La banalidad del mal, conocida obra de Hannah Arendt, es un referente al que vuelvo una y otra vez. Intento comprender su significado en cada momento histórico, el peligro de esa “banalidad” porque puede convertir a personas mediocres, incluso compasivas para los animales, en verdaderas perpetradoras de las mayores crueldades. Son personas que no se platean si lo que le mandan hacer es malo para el otro, porque antes de llevar a cabo sus crueldades ya han deshumanizado a las personas que van dirigidas sus injusticias, actos que puede ir del desprecio al asesinato. Es lo que ocurre con las personas racistas tanto en EEUU como a nuestro alrededor.

No voy a hablar aquí de la obra de mi admirada Arendt, cosa que sería una pretensión fuera de toda humildad. Sé perfectamente hasta dónde llega mi conocimiento sobre la obra de la filósofa alemana y hay expertos en su obra en los que hallar respuestas y ahondar en su mensaje.

Hoy quiero hacer una reflexión, sin pretensiones, sobre cómo hemos llegado a normalizar las maldades que ocurren en el mundo, sobre cómo las trivializamos. Estamos saciados de imágenes horribles del genocidio de Gaza. Tenemos conversaciones en las que expresamos nuestro profundo pesar sobre el dolor de un pueblo. ¿Profundo? Creo que no. Para profundizar en algo es necesario reflexionar, buscar una explicación y llegar a una conclusión sobre la verdadera naturaleza de ese horror que intentamos olvidar inmediatamente porque nos hace daño. Ahora es un alivio que Gaza ha desaparecido de las pantallas, igual que las demás guerras que azotan el planeta. Este planeta nuestro que un día mirando un mapa de la Tierra me pareció pequeño, una casa frágil y hermosa que descuidamos.

No podemos dejar que nos normalicen la muerte de las guerras. Siempre que lo he pensado no he entendido cómo la muerte, el asesinato en las guerras lo consideremos “normal”: hombres disparando, matando a otros hombres que a la vez disparan y matan a esos otros hombres. Hombres que la mayoría de las veces solo sueñan con estar en sus casas, en sus barrios con sus familias, con sus amigos. Empleando una expresión popular diré que “me explota la cabeza”.

Igual ocurre con la normalización, no ya del mal supremo como podía ser el de Otto Adolf Eichmann, sino toda acción injusta que daña al otro, a la otra. Todas aquellas acciones que sé que solo buscan el beneficio de unos en detrimento de los derechos, aunque ésos sean menores. No, no hay derechos menores, aunque es lo que nos decimos a nosotras mismas para dejar pasar acciones o inacciones que no llegamos a interiorizar, sobre las que no reflexionamos ni actuamos.

Actuemos, aunque sea desde un pueblo de la campiña sevillana. Reflexionemos, aunque solo sea para sentirnos vivas y vivos, para que la banalidad no nos convierta en seres oscuros y mediocres.