(Extracto de mi novela "La siesta del carnero")
—Sabía que no me ibas a fallar —dijo alguien a nuestra espalda. El dueño de la voz, tras palmear el hombro de Federico, me dirigió una mirada pícara. Juntó los talones, más cómico que marcial, e inclinó ligeramente la cabeza con impostada solemnidad—. Jovencito, no te dejes pervertir por los comentarios de este educado profesor. Fíate más de mí: soy de saliva fogosa y hablo correctamente la jerga aramea de los jóvenes. Además, traduzco como nadie la lengua madre de la noche. Me considero católico, pero pecador sin redención; de hecho, solo conservo la afición por el gesto de la persignación. Mi padre le encargó a mi madre que me llamase Donoso. —Me ofreció su mano, que estreché sin perder la perplejidad—. El pobre murió el día que yo nací. Ya ves, me estrené en este infame mundo incordiando. Mi especialidad es la desobediencia. En este arte sí puedo instruirte. —Dedicándole un guiño a Federico, le advirtió—: Estoy sediento.
El alcalde aspiró un soplo de vanidad antes de pedir el cese de los aplausos. Se acercó al micrófono como si aquel fuera el momento cumbre de su carrera y entornó los ojos: «Sí, sí. Hola, hola». Satisfecho, se giró hacia el técnico de sonido con el pulgar hacia arriba. Seguidamente, recorrió con la yema del pulgar y el índice su bigote impecable, se ajustó las solapas y realizó el gesto de componerse la corbata. Si Charles Le Brun hubiera tenido ocasión de estudiar aquel versátil bigotito, quizá habría dudado antes de afirmar, en su famoso discurso sobre la expresión de las pasiones, que «el entrecejo es la parte del rostro donde mejor se revelan las pasiones». Comenzó con una anécdota y, tras las carcajadas cómplices que levantó su chascarrillo, sucumbió sobre los folios apoyados en el atril sin levantar apenas los ojos. Lo de siempre: la edad dorada llegó con él. A Federico le irritaba reconocer lo agradable que resultaba aquella voz milimétricamente orquestada; llegaba bien a los oídos, seducía.
El maestro de la desobediencia tomó de nuevo la palabra:
—No me gusta la gente que enseña demasiado los dientes. Quizás no sabes que tu alcalde no es un pata negra del sistema. En su día coqueteó con las barricadas, llevó el pelo con florecitas y se untaba pachuli hasta la fatiga.
—No hay nada más sólido que un converso —aclaró Federico—. Una vez que cruzan la frontera, son los que menos defraudan.
—Gracias, José María, por tus amables palabras —respondía el alcalde—. Es para mí un honor y una verdadera satisfacción…

El orador, de vez en cuando, desplazaba el acento de las palabras, convirtiendo las graves en esdrújulas. En otras ocasiones se entregaba al travestismo lingüístico, recurriendo a un pedante silabeo que evocaba a esos asnos de cuento que se disfrazan de lechuza para fingir sabiduría. Su gesticulación incitaba a pensar en la palabra ambición. En los pasajes de mayor calado ceremonial, agitaba los brazos con énfasis teatral. A ratos repetía su manido «me gusta ser franco». Oficialmente, un intérprete trasladaba a los directivos norteamericanos la versión inglesa del discurso, pero, a juzgar por el rítmico balanceo de sus cabezas, lo que llegaba a sus oídos sonaba a pasatiempo. No en vano, alguien comentó que en realidad escuchaban por los auriculares era folk plañidero de Kentucky.
En su reciente viaje a Las Vegas, Julio Osorio tuvo una iluminación que le dejó huella:
—Quiero pasar a los libros de historia como el Padre de la diversión —dijo con voz llena de energía, reflejando la intensidad con la que vivía sus ideas—. Y la diversión consiste en asumir riesgos: es lo que rejuvenece y lo que permite oxigenar los mercados, insuflando vigor a la maquinaria del progreso.
Poco a poco, radiante de entusiasmo, fue desgranando al detalle la ciudad ideal que pretendía implantar en Ofrán de la República: un modelo económico al que denominaba «pragmatismo inquebrantable». A diferencia de otras revelaciones, la suya no vino acompañada de un manifiesto inaugural difuso. El punto de partida era lo que él llamaba abiertamente «la extirpación de lo antiguo». Varias pantallas enormes, repartidas estratégicamente por el recinto, proyectaban imágenes del orador, centrando la atención en su bigote —a lo Clark Gable—, un ente autónomo que acentuaba los elementos clave del discurso.
—Tenemos la obligación moral de estar con los tiempos modernos, una obligación que nos impele a transformar los viejos edificios en salones de juego, casinos, restaurantes o espacios de ocio; en definitiva, palacios de turismo donde todo se vende. De aquí deriva nuestro emblema.
—Un emocionante viaje a la ley a la selva, con despiadados inversores convertidos en cazadores furtivos —dijo Donoso y, haciendo un barrido por el público, añadió— Esto está que rebosa de excomunistas que ensalzan las virtudes del libre comercio.

El periodista Merlín Folgado expresaba recientemente en La Gaceta la notable evolución de Julio Osorio:
Atrás quedan los discursos hiperbólicos y la rabiosa propensión al insulto que marcó su época de opositor. En esta nueva faceta, nadie puede negarle el empeño por ofrecer una propuesta clara y detallada: su idea de ciudad es similar a un agujero negro diseñado para extraer el lado salvaje de sus visitantes.
—Quiero edificios que transmitan optimismo —gritó en tono mitinero, meciendo el bigote al compás de sus palabras—. Cada época tiene un destino marcado; a la nuestra le ha tocado dar un enorme salto hacia el futuro. Una hazaña a la medida de personas valientes, de personas como nosotros, que creen en el progreso, que saben que las políticas verdes no son más que molestias administrativas y a las que no les tiemble el pulso cuando haya que clausurar reliquias que nos han acompañado desde Jericó. Si de verdad queremos convertir a Ofrán de la República en la capital europea del entretenimiento, es necesario extirpar sin contemplación la raíz de todo lo que estorbe; si algo no se vende, déjalo morir: el mercado decide. Renunciemos a sentimentalismos improductivos y paparruchadas místicas. Las cosas no son mágicas; todo es lo que es: si salvamos alguna ruina no será por nostalgia, ese es el ritual del blandengue. —Era claro hacia dónde dirigía el dardo: el Cementerio de las Turquesas. Uno de sus proyectos más discutidos era derribarlo para construir un casino y ubicar el nuevo camposanto en el barrio de la Cuesta de la Madre, en un solar propiedad de unos especuladores inmobiliarios—. Solo cederemos al indulto allí donde el dinero del turista consiga sacarle brillo a una puñetera piedra para convertirla en una vaca lechera de alto rendimiento.
Jaleado por el clamor, Julio Osorio subió la apuesta y tensó el discurso hasta llevarlo a una nueva dimensión; la piedra del escándalo le daba réditos.
—Seamos serios y sensatos: lo que de verdad cotiza hoy es la marca, esa alquimia que convierte el fango en oro. Y la marca Ofrán de la República, digámoslo sin paños calientes, no vale un peo. Si este sello de identidad es lo primero, habrá que rebautizar urgentemente nuestra ciudad con una palabra que espolee las emociones. Quiero que quien ponga un pie aquí, aunque le desplumemos hasta el último céntimo, saque pecho y fanfarronee ante el mundo de haber pasado por Osoria. Dejémonos de derechos que no son más que antiguallas paralizantes y centrémonos en lo que de verdad nos importa: el control de la realidad; si no dominamos los hechos, si no los construimos nosotros, serán ellos los que nos aplastarán.
—Ya veis que corren malos tiempos para la modestia —dijo Donoso—. Es la hora de la soberbia; solo los arrogantes consiguen poner al público de su parte. —Y canjeando la descompasada colección de espasmos que recorría su rostro por una expresión escéptica, nos ofreció su crónica particular acerca del personal allí congregado—: Parece que están atentos y que escuchan con educada devoción. No nos equivoquemos: estos buitres han aprendido como nadie a simular su atención durmiendo a medio cerebro, como las focas, pero ellos con un ojo abierto, a la manera del diablo. Expertos en reconvertir las tediosas sílabas del orador en una nana de fondo; solo tienen que dejarse llevar por ese arrullo y disfrutar de la ensoñación de su propio encumbramiento. —Al hablar, salían a la luz las bajas que el tiempo había cobrado en su dentadura—. Por fuera prima el respeto y la moderación; en esto apenas se diferencian de cualquier perro domesticado en una familia de clase media. Pero no es difícil adivinar la salsa licantrópica que se cuece en sus entendederas. Mejor no imaginar las traicioneras dentelladas que se propinarán en la intimidad vengativa de sus sueños.
»Fijaos en los de las primeras filas. ¿Habéis visto? En lugar de dirigir su mirada idiotizada al orador, orientan sus tragaderas hacia el alcalde. —Y con voz afectada exclamó—: ¡Qué precisión coreográfica! Esas bocas entreabiertas emulan la raja de una hucha al acecho de una moneda. La codicia es la virtud más aplaudida por esta audiencia, los eleva más que la cocaína. Es su verdadera guía. ¿Queréis saber cómo defino a este ejército de ociosos? Yo diría que estas caras abotargadas pertenecen a la clase de organismo que anhelan un camarero capaz de trasmutar unas tripas de ternera con pimientos choriceros en uno de esos eufemismos bombásticos que se cultivan en la alta cocina; qué sé yo: alegoría del atardecer laminado y engalanado con esencias de lágrimas vulcanas de primavera. No les importa que les sirvan gato por liebre. Ni se enteran; su paladar está extraviado en el aliño de la impostura.
¿Estáis siguiendo al alcalde? ¿No os parece un mal refrito del discurso que Galdós pone en boca de Francisco Torquemada? Da igual; están en otra cosa. Solo son una panda de adulterados sofistas que confunden la apariencia con el camelo. Ninguno sirve de botón de muestra de la virtud ni merece ser imitado. Son aduladores profesionales con un currículum que no va más allá de una carta de recomendación oxidada. Es un hecho que la estupidez, amigos míos, se contagia con la naturalidad de un bostezo. ¿Habéis visto con qué entusiasmo de psicopedagogo desenfrenado aplauden los rebuznos oratorios de este Calígula en conserva? Fijaos bien: el cuadro no tiene desperdicio. Es gente ambigua, dedicada a verlas venir. La papeleta que le toca a estos figurantes no es otra que atender a una boca convertida en desagüe de eslóganes. ¿Y cuál es su respuesta? Pues ya lo veis: jadean como perros sin raza, mientras, bailando al son que les toquen, aguardan su utopía en la perrera municipal.

