucía aprovechando que el PSOE está muy blandito, si nadie lo remedia, la izquierda, la auténtica, se presentará en tres candidaturas distintas con “programas muy, muy, diferentes entre sí”. No hay jaula para tanto grillo.

Las derechas van a necesitar mucha crema hidratante para paliar el escozor de manos de tanto frotárselas. A los ciudadanos no nos caben en la cabeza más siglas de la izquierda transformadora, que nada transformarán si no tocan bola. Cambian cada poco tiempo de nombre, con líderes efímeros que a poco que se despisten serán acuchillados por sus propios compañeros. Siempre queda un reguero de sangre roja, de gente que quería cambiar la realidad, pero no cambió nada.

Algunos piensan que ya está todo perdido, que los fachas de Vox, apoyados por un PP irreconocible y desnortado, gobernarán pase lo que pase. Hay un sentimiento de derrota que lleva a muchos a bajar los brazos. Parece como si el advenimiento del fascismo fuese un fenómeno natural, como si fuese un inevitable tren de tormentas con nombre y apellido. No nos jugamos que manden unos u otros, nos jugamos la democracia. La derecha se mimetiza con el neofascismo trumpista, la izquierda sigue preocupada con el sexo de los querubines. No creo que el cainismo inspirase a Juan Genovés cuando pintó “El abrazo”.

“¡El pueblo desunido siempre será vencido!”