Si la educación ha sido objeto de varias de estas crónicas de la nostalgia es porque ha tenido, tiene y tendrá enorme importancia en la vida de Fuentes. La educación lo es todo, suele decirse con razón. También suele decirse que la educación no es, no puede ser, responsabilidad exclusiva de maestros y maestras. Los padres tienen que poner de su parte mucho más de los que ya ponen. Esos son lugares comunes, acuerdos por lo general aceptados por todos, pero poco practicados.

Es más fácil delegar que arremangarse y luego, si algo falla, echarle la culpa al otro. De esa forma, la pelota lleva décadas volando del tejado de los profesores al de las familias, de las familias al sistema educativo, del método pedagógico a los materiales didácticos, de la influencia de los medios de comunicación a internet, de la escuela pública a la privada… Unos desvían interesadamente la atención hablando del falso dilema entre las escuelas/universidades públicas y las privadas. En los años 80, cuando en Fuenteslos ricos se contaban con los dedos de las manos y la clase media estaba por llegar, no teníamos ese dilema.

Lo que teníamos eran huelga en reivindicación de mejoras salariales y educativas que acabaran con metodologías basadas en el "castigo" del ejercicio infinito. De ahí que varias generaciones de fontaniegos aborrecieran las matemáticas, por ejemplo. Hoy, la perspectiva del tiempo propone libertad y sencillez. Mirar hacia atrás, específicamente a la España de los años 80, es para muchos recordar un escenario de incertidumbre y rigidez pedagógica. Lo que para unos pocos alumnos con "altas capacidades" era un juego de niños, para la mayoría se convirtió en un aprendizaje costoso y, a menudo, traumático. 

Aquel fue un tiempo donde la educación pública y privada marcaron una brecha no tanto de conocimientos, como de clase, de "apariencias". El año 1980 quedó marcado en el calendario por una huelga en la enseñanza pública que se extendió desde noviembre hasta febrero. Mientras los alumnos de la pública perdían meses de formación, la enseñanza privada seguía su curso sin sobresaltos.

Esta ventaja competitiva no era solo temporal. En el sector privado, la educación se gestionaba —y se gestiona— bajo la ley de la competencia. Si los niños no sacan buenas notas, los padres se los llevan a otra escuela. Sin embargo, tras esa fachada de excelencia, a menudo se esconde un mercado de apariencias. Había y hay padres que buscan más el estatus social y las amistades influyentes para sus hijos que una verdadera formación intelectual. Lo que valía era que el hijo se juntara con los hijos de arquitectos o capitalistas; el decoro por encima de la enseñanza.

Si hubo un protagonista de las pesadillas de los estudiantes de BUP en aquellos años, fue el libro Didascalia de Matemáticas. No era solo un manual; era un muro. La metodología de la época, lejos de fomentar el amor por la ciencia, parecía diseñada para propiciar el fracaso. Los profesores sabían mucha matemática, pero no tenían paciencia ni temperamento para enseñar. El caos era absoluto. Los testimonios describen un panorama desolador. Abundaban las contradicciones docentes: profesores que decían que el razonamiento era nulo frente a otros que exigían "sacar la sustancia”. Al inicio del curso había profesores que adelantaban el porvenir diciendo que nadie aprobaría la primera evaluación. La profesora apodada "La Mártir” nos permitía tener el libro abierto durante los exámenes, pero paradójicamente los alumnos seguían suspendiendo.

Se enseñaba a los alumnos a repetir definiciones como loros y a realizar infinitas listas de ejercicios sin entender su origen. Al final, los temarios quedaban a medias y el alumno, sumido en un cacao mental, terminaba por odiar una asignatura que debió ser "el lenguaje de los números". Frente a aquel modelo de "dictadura del ejercicio", surge una propuesta basada en la eficiencia y la libertad. El análisis de aquel libro Didascalia de siete temas sugiere que el secreto no estaba en la cantidad, sino en la precisión. La fórmula que propone es sencilla: un concepto, un ejercicio. Aprender la definición al pie de la letra (por ser ciencia exacta). Resolver un único ejercicio ajustado a esa definición junto al profesor. Evitar la repetición de 25 ejercicios idénticos que solo generan fatiga.

Bajo este patrón, un tema como el de "Sucesiones de números reales" o "El plano afín" podría asimilarse en un mes sin estrés, permitiendo que el alumno le tome cariño a la materia. "Si el profesor explica el teorema y resuelve el ejercicio que luego preguntará en el examen, hay un patrón de estudio. El alumno jamás se pierde", aseguraba la propuesta. No fue hasta mediados de los 90, cerca de 1996, cuando esta "crónica negra" de las matemáticas empezó a disiparse, dando paso a una mayor libertad en el estudio. Hoy, el recuerdo de los años 80 sirve como recordatorio de que la educación no debe ser un sistema que, en lugar de abrir mentes, se dedique a "quemar" el talento de quienes solo necesitaban una guía con más paciencia y menos soberbia intelectual.

Al final, tanto en la pública como en la privada, el talento acaba saliendo —cirujanos de éxito provienen de ambos sistemas— pero el camino para el resto no tendría por qué haber sido tan empedrado. Las matemáticas, bien enseñadas, no son magia de birlibirloque; son, simplemente, un lenguaje que merece ser amado.