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Sin apelar a ninguna edad de oro, la imagen que mejor representa la decadencia del ser humano en este último cuarto de siglo es la de Sebastián: una persona aislada del mundo, mientras, absorta, desliza el dedo por la pantalla táctil ad infinitum. Lo peor de todo es que esta alma solitaria, presa de una atención subyugante, no se siente atrapada, sino libre. Y esa falsa sensación de libertad, alimentada por un algoritmo diseñado para que nunca se detenga, es lo que hace tan difícil de combatir: no hay fricción que active la alarma.
Artur Ramon —anticuario, galerista e historiador del arte y, sobre todo, una voz con autoridad para reconducir el humanismo del que nos aleja la sociedad del consumo— dice que lo más antagónico al scroll es mirar un cuadro. Mirar de verdad es un hecho subversivo y radical. Mirar allí donde hay relevancia, en las cosas verdaderamente sólidas, acompleja: es el vértigo de quien sale de la caverna del scroll y no sabe aún mirar de frente la luz. Yo diría que resulta mil veces más provechoso e inspirador mirar un muro sucio que malgastar la vida enganchado a esa infame rutina.
Y no es ningún exabrupto: en un pasaje muy conocido del Tratado de la pintura —compilado a partir de los escritos y notas de Leonardo da Vinci por su discípulo Francesco Melzi tras su muerte— Leonardo aconsejaba a sus discípulos que, cuando les faltara inspiración o quisieran estimular la invención, se detuvieran a mirar un muro sucio, manchado de humedad o con piedras de colores irregulares. Según él, si se observaba con atención, en esas manchas podían "descubrirse" formas: paisajes con montañas, ríos, rocas y árboles; batallas, figuras humanas y animales en movimiento; rostros y expresiones; composiciones enteras, con perspectiva y profundidad.

Leonardo intuye ya, sin nombrarla, esa pedagogía de la creatividad que sostiene que esta no siempre nace de la observación directa de la naturaleza, sino de la capacidad de la mente para encontrar sentido donde aparentemente no lo hay. Y dado que el cerebro no funciona por compartimentos estancos, sino en red, todo apunta a que esa estructura —esa forma de hacer— que queda fijada al aprender a proyectar sentido donde antes solo había manchas, no pertenece en exclusiva al campo donde se aprendió: el cerebro, dotado de plasticidad, la recicla y la pone al servicio de tareas de naturaleza completamente distinta, allí donde estructura y creatividad vuelven a ser los elementos en juego. Y esa misma operación —encontrar relación y forma donde solo parecía haber fragmentos sueltos— es la que hace falta para, por ejemplo, pensar políticamente el interés individual no como algo aislado, sino como parte de una estructura mayor, el interés colectivo, en el sentido que apunta Daniel Innerarity en El futuro de la democracia. Pero eso, digámoslo así, es harina de otro costal.
Retomemos el hilo. El muro exige que la mente aporte algo, un acto generativo: el que mira debe proyectar forma, sentido, composición. El scroll no exige nada y por eso no da nada. El contenido ya viene resuelto, empaquetado, optimizado para consumirse sin esfuerzo interpretativo. No hay vacío que llenar con la propia imaginación porque cada fragmento ya llega lleno de estímulo, de emoción prefabricada, de gancho. La velocidad es enemiga de la atención "aguda". Leonardo habla de detenerse. El verbo es clave: es un acto de permanencia voluntaria ante algo estático. El scroll es todo lo contrario: un flujo diseñado para que Sebastián nunca se detenga, porque el modelo de negocio depende de que no deje de deslizar ese dedo sonámbulo.
Claro, sentirse decadente no es plato de buen gusto y quien conozca la historia no tardará en salir en su defensa apelando a que cada época ha tenido censores de toda ralea, cuyas críticas saltan a la palestra cada vez que aparece un medio nuevo. Los más osados se atreverán a comparar el scroll con la novela o la televisión y no faltará quien equipare esta crítica con la de aquellos moralistas del XVIII que lamentaban la novela como corruptora de la juventud o traiga a colación el ejemplo de los del XIX, el periódico de masas, si no propone el de mediados del XX, la televisión.

Esta "falacia genética" no resulta difícil de rebatir. Para empezar, hay una intencionalidad de diseño que ningún medio anterior tuvo: ni la novela ni el periódico ni la televisión fueron pensados por equipos de ingenieros conductuales con el objetivo explícito de activar de manera anómala el circuito del placer y mantener la conducta —el mismo mecanismo psicológico que hace adictivas las máquinas tragaperras—. El scroll infinito no nació por casualidad, ni surgió como forma de entretener: es un sistema que se prueba y se ajusta constantemente contra millones de usuarios: la tele quería que el padre de Sebastián volviera al día siguiente; el scroll quiere que su pringado no se vaya nunca.
Una novela tiene principio y fin, un periódico se termina, un programa de televisión dura una hora y acaba: todos ellos, por muy denostados que fueran, contenían la experiencia dentro de un marco con límite natural que obligaba a la mente a cerrar, digerir y salir. El scroll, en cambio, no tiene ni principio ni fin: no hay última página, en su lugar una invitación permanente a seguir, un insomnio de la atención que nunca encuentra motivo para cerrar los ojos. Sus resultados ya se palpan en las aulas —alumnos y alumnas incapaces de sostener la lectura de una página entera— y el profesorado se pregunta: ¿es que no lo ven los padres o acaso los padres están inmersos en la misma deriva?
Y hay, además, una vigilancia que tampoco existía antes. Ni la novela, ni la televisión, ni el periódico del XIX sabían quién los leía o los veía: eran los mismos para todos, sin capacidad alguna de estudiar a cada persona en particular mientras los consumía. El scroll es otra cosa: detrás de él hay un sistema que observa a Sebastián mientras scrollea y reconfigura la siguiente pieza de contenido según su comportamiento de los últimos segundos, explotando sus vulnerabilidades específicas. Y la evidencia que sostiene todo esto ya no es solo moral: es clínica. Los moralistas del XVIII no tenían estudios de neuroimagen sobre dopamina y refuerzo intermitente; tenían prejuicios de clase disfrazados de preocupación por la "corrupción moral" de las clases populares y las mujeres lectoras de novelas.

Sebastián tiene, en teoría, el poder de acabar con esto. Cada vez que decide no deslizar el dedo, le niega al sistema el dato que necesita para seguir funcionando; si millones de personas hicieran lo mismo a la vez, el negocio se desmoronaría. En sentido estricto, el poder está en sus manos, no en las de quienes diseñan el algoritmo. Pero seamos realistas: eso no va a ocurrir. El sistema está calibrado precisamente para que renunciar sea casi imposible y la industria que lo sostiene, aunque en teoría bastaría con que la mayoría dejara de mirar la pantalla para hacerla caer, mueve miles de millones sin ningún incentivo para desmontar lo que tan bien le funciona. Y ese poder, además, no se limita al scroll: el mismo puñado de compañías que decide qué va a ver Sebastián en los próximos tres segundos es, en otros terrenos, capaz de tomar una de las ciudades más simbólicas del mundo para celebrar una boda privada o de mantener o cortar el acceso a un satélite que decide el curso de una guerra.
No es solo que tengan dinero: es que han acumulado la capacidad de decidir qué información llega a quién, cuándo y con qué versión de los hechos, sin que ningún gobierno se lo pueda impedir con eficacia. Y hay algo todavía más grave que decidir qué información circula: decidir si conserva, siquiera, la capacidad de distinguir qué es verdad. El mentiroso de siempre —Bush y las armas de destrucción masiva, por ejemplo— sabe que miente: oculta un hecho concreto con la conciencia de que existe una verdad, y de que mentir sobre ella está mal. Pero no nos referimos a la mera mentira: hablamos de un ataque a la facultad misma de juzgar los hechos, cuyo resultado no es que Sebastián crea una mentira en vez de otra, sino que deje de creer en nada. Es la estrategia que Steve Bannon, antiguo asesor de Trump, resumió sin pudor como «inundar el terreno de mierda».
No se trata de que el público crea una versión falsa, sino de que se rinda y deje de intentar distinguir cuál es la verdadera. Y quien ya no distingue, ya no puede resistirse a nada. Frente a un poder de ese tamaño, pedirle a alguien que resuelva este problema con fuerza de voluntad es, sencillamente, desproporcionado. Regular ese poder desde fuera —leyes, multas, límites al diseño adictivo— es deseable y necesario, pero también lento y, mientras se legisla, Sebastián, rendido, sigue deslizando ese dedo sonámbulo y sosteniendo, dato a dato, la máquina que lo mantiene atrapado.
Queda, aun así, algo que depende solo de él: detenerse. Si no es posible cambiar el sistema, al menos salir de él un rato y recuperar una forma de atención que el scroll va erosionando. Aprender a mirar, porque mirar —como la respiración, que al nacer hacemos de manera natural y que después podemos perder— también se aprende: a través del ejercicio de la mirada vamos filtrando, distinguiendo, encontrando aquello que nos conmueve. Volver a ejercitar, en definitiva, la capacidad de la mente para encontrar sentido donde aparentemente no lo hay.

