En Tennessee (EEUU) hay una réplica a escala real del mismísimo Partenón de Atenas. Una plaza de Cenicero (La Rioja) tiene una Estatua de la Libertad y paseando por el centro de Badajoz hasta podemos llegar a toparnos con la inigualable Giralda. Y así, no pocas «torres eiffeles» o «casas blancas» se reparten por el mundo. Unos son un clon exacto, otros no llegan ni a primos hermanos.

En las últimas décadas, esta costumbre de «copiar» lugares emblemáticos de otras ciudades del mundo –conocida como «duplitectura», uniendo los términos duplicidad y arquitectura– es una constante en China, donde es frecuente encontrarlas en varias de sus provincias. En Dailán, por ejemplo, se puede disfrutar de los canales de Venecia sin salir de las fronteras del gigante asiático. Un hecho que no forma parte de parques temáticos o infraestructuras de exposiciones universales, sino que se trata de comunidades completamente funcionales donde las familias chinas viven y crían a sus hijos.

No deja de ser una práctica controvertida. Algunos la consideran una forma de plagio y de falta de originalidad, mientras que otros la ven como una forma de expresión cultural y de intercambio de ideas, basada en la inspiración e influencia de distintas corrientes o estilos artísticos o arquitectónicos que no es una tendencia reciente.  
De este modo, la huella de la arquitectura dieciochesca de la campiña sevillana quedó claramente patente en las edificaciones de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Un hecho que se dio de la mano del arquitecto Juan Talavera Heredia (Sevilla, 1880-1960), viéndose claramente en su obra el influjo de la arquitectura barroca astigina, a la que llegaría por su madre, natural de Écija. Este hecho le llevó, del mismo modo, a conocer «in situ» las singulares fachadas y toda la producción fontaniega de la estirpe de los Ruiz Florindo.


Superposición de los elementos arquitectónicos de las casas fontaniegas sobre el proyecto original del Pabellón del Aceite

La arquitectura regionalista sevillana supo sintetizar una herencia cultural que abarcaba desde el arte islámico hasta el barroco del siglo XVIII pasando por el mudéjar, y la Exposición Iberoamericana de 1929 jugó un papel decisivo al revalorizar esta identidad sevillana y su arquitectura propia, reutilizando no solo modelos del pasado, sino sus técnicas y sus materiales constructivos enriqueciendo el patrimonio de la ciudad.

En 1925, Talavera recibió el encargo de proyectar el Pabellón de Agricultura. Para ello el arquitecto diseñó una vivienda señorial de ámbito rural con una fachada principal neobarroca, con una gran portada con columnas salomónicas, entre dos torres-miradores gemelos situados a ambos lados. Se trataba del primero de los dos proyectos que el arquitecto realizó para el Pabellón de Agricultura de la Exposición, que con el tiempo pasaría a ser denominado Pabellón de Aceite y Agricultura según las directrices de la organización y generalizándose en la forma Pabellón del Aceite.

La cancelación del propósito inicial y su unificación con el del Aceite, provocó que Talavera tuviera que rediseñar el proyecto, transformándolo en una hacienda de olivar e introduciendo de este modo en la ciudad la arquitectura blanca de un gran caserío de campo, enraizado en los esquemas constructivos rurales de la campiña sevillana.
Un hecho que nos privó de poder disfrutar hoy día, en la notable avenida de la Palmera de Sevilla, del mismísimo mirador de la casona señorial de los Fernández de Peñaranda de la calle Carrera –la casa de don Cripriano–, y no uno, sino por partida doble. Se nos despojó de admirar una reproducción exacta de una de las obras clave del maestro Juan Ruiz Florindo (1699-1753) en la capital hispalense, y su repercusión durante el desarrollo de la Exposición Iberoamericana.

En ese primer proyecto fallido, cuya documentación se conserva y se reproduce aquí, Juan Talavera compilaba elementos de la arquitectura señorial tanto de Écija como de Fuentes de Andalucía. La portada del pabellón estaba claramente inspiradas en las homónimas de los palacios de Peñaflor y de Benamejí, de Écija, franqueada por las dos torres, diseñadas a semejanza del mirador fontaniego citado. Una similitud extrema que se aprecia en la ornamentación de los vanos, las pilastras almohadilladas, los pedestales bulbosos, así como los pinjantes que penden de estos o en los pináculos que coronan el tejado a cuatro aguas.

De igual modo, la decoración de las ventanas se asemejan claramente a las que presentan tanto la propia fachada de la casa de la calle Carrera como la también construida por Alonso Ruiz Florindo para los Fernández de Llera en la hoy rotulada como calle Fernando de Llera. Lo que pudo ser, y no fue, como tantas cosas. O como aquellas que fueron, y se perdieron. Pero eso ya es otro cantar. Sea como fuere, cierto es que lo que debió ser un notable edificio de la Sevilla del 29 se quedó en una carpeta, en un estante, de algún archivo, con la firma del arquitecto Juan Talavera Heredia.