Hace unos meses inicié en estas páginas una serie de artículos bajo la misma pregunta: ¿por qué no compro en Amazon? En la primera entrega abordé la evasión fiscal de la compañía: cómo domicilia sus ingresos europeos en Luxemburgo para eludir su responsabilidad tributaria en los países donde realmente opera, privando a nuestros servicios públicos de recursos que les corresponden. En la segunda, analicé la competencia desleal que ejerce sobre el comercio local: sus condiciones asimétricas asfixian a las pymes, que sí tributan aquí y sostienen el tejido económico de nuestras ciudades. Hoy llega el tercer argumento: las condiciones laborales de quienes hacen posible esa entrega al día siguiente que tanto nos seduce.
¿Qué clase de comodidad puede justificar que aceptemos entregas en 24 horas a costa de trabajadores tratados como piezas desechables?
Si quisiéramos expresarlo de forma amable, bastaría repetir el extraordinario hito al que alude Doug Herrington, CEO de Amazon Worldwide Stores, quien afirmó que Amazon está entregando su mayor selección de productos a los miembros de Amazon Prime en EE. UU. a las velocidades de entrega más rápidas de la historia. Un desafío a la lógica del espacio. En 2024 estableció nuevos récords de entrega, con más de 9 mil millones de artículos entregados el mismo día o al día siguiente a nivel mundial.
La imagen de eficiencia perfecta: un pedido realizado al caer la noche y entregado a la mañana siguiente.
Dejando atrás los eufemismos y el lenguaje frío de los informes, habría que decir que esta proeza no es inocua. Esa eficiencia sobrehumana, en primer lugar, lo pagan quienes trabajan en la base del sistema. Trabajadores de almacén, repartidores y personal logístico operan bajo condiciones laborales precarias que rozan el maltrato laboral. Jornadas extenuantes, ritmos de trabajo marcados por algoritmos, evaluaciones constantes y presión para mantener cuotas inalcanzables conforman un día a día que poco tiene que ver con el reluciente escaparate digital.
Numerosos informes de organismos y medios internacionales han documentado estas prácticas. En España, investigaciones periodísticas han denunciado contratos temporales encadenados, dificultades para sindicarse y presiones que, en ocasiones, derivan en lesiones físicas o estrés severo. Amazon ha afirmado públicamente que cumple con todas las normativas laborales locales, pero las reclamaciones de trabajadores, las huelgas en fechas clave y las investigaciones abiertas en varios países europeos sugieren una realidad mucho más áspera.

Tomemos un caso ilustrativo: en uno de los centros logísticos de Amazon en Madrid, los empleados denuncian que cada trabajador de almacén lleva un dispositivo electrónico que registra cada movimiento que realiza. Cada tarea (por ejemplo: recoger un objeto de una estantería y llevarlo a otra) tiene un tiempo estándar máximo asignado. Ese tiempo no es estimativo ni flexible: el sistema cronometra exactamente cuánto se tarda en hacerlo. No se considera el cansancio acumulado, ni pausas razonables fuera de los minutos estrictamente estipulados. Si un trabajador se retrasa sistemáticamente unos pocos segundos, el sistema lo detecta y puede emitir advertencias automáticas, penalizar en la evaluación de productividad del trabajador o justificar su despido automático si no mejora.
Es inevitable que este control sombrío, la deshumanización progresiva y la pérdida de libertades hagan que la palabra “distopía” aterrice en nuestra mente. Y con ella aparecen también 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Nosotros de Yevgueni Zamiatin, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Todas esas ficciones que alguna vez nos parecieron advertencias lejanas empiezan a parecerse demasiado al presente. Y, claro, también resulta inevitable pensar en Foucault: el poder ya no necesita gritar; le basta con medir, registrar, optimizar… y despedir.
Desde el punto de vista del consumidor, la entrega rápida y eficiente parece un triunfo del ingenio humano. Pero esa rapidez tiene un coste oculto: la erosión de los derechos laborales y la deshumanización del trabajo. En nuestra condición de ciudadanos, el problema va aún más allá: aceptar que grandes plataformas cimenten su competitividad en modelos laborales precarios significa normalizar un deterioro social que, a largo plazo, también podría alcanzarnos. Porque un país con peores condiciones laborales no solo empobrece a sus trabajadores, sino que erosiona la cohesión social y debilita las bases de la democracia.
Amazon no se limita a contratar trabajadores: los administra como un recurso productivo más, al mismo nivel que sus robots o sus sistemas logísticos. Para ello, ha perfeccionado en todo el mundo un modelo de intermediación que le permite externalizar la relación laboral directa y trasladar los riesgos y los costes a terceros. Estas estrategias incluyen desde la subcontratación sistemática hasta el uso de plataformas que fragmentan la responsabilidad empresarial. Existen artículos académicos que analizan en profundidad estas prácticas (ver: logística, cesión, subcontratación), que muestran cómo estas formas de organización no solo debilitan los derechos laborales, sino que también difuminan la figura del empleador hasta hacerla prácticamente irreconocible.
En muchos casos, la compañía recurre a empresas de trabajo temporal o subcontratas locales que aceptan condiciones de contratación más laxas que las que Amazon asumiría de forma directa. Esto le permite incorporar trabajadores en países donde los derechos laborales son mínimos —como India, Bangladés o Vietnam—, pagándoles sueldos ínfimos y exigiéndoles jornadas extenuantes, sin las garantías básicas que deberían proteger su dignidad.

Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica puede encontrarse en India, donde trabajadores subcontratados por Amazon han protagonizado protestas tras pasar meses sin cobrar sus salarios o sin ver respetados sus derechos laborales básicos, según documentó el Business & Human Rights Resource Centre. Además, una encuesta realizada por la UNI Global Union, una federación sindical internacional que agrupa a más de 20 millones de trabajadores en todo el mundo, reveló que los empleados de los centros logísticos de Amazon en India sufren presiones extremas, jornadas extenuantes y condiciones inseguras, con graves restricciones incluso para necesidades básicas como el descanso o el acceso al baño.
De esta forma, Amazon mantiene su imagen de cumplimiento legal en los países donde opera formalmente, mientras se beneficia de un sistema que produce trabajadores de bajo coste y derechos recortados, listos para ser utilizados y descartados según convenga a su estrategia logística.
En España, este esquema se reproduce adaptado a la legislación local. Buena parte del personal que trabaja en sus almacenes y centros logísticos no depende directamente de Amazon, sino de empresas de trabajo temporal (ETTs) o de empresas subcontratadas que suministran trabajadores a demanda. Así, la compañía puede aumentar o reducir plantillas de forma abrupta, sin asumir las obligaciones laborales plenas que corresponderían a un empleador tradicional.
Este modelo fragmentado genera consecuencias preocupantes: alta rotación de personal; precarización estructural, con contratos temporales o a tiempo parcial; y un control total mediante tecnología. Aunque los contratos sean de terceros, Amazon mantiene la supervisión absoluta de cada trabajador. Dispositivos portátiles y programas informáticos diseñados para medir la productividad registran en tiempo real cada movimiento, cada pausa, cada error, desplazando la gestión humana por algoritmos que no contemplan la fatiga, el error ni la dignidad.
Como ha señalado Gemma Galdón, doctora en Políticas Tecnológicas, lo que sucede en estos centros podría calificarse como una forma de terrorismo digital: cada tarea debe ejecutarse en un tiempo extremadamente preciso, y los dispositivos de control registran la actividad del trabajador al detalle, anulando su margen de autonomía.
Esta lógica de despersonalización se apoya en departamentos específicos: Learning and Development, encargado de formar y reentrenar al personal con rapidez —no para impulsar su desarrollo profesional, sino para que encaje sin fricciones en cualquier engranaje del sistema, igual que una pieza intercambiable—; Loss Prevention, que supervisa la seguridad —es decir, que también se encarga de la monitorización constante de los trabajadores, incluyendo posibles actividades sindicales, lo que representa una forma de vigilancia incompatible con el derecho a la organización y con la dignidad de quien trabaja—; y Operations Management, que dirige el conjunto con criterios de eficiencia extrema, ajustando flujos de trabajo, tiempos y movimientos como si se tratase de una cadena de montaje automatizada, no de una organización compuesta por personas. Lo humano —el cansancio, la salud, la incertidumbre— no entra en la ecuación.
Así, Amazon convierte el trabajo en mercancía reemplazable al instante: igual que almacena productos esperando su envío, almacena cuerpos esperando su productividad. La deshumanización no es un daño colateral: es parte esencial de su modelo operativo.
En este sentido, el filósofo y ensayista francés Éric Sadin —cuya obra recomiendo encarecidamente leer— ha desarrollado una crítica lúcida y radical a las transformaciones sociales y laborales impulsadas por las grandes plataformas tecnológicas, como Amazon. En La vida algorítmica: Crítica de la razón digital, analiza cómo las tecnologías digitales reconfiguran las relaciones humanas, convirtiendo a los trabajadores en piezas intercambiables dentro de sistemas automatizados. Señala que estas prácticas despersonalizan el trabajo y erosionan la autonomía individual, al subordinar las decisiones humanas a lógicas algorítmicas. En La era del individuo tirano: El fin de un mundo común, Éric Sadin profundiza en cómo el modelo de gestión de empresas como Amazon promueve un individualismo extremo, donde la eficiencia y la productividad se imponen sobre el bienestar colectivo. Denuncia cómo estas corporaciones monitorizan y controlan a los empleados mediante la tecnología, reduciéndolos a simples ejecutores de tareas dictadas por máquinas.
Quizá todo esto sea posible, también, porque el espíritu de época lo favorece: un individualismo extremo, que inocula la idea de que mientras el daño no nos alcance directamente, no es asunto nuestro. Así, asistimos con indiferencia a la deshumanización de nuestros congéneres, como si el dolor ajeno fuera un espectáculo que no nos concierne. La erosión silenciosa de los derechos laborales no solo degrada a quienes la padecen hoy: también debilita las defensas colectivas que un día, tal vez, todos necesitemos. No vaya a ser que, cuando vengan a por nosotros, suceda lo que Martin Niemöller advirtió sobre los peligros de la indiferencia: que ya no quede nadie que pueda protestar.
Publicadas ya en anteriores artículos sendas razones de mi negativa a comprar en Amazon, a la luz de esta nueva batería de argumentos no puedo sino reafirmarme en mi empeño: me niego a comprar en Amazon. Porque no quiero contribuir con mi dinero a un modelo que trivializa el trabajo humano hasta convertirlo en mercancía y normaliza prácticas que atentan contra la dignidad y los derechos básicos. Puede que mi gesto sea insignificante frente a la magnitud de la empresa, pero estoy convencido de que resistir, incluso desde lo más modesto, es una forma de recordar que no todo está perdido: que aún podemos oponernos al cinismo de una época que tiende a aceptar como inevitable lo que no debería ser tolerado.

