Como postula el filósofo puertorriqueño José Martín Morales (Ricky Martin), damos un pasito p'alante y un pasito p'atrás. Así se mueve el mundo, o mejor dicho, así lo mueven, el péndulo siempre vuelve a su origen. Con sangre, sudor e insistencia, la sociedad avanza ganando causas perdidas. Generación tras generación se van acumulando conquistas que hay que arrancarle al poder a martillazos. El pueblo puesto en pie, pide, reclama y exige, pero el dinero no entiende de personas y siempre tiene el cuento de la lechera preparado. Los que no fabrican nada, los que sólo hacen dinero, nos dicen que trabajando como esclavos nos haremos ricos.
Los agoreros que convierten el vino en agua repiten que estamos al borde del abismo, siempre nos acecha un cataclismo. Al poder le gustan las sociedades acríticas, necesita el miedo para hacerse con todo, necesita el pensamiento único y la mentira. Este mundo cada vez es más peligroso para todo el que “reflexione fuera del recipiente”. El cuerpo de predicadores del caos y fabricantes de estiércol digital e impreso afirma que esto no pasaba antes o que ha sido así toda la vida, quien paga manda. Los pobres, calvos de nacimiento, están dispuestos a comprar cualquier crecepelo. Sueñan con melenas abundantes mientras se aplican el ungüento en la cabeza ¿A quién no le gustan los placebos?
Reíd gente humilde, creced y multiplicaos, pagad hipotecas, progresad a fuerza de madrugones, avanzad pasito a pasito, que ya se inventarán otra crisis. Con cara de circunstancia dirán que ya no sois rentables, que sois mayores, o que sois muy jóvenes. Os dirán que esto es lo que hay para, a continuación, culparos de la situación. Los contables cuadrarán las cuentas a vuestra costa, a base de cuentos. Entonces las conquistas se volverán a ir por el desagüe. Dicen ¡hagan juego señores! pero aquí siempre gana la casa.
El hermoso futuro de amor y paz siempre está por llegar, pero nunca llega. Llevamos veinticinco años de centena y podemos estar orgullosos, hemos conseguido pasar con éxito del infame siglo XX al miserable siglo XIX, del capitalismo salvaje a la plutocracia indomable, del estado del bienestar, al malestar general. Ya no somos personas, sin rechistar nos hemos convertido en usuarios, consumidores, números, datos estadísticos, votantes que se tragan relatos fungibles llenos de chivos expiatorios, enemigos públicos y soluciones milagreras.
Enfermos de amnesia colectiva, desandamos el camino de los logros sociales, enfadados unos pocos, resignados la mayoría, entusiasta una minoría que quiere ser liberada del yugo de la democracia, pensando que en una dictadura ellos serían capataces y no ganado. El síndrome de Estocolmo lleva a muchos a defender apasionadamente a sus torturadores que les dicen que su desdicha es culpa de los negros, los moros, las tías, los rojos, los maricas o los canarios flauta…
Vivimos montados en un péndulo movido por estrafalarios personajes que cortan la tarta con sable. Líderes nucleares que se reparten el planeta en función de quién la tiene más grande, como en 1494 en Tordesillas. No sé en qué trozo de pastel cae mi barrio. Lo que sí sé es quienes irán correteando recogiendo las miguitas. Como cantaba Serrat “Todos los piratas tienen un lorito que habla en francés”, muchos hablan francés, neerlandés y lo que haga falta. El mundo se parece cada vez más al Loro Parque de Tenerife.
Sólo espero que ante el miedo que provocan estos matones, disculpan los atiborrados y justifican con falacias los voceros, los demás, los de clase media, quiero decir los pringaos, no busquemos la protección de señores feudales. Que volvamos a creer que el poder es un don divino destinado sólo a unas estirpes de sangre más o menos añil. Somos muchos más, deberíamos cortar el bacalao, pero sólo lo pagamos a precio de oro.
La vieja Europa chochea perdida en la contemplación de sus múltiples ombligos, discutiendo si el amigo americano es un galgo o un podenco, sin advertir que no es amigo de nadie. Vivimos acogotados ante las amenazas de un fantasma que no ha ganado una guerra desde 1945. Un imperio decadente muerto de miedo que parece querer morir matando. Ya ha empezado, primero mató su industria, después la legalidad internacional, más tarde su democracia y ahora quiere acabar también con la nuestra. En los años treinta, el dinero se defendió de los derechos con un ejército de “camisas pardas”, ahora con el ICE. Pobre pueblo americano.
Agachamos la cabeza ante el matón en lugar de mirarlo a los ojos. Le compramos su fanfarronada de portero de discoteca, sus armas y su discurso. Nos hemos olvidado de cómo se levanta el dedo medio. Somos más grandes de lo que creemos, pero también somos y tenemos la mentalidad de los vasallos. Ante el autoritarismo necesitamos más “estado social y democrático de derecho”. Ante los ultranacionalismos, necesitamos más Europa. Ante Wall Street, humanidad. Ante las amenazas de Trump, “ICE out now”. ¡OTAN no, bases fuera!

