No es verdad que Fuentes tenga un Jueves Lardero. Tiene lo menos 7.200 Jueves Larderos, uno por cada fontaniego. Cada uno cuenta le feria según le va en ella. En realidad, Fuentes tiene muchos más de 7.200 Jueves Larderos porque cada año cambia conforme mudan los fontaniegos. Aunque parezcan iguales, cada año tiene un punto de variación con respecto al anterior, algo diferente apenas perceptible a los ojos distraídos de los vecinos y vecinas. Ese algo diferente de cada año se va sumando a los anteriores para producir mudanzas en las costumbres que sólo son perceptibles cuando se observan desde la lejanía en el tiempo y en el espacio. Todo cambia, decían los clásicos.
Si uno mira lo que ocurre en Fuentes en estos días previos al Jueves Lardero y al carnaval verá que nada es como era cuando muchos de los que ahora acuden al parque rural apenas levantaban medio metro del suelo cuando se dirigían a los pinos, más inocentes que pavos, soñando con chupar una pirueta y preguntando cosas tan complejas como la forma mejor de bailar el trompo. El Jueves Lardero se ha ensanchado tanto, que para los niños actuales sus límites se pierden en las profundidades de las pantallas digitales y van infinitamente más allá del planeta Tierra. En cambio, la vista de los niños y niñas que transcurridos los años iban a convertirse en sus abuelos y abuelas no alcanzaba más allá de los Cerros de San Pedro y lo más lejos que conocerían ellos sería Melilla vestidos de color caqui.

La inocencia se vendía al por mayor en Fuentes junto con los palmitos, los entornaos, las castañas pilongas, el pan de rosca y los choricitos fritos. La inocencia venía en los sobres que el Amarguilla vendía en su carrillo. Acompañaba las estampas de los jugadores de fútbol más famosos de la época y las estampas de muñequitas vestidas de azul, con su camisita y su canesú. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis. El Jueves Lardero sacaba al campo a unos niños que vivían todo el año con un pie -o con los dos- en el campo, niños temerosos de otros niños, niños tímidos, Niños sin futuro, niños con la pierna a rastras por la polio, niños con los ojos surcados por el vuelo de los pájaros, niños invasores de la intimidad de los nidos, niños de rodillas siempre con postillas, niños traviesos, crueles, resabiados.
Había una fiesta y no más para ir al campo. El resto del año salir al campo era sinónimo de ir a sufrir, la otra forma que referirse al trabajo agrícola durante toda la historia de la humanidad. Luego llegó a Fuentes la romería como el anuncio de un tiempo nuevo que vendría marcado por el disfrute de la vida campestre y pastoril de la que hablaba el poeta Virgilio en el siglo I antes de Cristo. También por el uso de la religión como excusa para el placer mundano. Ese tiempo se alarga hasta ahora. En el pasado, los poetas bucólicos no segaban en agosto como lo hacían muchos niños de la última posguerra española, cuya posterior dictadura les obligaba a levantar el brazo cuando en el patio de la escuela -los privilegiados que podían ir a la escuela- sonaba el himno nacional.

¿A qué sabía el campo antes? Un día del año, el Jueves Lardero, a chorizo, guiso de espárragos, morcilla, huevos duros, roscas de pan, palmitos, entornaos y castañas. Sabía a caminata desde Fuentes a los pinos con la talega a cuesta. El resto del año, el campo sabía a sudor salado, a dolor de brazos y piernas, a rabia contenida y a silencio forzoso. Caminante, se hace camino al andar. Lardero se hace al caminar, no montado en un todo terreno. Ahora sabe sobre todo a cerveza, vino, tortilla, carne a la brasa, cante, baile, caballos, borrachera, humo de tubo de escape…
Los niños de ahora, hipnotizados por las pantallas, son menos inocentes que los de antes, pero desconocen el plim, el trompo, la arrimaíta, las canastitas… No son ni mejores ni peores, son diferentes, como diferentes son los padres y el mundo en el que viven. La talega es la mochila y la pantalla del móvil es el cordón umbilical que les une con el resto de la humanidad. Han ganado la amplitud de conocimientos, pero han perdido la intensidad de las vivencias. En cualquier caso, quién es nadie para decirle a nadie lo que debe hacer o dejar de hacer. Otros tiempos, otros Jueves Larderos. Ya se van los Reyes Magos, ya se van los Reyes Magos, ya ve venir el carnaval, tiempo para el disfrute y la libertad.

