Abad Faciolince escogió un maravilloso título para su libro, por eso lo tomé prestado para encabezar este artículo. Su libro habla de esa experiencia ya vivida y que no queremos que desaparezca. Necesitamos aprender de lo vivido, no solo como individuos, sino también de forma colectiva. Yo también escribí una carta a mis padres: Una carta de amor. Romance epistolar en tiempos de dictadura, publicado en 2024 por Libros de la Herida. En ese libro, la correspondencia de mis padres, entre los años 1952-1955, atestigua una época de nuestra historia, una época en la que la vida de la mujer solo tenía sentido si estaba subordinada a un hombre, un hogar y unos hijos. No era una sociedad igualitaria y, por tanto, era tremendamente injusta.

Han pasado 74 años desde el comienzo de esa correspondencia. La generación de nuestras madres, también la nuestra, ha luchado, personal y socialmente, por esa igualdad. Una sociedad igualitaria implica que los que detentan un poder predominante tengan que perder esa posición. Consciente, y tal vez inconscientemente, hay mucha resistencia a que eso suceda. Por eso no podemos permitirnos olvidar. Cuando nos encontramos con algo ya conseguido por las generaciones que nos precedieron, si no somos conscientes de que eso es un logro valioso que debe ser sostenido, corremos el riesgo de que todo revierta a la situación de partida. No podemos dejar de mantener la tensión con esa parte de la sociedad que no quiere perder su situación de dominio.

Pero, de forma más concreta, ¿cuál era la situación de la mujer en los años 50? La mujer se sentía incompleta, insuficiente por sí misma, necesitada de un marido que fuera el eje de su vida, tomara las decisiones y sostuviera económicamente el hogar. Tenía que aparentar pequeñez frente al hombre y tener una menor inteligencia para que no fracasara la relación. También tenía que parecer ingenua, infantil, frágil, con el fin de que el hombre se sintiera fuerte y protector. La verdadera “vocación” de la mujer y su función en la sociedad era el matrimonio, atender un hogar y cuidar de los hijos. El papel de la mujer en la sociedad estaba limitado al hogar, por lo que la mujer quedaba anulada e invisibilizada.  

Este papel era promovido por el régimen franquista. Ante la situación de precariedad de la ocupación laboral, se prefería que la mujer se apartase de los puestos de trabajo para volcarse totalmente en el matrimonio, el hogar y la crianza de los hijos, que a su vez reproducirían los patrones de obediencia y sumisión que veían en sus hogares. Por eso se aprueba, en 1938, el Fuero del Trabajo y en él se establece que el estado “liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica”, por lo que la mujer que contraía matrimonio debía abandonar su trabajo. Por otro lado, si la mujer no se casaba, si permanecía soltera (o solterona, como se decía despectivamente), era considerada como amargada y con una vida carente de aliciente o interés. Como veis, era una verdadera ratonera de la que no había como escapar. Aparentemente era la mujer la que elegía reducirse a este papel, en lo personal y social, pero realmente no tenían libertad para elegir, su condicionamiento, el papel que se le había asignado se lo impedía.  

¿Y que sentían las mujeres en esta situación de dependencia e infravaloración? La mujer tampoco podía permitirse tener emociones propias, no le estaba permitido conectar con sus verdaderas emociones. La mujer tenía que ser dulce, comprensiva, temerosa, callada, obediente, no podía entrar en controversias, tenía que ser un sedante para el hombre en el hogar. Si tenía un cierto grado de intelectualidad, esta era solo un ornamento y, por supuesto, nada que pudiera tener que ver con un espíritu crítico. La mujer, de esta manera, al perder el contacto con lo que sentía, quedaba indefensa, sin instintos que pudieran protegerla del peligro.  

La moralidad en el franquismo marcaba que la mujer no debía ir demasiado pintada, ni llamar la atención con su vestuario. No podía bailar con desconocidos, viajar sola, ni entrar sola a los bares. Las relaciones sexuales estaban subordinadas a la procreación. Fuera de eso, todo era pecado. A partir de 1959, tras el Concilio Vaticano II, se admitió la realización del acto sexual sin el fin de procrear, pero siempre dentro del matrimonio. El amor era considerado más auténtico cuanto menos pasional era y las conductas amorosas estaban fuertemente vigiladas por la comunidad, que ejercía un control social sobre ellas. Estaba normalizado levantarle la voz a la mujer, forzar los besos o los celos.  

Esta moralidad llevó a la Reforma de Vagos y Maleantes, en 1954, que introdujo la represión de la homosexualidad. También en el Código Penal de 1944 se penaliza el aborto o el adulterio. El adoctrinamiento moral era llevado a cabo por la Iglesia Católica, las instituciones educativas, la Sección Femenina, el Patronato de Protección de la Mujer o lo Tribunales Tutelares de Menores, así como por los productos culturales del momento. Esta situación de represión de la mujer dentro del hogar, socialmente y en sus emociones, era un buen aprendizaje en el ámbito familiar, de sometimiento también social y político, con el fin de sofocar rebeldías. No podemos olvidar de dónde venimos, que la igualdad ha sido y es una conquista esencial para una sociedad.  

No podemos olvidar que el voto a la ultraderecha es mayoritariamente masculino: dos de cada tres votantes son hombres. Su ideología muestra un rechazo frontal al feminismo y a la perspectiva de género y, para esa ideología, las conductas que se apartan del patrón biológico binario tradicional pertenecen al ámbito de los trastornos; proponen la supresión inmediata de normativas de protección del colectivo LGTBI y de autodeterminación de género. De hecho, ya estamos viendo muchas señales que apuntan a la pérdida de derechos, como es la dificultad, en algunas comunidades autónomas de aplicación de la Ley 2/2010 que garantiza la interrupción voluntaria del embarazo en la sanidad pública. No podemos olvidar que existe la posibilidad, ya real en lo autonómico, de que la ultraderecha forme parte del gobierno de España. Que la lucha por la igualdad y la libertad no se nos pierda en el olvido.