Una mañana de hace muchos años descubrí que los reyes magos me habían traído un regalo. Empaquetado parecía un balón de fútbol, un balón “de reglamento”, que por aquella época era el sueño de todo niño. No era mi caso porque a mí Pirri, Rexach y Amancio me aburrían soberanamente, claro que eso tenía que ocultarlo en la escuela porque no ser futbolero estaba mal visto; aquella esfera no era una pelota, sino el mundo. Era precioso, visto desde un sitio concreto se veía solo azul celeste. Entonces comprendí por qué el programa de Félix Rodríguez de la Fuente se llamaba “Planeta Azul”. En ese momento descubrí que no existe ni arriba ni abajo. Se enchufaba a la corriente, entonces todavía había quien preguntaba si la corriente de mi casa era de 125 o de 220 voltios. Apagando la lámpara se producía la magia: aquél globo terráqueo cobraba vida iluminado desde dentro. Con un clic, mi habitación se convertía en el universo.

Cuando fuese grande construiría un ascensor para atravesar aquella esfera y llegar a… ¿Nueva Zelanda?  Bueno, como todo debía ser tan nuevo en ese país, seguro que no habría fútbol, ni  domingos por la tarde. Además estaba en “los mares del sur”, podría ser como Jin Hawkins, viajando en un barco pirata con Long John Silver. “Ron, ron, ron, la botella de ron”. Descubrí también que mi país no era tan grande ni estaba en el centro del planeta, como me había dicho una catequista cuando me preparaba para hacer la primera comunión. También me dijo que me cuidase mucho de los tres enemigos del alma, el demonio, la carne y el mundo, aunque se suponía que todo era obra de Dios.

Sujetaba aquel objeto con fuerza para protegerlo de todo mal. Me sentía como Mafalda, cuidando a un “manicomio redondo”,  contaminado, enfermo de egoísmo y desigualdad. Como hombre del futuro debía preservar el planeta que me habían regalado, no podía repetir los errores de otros que también habían sido niños, pero se arrepintieron de haberlo sido. Era tan frágil… Ahora que peino canas creo que es aún más frágil de lo que pensábamos Mafalda y yo. Pero hay adultos que se creen los dueños del mundo. Me acuerdo de  “Astolfo Hinkel”, parodia de Adolf Hitler en “El Gran Dictador” de Chaplin, extensible a todos los que desean jugar con él como si fuesen niños, aunque el juguete les explote en la cara y acaben llorando y diciendo como Calimero ¡Qué injusticia!

Teniendo el mundo en mis manos sentía que todo lo que quisiera hacer en la vida sería posible. En mi imaginación de crío no había límites, más aún cuando los adultos me repetían, “querer es poder”. Qué cosas se les dicen a los niños. Como si el deseo y la realidad no confluyeran sólo en raras ocasiones. He conocido a muchas valiosas personas inteligentes, valientes y perseverantes que han dedicado su vida a perseguir un sueño y jamás lo han alcanzado. También a mediocres que no merecían el éxito, presumiendo de sus logros regalados.

Visto desde Saturno, nuestro planeta azul es una minúscula gotita de agua. No es el centro de nada, ocupa un espacio secundario en un sistema alejado de una galaxia periférica en un rincón del cosmos. Orbitando alrededor de nuestra esfera no se ven las fronteras. Tampoco se ve La Gran Muralla China, ni ninguna obra hecha por el ser humano, más allá de bosques arrasados para convertir los árboles en papel moneda. Tampoco se ve el fuego de los 130 conflictos armados que están sucediendo en este instante.

Este planeta es nuestra casa, no tenemos otra, pero la estupidez humana bate récords cada día. Lo llenamos de plástico y pobreza, de humo y violencia, lo llenamos de leyes justas que se quedan en papel mojado y leyes injustas que se cumplen a rajatabla. Hay muchos mundos, pero están en este. Todos compartimos el cielo y la tierra, respiramos el mismo aire, pero vivimos en mundos diferentes que ni se rozan.  A menudo el mundo se nos hace bola. Tratamos de vivir pero nos conformamos con sobrevivir. No podemos cargarlo sobre los hombros como Atlas, pero sí tratar de exprimirlo como si fuese una naranja de Lora del Río y sacarle el jugo. “Ponernos el mundo por montera”, ser intensos en la pasión y la razón, es la única rebeldía.

Mis padres me regalaron el mundo y la vida. La vida la he mordisqueado cuanto he podido, tanto cuanto me han dejado. Pero no me he comido el mundo, como pensaba que podría hacer cuando era un adolescente. Nadie puede hacerlo porque “la gloria es un bien fortuno; que así como presto viene, así presto se va”. Sólo podemos permitirnos buscar con osadía y humildad un lugar, nuestro lugar en el mundo.

Il mondo non se é fermato mai un momento

La notte insegue sempre il giorno                                                                                                            

Ed il giorno verrà”.