Somos sólidos entre fluidos, transitamos entre el cielo y la tierra. Desde aquí todo es arriba o abajo, encima o debajo, duro o blando. Teniendo la mayor paleta de colores inventamos el blanco y negro sólo para comprender la compleja realidad. Es mucho más práctico pensar de manera bitonal que imaginar abstracciones cromáticas. Afortunadamente podemos soñar en dimensiones paralelas.

A mí se me hace apetecible una cuarta dimensión colorada. Sutil y enérgica, fuerte, pero capaz de quebrarse con el roce de los labios rojos de Marilyn Monroe. Tan furtiva y clandestina que sólo pueda habitar en el territorio de lo onírico, ese que no se ondula como el desierto dunar ni se ablanda como el mar de fondo. Tajante, poderosa, rotunda y femenina como las modelos de Helmut Newton. La pasión es como la sangre arterial, impetuosa e indomable, excitante y absolutamente humana. Rojo clavel revolucionario, roja eterna controversia política, incapaz de ponerse de acuerdo si es escarlata o rubí.

Podemos imaginarnos también un universo verde, pero el cosmos no es blanco ni tinto, ni tiene color. Es una eterna noche sin luna en la que el verde ha desaparecido como en un bosque calcinado. El único verdor en el vacío es la piel de Urano, que a base de no querer verla color cian, la vemos verde. Podemos imaginarnos las praderas inglesas, los bancales de Las Alpujarras, el Atlántico regando de algas la playa de Punta Umbría o un infinito mar de olivos picuales adornados de plata en Sierra Mágina.

Pienso en verde y mi pesimismo bien informado hace que me entristezca ante el indiscutible cambio climático, mientras la selva amazónica se convierte en ceniza. Así que prefiero fantasear con los impresionantes ojos de Ava Gardner. Quiero pensar que sólo me miran a mí. El autoengaño está permitido cuando reino en mi mundo privado. Ella era una estrella del color de la esmeralda que miraba lo que deseaba y hacía lo que quería sin pedirle permiso a nadie, sin ser objeto más que de sí misma. No hay rayo verde de “Éric Rohmer” que la pueda eclipsar.

Miro al cielo con esperanza sí, esperando que desaparezcan las nubes arrastradas por el viento de levante. Quiero ver el azul de los azules, intenso, contundente y relajante. La lluvia limpia poluciones y deshace grises, apaciguando las almas ansiosas sometidas al estrés vital. Esta mañana el azul sólo es interrumpido por el algodón de azúcar de cúmulos viajeros. Transitan continentes enteros esculpiendo formas, capricho más de la surrealista mente humana que de la madre natura, que nada sabe de poesía visual aunque sea su máxima creadora. El deseo hacia las azules no se manifiesta hacia Neytri, aquel personaje felino del bosque de Pandora en “Avatar”, ni con Pitufina. El azul tiene la longitud de onda más corta, está destinado a ser agua y cielo. Ocupa gran parte de un pequeño planeta de agua llamado tierra, situado en un suburbio marginal de la Vía Láctea, un lugar del que no mana miel de abeja ni leche desnatada.

Me es imposible creer en infiernos incandescentes regidos por ángeles caídos en desgracia, disidentes del poder absoluto uno y trino, ejecutado por arcángeles de espadas relucientes. Tal vez por eso soy incapaz de imaginarme a serafines sabios o mofletudos querubines huidos de un cuadro de Murillo jugando a los dados con el destino. Sí puedo imaginarme a niños descalzos y “desmofletados” bajo el cielo inclemente de Gaza sufriendo una incesante tormenta de piedras. También a ballenas azules tropezando con cadáveres de migrantes a la deriva, la mar se tiñe de sangre “Hosanna in excelsis”.

El día se vuelve noche americana y su extraña luz azul excita a cualquier mirón aunque no sea fotógrafo. Azul como el Mediterráneo en el que aprendí primero a bucear, luego a nadar. Turquesa como los ojos de aquella chica de la que olvide voluntariamente su nombre. Cobalto intenso y vibrante que deslumbra en la cerámica del Albayzín y en las calles de Chaouen. Azul eléctrico o real, intenso y oscuro como el índigo o el marino, inflamable como el petróleo, místico y germánico como el azul de Prusia o inexistente como el del cielo sobre Berlín.

La luz se descompone en tres colores básicos, rojo, verde y azul. De algo tan sencillo, que no simple, surgen todos los colores imaginables, cada uno con su estado de ánimo. Pero yo, de todos los colores prefiero el azul, génesis de vida en la mar salada, aire cargado de oxígeno. Sobre nuestras cabezas se levanta una cúpula infinita que nos traslada al país de los anhelos, a la patria de los deseos. Basta con imaginarlo para saltar la línea del horizonte que divide el mar y el cielo, el azul del gran azul.

Aunque me da miedo un futuro monocromo, sueño con azules.

También pudiera ser
que huyéramos hacia el azul
con rumbo a un atolón
perdido en los mares del sur
” (L. E. Aute)