Corría el año…, no importa mucho cual. Lo importante es que en el barrio llamado el Postigo, en casa de Antonio el Flauta, un buen día el pozo comenzó a manar el oro líquido que tanto bien iba a hacer al pueblo de la campiña necesitado de esperanza e ilusión. De un día para otro, la casa de Antonio desde el amanecer a altas horas de la noche se vio invadida por todos los que querían ser testigos de tan gran acontecimiento. Ellos podrían contar, pasado el tiempo, “yo estuve allí, yo vi cómo el petróleo manaba del pozo de Antonio”
Pronto hubo reuniones espontáneas en tabernas y tiendas, donde cada cual expresaba sus deseos: “Vendrán los americanos y nos harán un pueblo nuevo”. “Pues yo no me voy de mi casa”, decían otros. “Yo quiero una casa con patio en el medio” (todavía las piscinas no entraban en el deseo colectivo).
Pronto llegaron las grandes empresas petroleras poniendo manga por hombro al pueblo. Ofrecieron dinero, casas y empleos. Pronto hicieron del pueblo un lugar donde tener un pozo era signo de abundancia, aunque la mayoría solo diera agua fresquita en verano y calentita en invierno. Ya nadie bajaba las sandías y el vino al fondo del pozo los meses de la caló, las tiendas de electrodomésticos no daban abasto importando frigoríficos americanos que, incluso, decían, hacían hielo con sabor a aguardiente.
Las pocas calles que sobrevivieron en un principio fueron derribadas para hacerlas más anchas para que los grandes coches pudieran circular por ellas. Los bancos aparecieron invitando a manzanilla y jamón a todo aquel que tuviera un pozo por si había suerte. Las mujeres comenzaron a frecuentar los bares y a fumar, eso fue lo mejor decían algunas, imitando a las mujeres de los americanos que vivían en una colonia cerca del pueblo. Todo parecía normal, si normal es un pueblo donde sus pozos aparecían de vez en cuando manando petróleo ya refinado y todo.
Hasta aquí todo bien, pero he aquí que pasadas unas décadas y entrado un nuevo siglo, tan extraño como todos los anteriores, fue elegido en EEUU un presidente que por alguna extraña razón se creyó descendiente de Calígula o cualquier otro de los emperadores que en el mundo han sido. Pues bien, este emperador-presidente le dio por echar cuentas de lo que las arcas de su país habían gastado por aquí y por allá sin haber obtenido beneficios ni él ni su familia y, considerando que la historia le debía mucho, comenzó a poner el mundo patas arriba. Nadie osaba levantarle la voz pues se las arregló para que el resto del mundo creyera que era una reencarnación de Calígula o, daba igual, cualquier emperador que hubiese sido asesinado, derrotado en batalla, apuñalado por sus pretorianos o muerto en su isla cagado de miedo.
Echadas las cuentas, se acordó del pueblo de los pozos y pronto proclamó ser dueños del mismo, sobornó, secuestró, puso y quitó gobernantes municipales e incluso autonómicos que mandaron municipales para ayudar al pueblo hermano en su lucha con el emperador. Todo inútil, su voluntad se hizo. Solo hubo un pequeño problema: el petróleo del pozo de Antonio el Flauta solo era un barril de petróleo que se había filtrado a las aguas subterráneas y que de vez en cuando reaparecía.
Lo que trae de cabeza a economistas, historiadores e ingenieros de las petroleras es cómo se las ingenió el pueblo para engañar de una manera tan burda y durante tanto tiempo a medio mundo. Siempre se decía: este año salimos en las murgas. Aún en carnaval se recuerda tamaño fraude, tan perfecto y tan capaz de engañar a gente tan dispuesta a colonizar que pierden el norte.

