Durante buena parte del siglo XX los objetivos de las escuelas en España no fueron precisamente construir una sociedad de ciudadanos y ciudadanas libres y ser una palanca para la democratización del acceso al conocimiento. Más bien fue todo lo contrario: se trataba de crear hombres y mujeres obedientes, dóciles, adoctrinados. La excepción fue, en la primera mitad del siglo, el breve paréntesis de las misiones pedagógicas de la II República y, después, en los años setenta, también los esfuerzos realizados por maestros que, manual de Ciencias Sociales de 7º de EGB en mano, trataban de desasnar a tanto zoquete como poblábamos las aulas escolares de entonces. 

No siempre lo conseguían, pero su esfuerzo era meritorio y digno de reconocimiento. En Fuentes, aquellos maestros de los años setenta y ochenta tienen nombres propios: Pepe Martín, Antonio el Barba, Jesús Cerro… Algún día se hará justicia con todos ellos porque fueron, salvando la distancia, los impulsores de nuestras particulares misiones pedagógicas, cuyo lema era “el saber os hará libres”. San Juan empleó la expresión “la verdad” en lugar de “el saber” y Sócrates “el conocimiento”. Aparte de San Juan, Sócrates o las misiones pedagógicas de la República, lo cierto es que aquellos maestros de vocación de Fuentes trabajaban contra viento y marea y cortitos de medios porque todavía estábamos bajo la bota de la dictadura que había aplastado el intento republicano de modernizar la enseñanza llevándola hasta los rincones más alejados y atrasados del país.

El modelo de hombre a seguir durante buena parte del siglo XX, salvo la corta experiencia republicana, lo proclamaba una canción muy popular de la época que decía “yo soy un hombre del campo, no entiendo ni sé de letra, pero soy de la opinión que el que me busca, me encuentra”. Ése era el prototipo de españolito medio. Decía la misma copla que Andalucía era la tierra del vino y del aguardiente, de las mujeres bonitas y de los hombres valiente. Casi na, para qué queríamos más. Aquella Andalucía no necesitaba gente formada y por eso muchos padres se resistían a quitar a sus hijos del campo para llevarlos a la escuela. No pocos creían que la escuela era una pérdida de tiempo y que sus hijos, si acaso aprendían algo, no les iba a servir de nada en el día de mañana. 

Para qué iba a querer el régimen hombres y mujeres libres si había librado y ganado una guerra contra la libertad y el progreso. Si había aniquilado el primer intento serio de crear un país basado en la modernidad y la justicia. Lo que el régimen quería, y logró, era una sociedad sometida, sin esperanza, y para eso necesitaba altas dosis de ignorancia. La escuela no era un espacio de conocimiento, sino de adoctrinamiento.

Sócrates dejó escrito que el conocimiento nos hará libres. Pero ¿qué iba a saber Sócrates de sembrar garbanzos o de herrar mulos? ¿Para qué quería ser libre el hijo de un mayete de Fuentes que sólo tenía que aspirar a trazar surcos con el arado lo más derechito posible? Esos argumentos parecen ahora mentira, pero eran muy comunes en aquellos años. Contra esos molinos de viento luchaban hace cincuenta años aquellos maestros de las escuelas de la Estación o de la Puerta el Monte. Decía Angelita Díaz, que vivía en la calle Mayor, que al niño o a la niña que fuese capaz de estudiar había que darle estudios, aunque sus padres no pudieran económicamente, porque sólo así aprovecharíamos todos los recursos que tenemos y nuestro país será puntero.

Años después llegó la oportunidad de que la mayoría pudiera estudiar, todos fueron a la escuela y muchos a la universidad donde, unos más y otros menos, adquirieron conocimientos. La sociedad andaluza ha tenido por primera vez en su historia acceso mayoritario a la educación. La extensión de la escuela a partir de los años ochenta ha sido impresionante, pero la duda es ¿ha sido de la calidad que cabía esperar?. La cantidad, sí; la calidad, probablemente no. A muchos les enseñaron no sólo herramientas técnicas, sino también a pensar, que es cosa distinta. Pero ¿a la mayoría? Probablemente, no. Podemos tener -y tenemos- miles de médicos, ingenieros, arquitectos, farmacéuticos, pero ¿tenemos a miles de esos ciudadanos y ciudadanas informados, críticos, conscientes, comprometidos?   

¿Qué hacer desde la escuela ahora que los vientos soplan contra el pensamiento crítico, contra la profundización del conocimiento, contra el compromiso y a favor de la banalidad, la individualización, el egoísmo? Tal vez haya llegado la hora de buscar en los libros de Ciencias Sociales de 7º de la EGB y preguntarle a aquellos maestros de Fuentes de las escuelas de la Estación y de la Puerta el Monte en qué hemos fallado como padres y como sociedad. Es posible que a aquella sentencia de Sócrates que decía “el conocimiento os hará libres” haya que añadirle “el conocimiento y el compromiso os hará libres”.